Son muchas las historias sobre hermanos que hay en la Biblia. Y casi todas las conocemos muy bien: Caín y Abel, Jacob y Esaú, José y sus 11 hermanos, Moisés y Aarón, Simón Pedro y Andrés, Santiago y Juan… Pero hay otra que, sin duda, conocemos casi de memoria, y es esa de aquellos hermanos que tenían un padre adinerado, en la que el menor de ellos decide hacer su vida y gastarse su herencia en una vida superficial, mientras el mayor se quedaba en su casa resentido cumpliendo con el mandato paterno y cómo el primero finalmente decidió volver y su padre lo recibió con todo su amor, desatando el recelo de su hermano.

Celos, enemistades, envidias, luchas de poder, competencias, búsquedas de aprobación marcan muchas veces las historias fraternas de la Biblia y las de nuestras vidas también. Al punto tal que captan mucho nuestra atención y buscamos identificarnos con alguno de los personajes.

Es difícil no pensar, al escuchar la parábola del Evangelio de Lucas (Lc 15, 11-32), si nos parecemos más a un hermano que al otro. Puede ser fácil identificarnos con el hermano menor que decidió equivocadamente alejarse de Dios en una supuesta búsqueda de libertad y autonomía. Somos conscientes de cómo hemos derrochado nuestra vida buscando desenfrenadamente gratificaciones, compensaciones, sentirnos queridos o amados, disfrutar y sentir el placer que nos hace olvidar tantas veces de las cruces que llevamos dentro. Pudimos haber cambiado mil veces de relación y aún así sentirnos sedientos de amor. Hicimos mal y nos hicimos mal a nosotros mismos. Nos herimos y producimos marcas que tardan tanto tiempo en cicatrizar y dejar de sangrar o doler… Y, al final del camino, sólo encontramos soledad y vacío. Odiamos sentir haber perdido el tiempo y no sabemos cómo recuperarlo porque ya no sabemos pedir ayuda o nos da vergüenza. No sólo nos sentimos huérfanos si no también infecundos.

Tampoco es difícil asemejarse al hermano mayor, al cumplidor, al que busca hacer las cosas bien, al que le cuesta reconocer que se equivoca en la vida, al que busca la perfección y pone su seguridad en la aprobación de los demás. Tarde o temprano nos arrebatan los sentimientos de injusticia, de falta de reconocimiento por el sacrificio hecho. Nos sale juzgar fácilmente, condenar, rechazar al que se equivoca. Nos abruma el peso de la responsabilidad, la tarea no realizada, la falta de cooperación. Nos sentimos tan solos luchando contra molinos de viento que somos tentados de abandonar la lucha, de preguntarnos por el sentido del bien y la justicia. Por eso muchos claudican arrojándose a la amargura y a la desesperanza o al individualismo indiferente que ya no le importa su hermano. Y así, de diverso modo pero como los primeros, nos sentimos, también, solitarios, huérfanos e infecundos.

Es por eso que no hay que olvidar que nadie tiene vocación de hermano menor o de hermano mayor. La única y verdadera vocación a la que somos llamados es a la de ser padres y madres fecundos. Eso es lo que necesita nuestra Iglesia hoy. La ternura y la misericordia, el trabajo y el sacrificio que se hacen por amor y en acción de gracias por los dones recibidos.

Un día el sacerdote holandés Henri Nouwen, enroscado en sus inmadureces espirituales que lo llevaban a buscar comprenderse en la imagen de alguno de los dos hermanos de la parábola, recibió estas palabras de una amiga suya del alma: “Te has pasado la vida buscando amigos; has anhelado muestras de cariño desde que te conozco; te han interesado miles de cosas; has suplicado atención, aprecio y seguridad por todos lados. Ha llegado el momento de reclamar tu verdadera vocación: la ser un padre que sepa acoger a sus hijos en casa. Ni nosotros, ni la mayoría de las personas que te rodean, necesitamos que seas un buen amigo nuestro, ni siquiera un hermano amable. Necesitamos que seas una figura paterna que sepa revindicar para sí la autoridad de la verdadera compasión. Mirá a tu Padre Dios y vas a saber quién estás llamado a ser”. [1]

Ser padre/madre, como Dios nuestro Padre/Madre. Un padre que brinda apoyo y es defensor y dador de libertad. Una madre tierna gentil, protectora y cuidadora. Una madre que dice: “Te tengo y te mantego a salvo porque te amo y nunca me separaré de vos. No tengas miedo”. Un padre que dice: “Andá hijo mío, encontrá tu camino, cometé errores, aprendé, sufrí, madurá y convertite en quien necesites ser. No tengas miedo. Sos libre y yo siempre estaré cerca”.

Felices aquellos a quienes Dios les concede su hermoso y misericordioso modo de amar.


[1] Nouwen, H; Christensen, M.; Laird, R. El Discernimiento, Cómo leer los signos en la vida diaria. Salterrae. 2014.

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