“Todo llamado de Dios es una historia de amor

única e irrepetible”

San Juan Pablo II

La vocación es un camino que suele ser largo y con muchos obstáculos. A veces, sentimos que hay un llamado en nuestro corazón, pero la razón y la voluntad intervienen, empujándonos hacia otro sitio. “Si no es de Dios, ni aunque insistas. Si es de Dios, ni aunque te alejes”, dicen.

Cuando le propuse a Román hablar sobre su vocación, no imaginé que su relato sería una verdadera travesía que lo llevó por múltiples caminos pero con un único destino: entender, aceptar y abrazar la voluntad de Dios. Una travesía que incluyó altibajos, dudas, miedos y renuncias.

Aunque hoy afirma sin dudar que “la paz interior, el sentimiento de plenitud y el sentimiento de libertad son los mejores indicadores de que estas viviendo el camino vocacional”, el joven tandilense tuvo que recorrer un arduo camino hasta descubrir semejante certeza.

“Si estás sufriendo mucho y, pese a eso, seguís sintiendo paz, seguís pensando que tiene sentido, y te sentís libre de estar eligiendo todos los días lo que elegís; estás en el camino correcto”, asegura el religioso desde Río de Janeiro, donde forma parte de la Fraternidad San Francisco de Asís en la Providencia de Dios.

Pero, ¿Dónde empieza este camino? “De chico siempre fui de Iglesia: mi viejo me llevó desde los cuatro años. Todos los domingos servía en el altar de monaguillo, no entendía lo que estaba haciendo pero me encantaba estar al lado del sacerdote.

El camino de Román Martín Ceferino González lo llevó a alejarse durante su adolescencia de la Iglesia, “no me animé a participar del grupo de jóvenes”, confiesa, pero “con una tristeza en el corazón”, seguía viviendo su fe de un modo instintivo. Sin embargo, Dios tenía algo grande planeado para él.

“La paz interior, el sentimiento de plenitud y el de libertad, son los indicadores de que estás viviendo el camino vocacional”

La medicina y “esa otra cosa”

“A los 18, me fui a estudiar medicina a La Plata. No tengo familiares médicos pero ese llamado lo tenía totalmente claro desde los 13: quería ser médico. Y siempre lo asumí como una vocación, y no como una profesión elegida. Era algo implícito, como muchos padres y hermanas lo tienen para la vida religiosa. Yo veía que la medicina era lo que Dios quería que ejerza como vocación”, relata.

“Por otra parte, sentía ‘esa otra cosa’ de querer ser todo de Dios, que no tenía nombre en mi corazón”, destaca el religioso. “Así que una vez en La Plata, fue el momento oportuno para comenzar a participar más comprometidamente en la Iglesia”.

Sentía “esa otra cosa” de querer ser todo de Dios, que no tenía nombre en mi corazón

En un viaje de La Plata a Tandil, recuerda Román, se encontró con un sacerdote que vio en él “un diamante en bruto”. Ese encuentro lo marcó: “Quedó clavado en mi corazón: yo quería servir a Dios”, reconoce. “No era solamente hacer el bien; sino hacerlo para Dios. Y no para huir del pecado, o por miedo que Dios me castigue; sino en gratitud por la vida que tenía. Sentí una esencia de ser llamado para eso, mi misión era hacer el bien y trabajar para Dios. Por eso empecé a frecuentar la Iglesia”, recuerda.

En ese momento, comenzó a asistir a diferentes grupos que le permitieron una comprensión mayor de lo que era la Iglesia y el llamado a la vocación. “El único sentimiento angustiante que tenía era que no estaba donde Dios me llamaba. Él me llamaba a estar entre los espinos y ahí sentía que me aislaba un poco… Pero en el fondo, era no querer comprometerme, saber que era un camino de ida y que no había retorno”, admite. Por eso se alejó.

