Varones y mujeres, personas grandes, adultos, jóvenes y niños, altos y bajos, morochos y rubios, de River y de Boca, ricos y pobres, creyentes practicantes y no tanto, pañuelos verdes y pañuelos celestes, de derecha y de izquierda, conservadores y progresistas, argentinos y extranjeros… Hay momentos en la vida en que las diferencias misteriosamente desaparecen o logran trascender hacia un fin que las diluye.

Caminar a Luján es, precisamente, un acontecimiento de estos, en que lo que tantas veces nos separa deja de prevalecer para dar paso a la unidad y a la comunión. “Todos, íntimamente unidos, se dedicaban a la oración, en compañía de María”. Miles y miles de personas cada octubre son movilizados por la fe y por el amor, a caminar al santuario de Nuestra Señora de Luján. Esto genera una marea de gente que, con un mismo corazón y un mismo sentir, se ponen en camino para agradecer y pedir.

Creo que lo más bello y el gran milagro de Luján es la paz con la que convivimos todos los que caminamos. Son pocos los momentos del año en que podemos sentirnos unidos, con un solo corazón, con una sola alma, formando parte de un mismo pueblo. Porque sólo podemos sentirnos pueblo si estamos unidos.

Es curioso ver cómo Dios quiso salvar al hombre. Nunca tuvo pensado salvarlo sólo, si no que desde el comienzo, quiso formar un pueblo, su propio pueblo, el Pueblo de Dios, el pueblo de Israel, el que recibió la promesa de la salvación. Desde Abraham en adelante, todo aconteció en su historia como pueblo. Fueron creciendo y afianzándose como pueblo, pero también todos juntos fueron llevados a la esclavitud de Egipto. A todos los liberó Dios haciéndoles cruzar el Mar Rojo y a todos purificó atravesando el desierto. A todos les devolvió la tierra prometida y todos juntos eligieron su Rey. Como pueblo sufrieron el destierro, pero lograron volver y restaurarse. Jesús nació en ese pueblo. Dios se encarnó formando parte de él. Y lo primero que hizo al comenzar su misión fue formar una comunidad de apóstoles y de discípulos que luego formarían otra gran pueblo, la Iglesia.

Dios quiere que todos los hombres se salven, pero no que se salven solos o individualmente, sino salvarlos como pueblo, como parte de una comunidad. Hoy el individualismo nos hace pensar en nuestro propio destino, por eso nos cuesta pensarnos en conjunto. Cada uno se preocupa por su suerte, por su futuro o su felicidad, pero difícilmente se piense junto a otros o como parte de una comunidad más grande, queriendo y buscando el bien común.

Alguien dijo alguna vez que no se llega al Cielo en taxi sino en colectivo, porque nadie se salva sólo sino junto a otros, porque si en el Cielo estuviéramos solos realmente no seríamos felices. Pero qué difícil nos resulta la unidad en la diversidad, aprender a dialogar, trascender las diferencias para poder vivir esa hermandad en Jesús que nos iguala y nos une desde lo más esencial. Sin embargo, no dejamos de soñarlo, de desearlo, de pedirlo en la oración y de comprometernos en la medida de nuestras posibilidades.

El todo es superior a la parte y la realidad más que la idea. Así, caminar a Luján nos devuelve la esperanza de que nuestra oración va a ser escuchada, porque si la Virgen puede milagrosamente convocarnos a su casa como hijos e hijas de Dios, también puede hacer que nos sentemos a hablarnos de corazón y a reconocer todo lo maravilloso que tenemos en común.

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