Vivimos en un mundo donde ser creyente no está de moda. Al contrario, muchas veces encontramos grandes dificultades, sobre todo en la ciudad. Frecuentemente nos da vergüenza u ocultamos que seguimos a Jesús para evitar discusiones sin sentido que sabemos que no van a terminar en nada. Otras veces esbozamos una palabra o nos armamos de coraje, pero nos sentimos incomprendidos.

Además, miramos nuestra Iglesia y vemos tantas cosas que se dicen de ella. Penosamente, oímos decir muchas que son reales y nos lastiman y muchas otras que no son ciertas. Escuchamos generalizaciones sin sentido que no corresponden con la realidad o con la Iglesia que conocemos, que amamos y que un día nos recibió como familia.

Y surge la pregunta: “Maestro, ¿qué podemos hacer?”. Creo que hoy la única respuesta posible es ser santos. Lo que la Iglesia necesita hoy son hombres y mujeres santos, enamorados de Jesús que sientan arder su corazón con el fuego del Espíritu. Jóvenes que irradien alegría y entusiasmo, que den testimonio de que luchar por la civilización del amor vale la pena.

Sobreviene la duda: “¿Esto es para mí? ¿yo, Maestro?”. Sí, vos. Pedro, Juan, Santiago, Mateo, Andrés… todos estaban con miedo por temor a los judíos. Se sentían solos y abandonados. La única esperanza era María que desde hacía unos días parecía haberlos adoptado a todos. Pero Jesús se había ido y la tarea por delante era superior a sus fuerzas. ¿De dónde sacarla? La respuesta es una sola: Dios.

Y todos quedaron llenos del Espíritu Santo. El don de lo alto, la promesa de Jesús, la fuerza del Padre penetró en ellos para siempre. No por sus méritos, si no por pura misericordia y fidelidad a las promesas dadas. Jesús había dicho que no los dejaría solos y así fue. Desde el Cielo y para siempre Dios nos envía cada día su Espíritu en un nuevo y eterno Pentecostés.

Desde el día de nuestro bautismo y, en especial desde nuestra confirmación, el Espíritu de Dios habita en nosotros para convertirnos en verdaderos misioneros y evangelizadores con Espíritu. Vayan por el mundo y anuncien el Evangelio. No da lo mismo la vida con Dios que sin Él. No da lo mismo un mundo con Dios que sin Él. Por eso, queremos anunciar la novedad del Evangelio con audacia, en voz alta y en todo tiempo y lugar, incluso a contracorriente.

Por eso, hoy más que nunca digamos juntos: ¡Ven Espíritu Santo ven, que tu Iglesia no vive sin Tí!

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