Sin embargo, reconoce que ese tiempo le dejó una riqueza: comenzar a tener una rutina espiritual, de oración y acercamiento a la vida sacramental. “Y ahí empezó a palpitar la duda de tener una vida de entrega a Dios, detalla. “Tenía mucho miedo, principalmente por todas las cosas que tenía que abandonar, por tener que enfrentar la opinión de los demás y no concebir en esa época escuchar un no, o alguien que se niegue a ese deseo”.

En esa época, Román conoció a su segunda novia. “Ella llevaba una vida de Iglesia, misionera, y me acompañaba en el camino. Entonces entendí que Dios me la estaba presentando como una señal para ver qué hacer con lo que estaba en mi corazón”, recuerda.

Siempre terminaba en la pregunta: “¿Querés ser sacerdote?

Fue una época de mucha alegría, por compartir un proyecto de vida con otra persona. Pero, con el tiempo, los dos entendieron que sus proyectos eran diferentes. “Eso no quita que uno se enamore, fui feliz en ese tiempo. Pero no tenía una visión de futuro, de proyecto, de preguntarme a dónde quería llegar con ese noviazgo”, afirma.

De pronto, Román entendió que “se iban concretando todas las cosas que Dios me estaba pidiendo”. Al tiempo que continuaba con su pareja, se sumergía en el mundo de la caridad y la acción social, participando de una pastoral para personas en situación de calle: “Era lo que más me atraía”, asegura. Al mismo tiempo, el joven organizaba sus vacaciones en torno a encuentros, retiros y misiones. Entre 2004 y 2006 visitó Los Toldos, Jujuy y Tandil. Su vida “estaba cada vez más envuelta en la vida de Iglesia”.

“Después de comulgar, lloraba”

“A todo esto, en cada misa, después de comulgar, lloraba”, recuerda Román. “Sabía que era porque estaba inseguro, porque veía que cada vez avanzaba más la relación con mi novia y, en el fondo, ella tenía un proyecto diferente que yo iba a terminar arruinando, porque ella iba a abandonar su propio sueño por el mío”.

El tiempo fue pasando y Román continuaba escapando. “En mis confesiones siempre surgía el tema, pero yo nunca le daba continuidad, no quería escuchar la palabra del cura, que siempre terminaba en la pregunta: ‘¿Vos querés ser sacerdote?’ Y yo… que sí, que no, que no sé… y no me la jugaba, subestimaba el llamado”, acepta el joven.

“Hacer el bien para Dios. no para huir del pecado, o por miedo que Dios me castigue; sino en gratitud por la vida”

“La Virgen me arrasó”

“Una vuelta hice un pequeño retiro mariano, y después de esos días sentí que la Virgen me estaba invitando a reconocerme como un hijo de Ella, recuerda. “En ese retiro la Virgen me arrasó, tuve una experiencia fuerte, de presencia, de sentir que me decía ‘Vení a mis brazos, abandonate a mí con todo lo que te está pasando’. Después vino una invitación a ir a Salta (al cerro de las apariciones), y la experiencia dio un despertar dentro mío. Necesitaba una conversión, y una coherencia de vida”.

Nuestro protagonista comenzó a vivir una vida “más piadosa”, según describe, cumpliendo los ayunos, la oración del rosario, la participación en misa con más fervor y la confesión la vivía “como un tesoro”. Entretanto, su novia veía esas actitudes repentinas y, a pesar de ser una mujer de oración y misionera, empezó a alejarse de ese mundo. “Yo estaba muy convencido de que ese era el camino que Dios quería para mí. Me comprometí más, empecé a avanzar, fuimos juntos a Salta y a misionar en comunidades aborígenes, llevando la medicina…”, enumera. Pero seguía en su interior la incomodidad de sentir que no estaba completando el proyecto de Dios, “buscaba entender qué era lo que estaba faltando, como si fueran cosas externas, y no cambios internos”.

Finalmente, la relación con esa chica terminó. “Y ahí empezó un camino de incertidumbre, en el que daba un paso adelante y uno atrás, porque no sabía qué era lo que Dios quería: que esté con otra persona o que me la juegue por la vida consagrada”. En realidad, Román no sabía qué era realmente la vida consagrada.

continuará…
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