Comer más sano. Cuidar el cuerpo. Hacer deporte. Sentirnos bien. Cada vez más y, gracias a Dios, nos vamos concientizando de lo importante que es cuidar la vida. Somos capaces de dedicar varias horas por semana a entrenar, ir al gimnasio o salir a caminar. Gastamos tiempo y dinero no sólo en el cuerpo sino también en cuidar la estética, la imagen, porque queremos vernos bien. Ropa, adornos, tatuajes, cortes de pelo, maquilaje. Dios nos creó muy buenos y tenemos que honrar esa imagen y semejanza con Dios. Somos bellos para Él y Él se recrea cuando nos contempla y cuando contempla su creación.

Pero Él que hizo lo de afuera, hizo también lo de adentro. Y como seres humanos siempre corremos el riesgo de quedarnos en lo externo y olvidar lo interior... Cuidamos el cuerpo pero también tenemos que cuidar nuestro espíritu. San Pablo le hablaba a los Corintios, amantes del deporte y el atletismo, y les decía: “¿No saben que en el estadio todos corren, pero uno solo gana el premio? Corran, entonces, de manera que lo ganen. Los atletas se privan de todo, y lo hacen para obtener una corona que se marchita; nosotros, en cambio, por una corona incorruptible”. (1 Cor 9, 25)

Somos capaces de muchos sacrificios para conseguir premios, títulos, seguidores, tecnología, viajes… ¿Seremos capaces de sacrificarnos por el Reino de Dios? ¿Deseamos y anhelamos una vida santa, de fe, entregada o con sentido? ¿Creemos que la vida que nos propone el Evangelio es posible y es para nosotros? ¿Estamos dispuestos a invertir tiempo o recursos por vivir la fe?

Muchas veces buscamos espacios para nosotros mismos porque nos damos cuenta que la vida nos devora. Nos sentimos tironeados de un lado y de otro. Necesitamos espacios de armonía y sanidad. Pero, ¿dónde los buscamos? Sin duda la oración o la caridad son esos lugares que nos pueden devolver a nuestro centro y ayudarnos más a ser nosotros mismos.

Otras veces, sentimos que nuestra fe se seca, que se enfría la relación con Dios. Nuestras prácticas religiosas se van vaciando de sentido y sin querer hacemos las cosas mecánicamente. Anhelamos el fuego del Espíritu que alguna vez conmovió nuestras entrañas. Queremos vivir una espiritualidad más viva y no sabemos qué nos pasa. Pero miremos nuestra vida y pensemos: ¿No será que hemos dejado de entrenar, de hacer “ejercicios” espirituales, como diría San Ignacio de Loyola?

Es por eso que es importante regalarnos ratos de silencio, momentos de oración. Estar a solas con el que sabemos que nos ama. Contemplar los misterios que nos dieron vida y vida en abundancia. Repetirnos y contarnos a diario que somos los hijos muy amados de nuestro Padre Dios, que fuimos salvados por Jesús y que somos templos vivos del Espíritu. No debería pasar un solo día sin invocar al Espíritu Santo al levantarnos, y dar gracias y pedir perdón al acostarnos.

Jesús nos invita cada día a permanecer vigilantes y atentos ante su llegada. El está a la puerta y llama. Sólo aquel que le abra la puerta cenará esta noche con Él.

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