Compartir la mesa. Compartir el pan. El almuerzo del domingo. Salir a cenar. Comernos un asado. Tomarnos unos mates. Tomarse unas cervezas. Una y otra vez la vida nos reúne y nos encuentra en torno a la mesa, a la comida, a la bebida. Misterio del ser humano que no quiere hacer solo lo que necesita realizar a diario para tener energía, para vivir. Y entonces algo necesario se convierte en ocasión para charlar, para estar juntos, para estar en comunión.

Celebramos la fiesta del Cuerpo y la Sangre de Jesús que, desde la Última Cena, dejó de ser una simple comida para transformarse en el acto más íntimo de comunión que podemos tener con Dios y entre nosotros. Cuántas veces Jesús y los discípulos habrían comido juntos. Cuántas veces Jesús, María y José habrían compartido la mesa. En casa o yendo de camino, en una fogata junto al mar, arriba de la barca, en la cima de algún monte, en casa de los amigos o con algún publicano o fariseo, con las multitudes o en la intimidad.

Pero la última vez no fue como siempre. No sólo porque los reunía la celebración anual de la pascua judía, sino porque Jesús lo hizo especial. La preparó con anticipación, pensó el gesto del lavatorio de los pies, les dijo unas palabras, les hizo una promesa y les dejó un encargo: hacer eso en memoria suya. Y desde aquel día y para siempre, nos juntamos alrededor de la mesa del altar a comer su Cuerpo y a beber su Sangre. Para estar con Él, para no olvidar, para ser fieles a su pedido, para tener una ocasión para compartir, para encontrarnos, para vernos, para charlar, para preguntarnos “¿Cómo estás?”

Más allá de lo ritual, del templo o del lugar, de los ornamentos, de las flores, de la música, eso es la misa: estar sentados a la mesa de Jesús para compartir con Él y entre nosotros. El pan de la Eucaristía, el pan de la Palabra, el mandamiento del Amor. No hay verdadera familia, no hay verdaderos amigos, no hay verdadera comunidad que no se junte a comer. Y eso es lo que somos o queremos ser: familia, comunidad, amigos, Iglesia.

¿Podremos hablar de Eucaristía, sin hablar de la misa o de la Iglesia? ¿No sería acaso desvirtuar su significado, su verdadero valor? Soñamos una Iglesia renovada, más familia, más comunidad. Pensemos en nuestras misas o en cómo vivimos nosotros la Eucaristía. ¿Es la misa portadora de todo lo que Jesús quiso transmitirnos en la última cena? ¿Por qué si compartimos la misa nos cuesta tanto compartir la vida, conocernos, querernos, perdonarnos?

El Espíritu Santo, derramado en Pentecostés, el mismo amor del Padre y del Hijo, es el que transforma en cada consagración el pan y el vino en el Cuerpo y la Sangre de Jesús. Pero también, es el mismo que nos une en comunión y nos transforma de seres humanos en Hijos de Dios, de pecadores en hombres y mujeres nuevos, de personas desconocidas en Iglesia, Pueblo Santo de Dios.

Por eso, cada vez que entres en comunión con Jesús, dejá que el Espíritu fluya a través tuyo para renovarte y recrearte, para llenarte de paz y de alegría, de amor y de misericordia. Pero también, que ese mismo Espíritu te encienda en ganas de amar y de entrar en comunión, de salir hacia el otro que te espera y te necesita. Como nos enseñó san Juan Pablo II: la Iglesia vive de la Eucaristía.

Es por eso que como Iglesia, hoy te pedimos juntos Jesús, que seas nuestra Vida, que seas nuestra Comunión.

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