A quién no le resulta familiar este pedido de ayuda de mamá, la abuela o la tía en alguno de esos tantos momentos compartidos en familia alrededor de la mesa. Es que no es solamente el hecho de reunirnos, sino el de recordar todo lo que este ritual significa y nos trae a la memoria. En la mesa aparece una parte de lo que somos, se vislumbra nuestra generosidad de saber poner algo en común para compartir con todos, alrededor de la mesa aprendemos a escucharnos, a mirarnos y también a respetar los silencios y las opiniones de los demás.

Estar en la mesa es importante. Si hay un lugar para nosotros es porque alguien nos pensó y nos espera. Va llegando el final del año y las mesas se empiezan a pensar y a tender. Comienzan las cenas, los encuentros con las familias, los parientes y los amigos. Sin darnos cuenta, estamos siendo invitados a compartir muchas mesas en poco tiempo. Sin embargo, más allá del estrés que pueda generarnos esto, lo podemos transformar en una oportunidad para preguntarnos: ¿Qué vamos a llevar a las mesas a las que somos invitados?

Hagamos de nuestras mesas espacios donde el encuentro se convierta en celebración y podamos valorar la riqueza que hay en el compartir. Aportemos esperanza, alegría, diálogo, espiritualidad, escucha, respeto por quienes no piensan como nosotros, amabilidad, ternura, y en los momentos donde se asomen los desacuerdos, las peleas o los reproches, seamos instrumentos de paz.

Recordemos a Jesús y sus tantas mesas compartidas, con sus amigos, con la gente en los pueblos que visitaba, con sus padres, recordemos lo que hacía. Jesús, al sentarse a la mesa, enseñaba mirando a los ojos a quienes compartían con Él. Y más aún, Jesús se quedó con nosotros en las formas de pan y vino que se sirven todos los días en un altar, en una mesa. Gracias a esta entrega, hay una mesa tendida que siempre nos espera a todos…

Puede ser que, con el paso del tiempo, incluso en nuestras familias, el poner la mesa y compartirla, se haya convertido en una rutina donde estar o no estar parece darnos lo mismo. Recobremos el sentido del ritual que significa sentarnos a la mesa con nuestros seres queridos. Y por qué no, mediante la oración, pidamos a Dios recobrar el entusiasmo de participar de la mesa en comunidad que se sirve los domingos en la misa.

Los gestos, las maneras y la predisposición con la que nos sentamos a compartir una mesa habla de quiénes somos y cómo somos. Estar alrededor de una mesa nos enseña que cada uno tiene su lugar y que en la mesa siempre hay lugar para todos. Como bien dice el dicho popular: “Donde comen dos también comen tres”. En la mesa se comparte la vida y muchas veces ésta se convierte en esa pausa que nos permite nutrirnos y recobrar las fuerzas para dar un paso más en el camino de la vida. Y esto es motivo para agradecer.

Después de todo, al compartir la mesa, no sólo alimentamos el cuerpo sino también enriquecemos el espíritu. Alrededor de una mesa podríamos decir que nace nuestra primera experiencia de servicio cuando alguien nos enseña a tenderla. Compartir la mesa nos enseña a estar disponibles para dar lo que somos, no sólo lo que tenemos, y este es un aprendizaje que continúa durante toda nuestra vida ¡Volvamos a tender nuestras mesas!

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