Hace unos días, un grupo de unas 50 personas (la mayoría jóvenes de distintas parroquias, aunque también algunos adultos) de Buenos Aires estuvimos una semana en Huachana, un paraje de 24 casas al norte de Santiago del Estero, viviendo, desde el lado del servicio, la fiesta de la Virgen de Huachana. La particularidad del lugar es que se arma una ciudad en medio del monte santiagueño, donde cerca de 150.000 personas pasan a visitar a la Virgencita. Algunos lo hacen por el día, otros se llevan sus carpas y se instalan durante varias jornadas. En lo personal, es la cuarta vez que tengo la gracia de ir. Si bien cada experiencia es distinta y cada año la Virgencita me regaló algo en particular, me gustaría compartirles ahora mi primera vivencia como sacerdote.

Este año podría resumirse con aquella escena de Jesús con Nicodemo en Jn 3,3-8: ”Jesús dijo a Nicodemo: «Te aseguro que el que no renace de lo alto no puede ver el Reino de Dios». Nicodemo le preguntó: «¿Cómo un hombre puede nacer cuando ya es viejo? ¿Acaso puede entrar por segunda vez en el seno de su madre y volver a nacer?». Jesús le respondió: «Te aseguro que el que no nace del agua y del Espíritu no puede entrar en el Reino de Dios. Lo que nace de la carne es carne, lo que nace del Espíritu es espíritu. No te extrañes de que te haya dicho: “Ustedes tienen que renacer de lo alto”. El viento sopla donde quiere: tú oyes su voz, pero no sabes de dónde viene ni adónde va. Lo mismo sucede con todo el que ha nacido del Espíritu»”. 

No es casual que Huachana signifique parir, dar a luz… Ir a Huachana es este renacer de lo alto, este nacer de nuevo, este nacer del Espíritu. Es empezar a ver las cosas de otra manera (o seguir abriendo los ojos) para percibir ese Reino que ya empezó acá; es ir a lo importante de la vida. Es que nos devoran otras cosas que no son en realidad importantes. La Virgencita allá nos lleva a lo esencial, al Evangelio, a Jesús: la fe, el compartir, el encontrarse, lo sencillo, el ser agradecidos, el dejar todo en sus manos… Abandonarse para ser verdaderamente libres.

Eso es nacer del Espíritu: escuchar la voz sin preguntarnos tantos porqués (no sabemos de dónde viene ni adónde va), y dejar que ese viento sople donde quiera. Que nos lleve donde Él quiera sin aferrarnos tanto a nuestras cositas (¿acaso no creemos en un Dios bueno que quiere lo mejor para nosotros?). Que sople y levante también ese polvo que hay en nuestro interior que nos ensucia el alma y nos impide ser verdaderamente libres y buenos.

No hace falta mucho… Simplemente querer y aceptar su gracia cada día. Es cierto, sufrimos problemas y las personas nos hieren. Pero Jesús nos dice: “Vengan a mí los que estén afligidos y agobiados que yo los aliviaré” (Mt 11,28). ¡Descansemos en Él! ¡Permanezcamos en su amor! No seamos como aquella semilla de la parábola que cae entre espinas y la ahogan las preocupaciones y seducciones del mundo (cf. Mt 13,22). Seamos tierra fértil que dé fruto. Seamos como María que le dice que SI a Dios aunque no entienda del todo el porqué de las cosas.

Elijamos libremente ir detrás de Jesús cada día: “El que quiera venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz cada día y me siga. Porque el que quiera salvar su vida, la perderá y el que pierda su vida por mí, la salvará” (Lc 9,23-24). Él nos promete la Vida en abundancia, en plenitud. Los que vamos a Huachana lo experimentamos. Huachana es nuestro Tabor, nuestro monte de la transfiguración. Ahora hay que bajar y seguirlo día a día. Con memoria agradecida, sigámoslo, sin olvidar que “Allí donde esté tu tesoro, estará también tu corazón” (Mt 6,21).

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