Cuando escuchamos la palabra “apocalipsis” una lluvia de ideas tenebrosas nos vienen a la mente: fin del mundo, fin de los tiempos, destrucción, catástrofes naturales como terremotos, tsunamis, inundaciones y huracanes; guerras, miseria, muerte, plagas, calamidades y muchas cosas oscuras más. Sin embargo, la palabra apocalipsis, lejos de todo esto, significa del griego “revelación”, sacar a luz lo que estaba oculto, manifestar. En la Biblia hay un libro que se llama Apocalipsis, pero con el tiempo hemos descubierto que en realidad podemos hablar de un género literario apocalíptico que no solo está en el último libro de la Biblia, sino que también es frecuente en algunos otros del Antiguo Testamento o en algunas porciones y fragmentos de diferentes libros como en los Evangelios y algunos otros.

Acercándonos a fin de año, la liturgia nos propone varias lecturas impregnadas por este género literario que nos traen todas estas imágenes de destrucción. Incluso Jesús empieza a hablar así y casi que perdemos de vista su amor, su compasión y misericordia. Por eso, es importante comprender que, en realidad, la apocalíptica se utiliza para darle esperanza al lector. Porque siempre en medio de todas las pruebas y calamidades que se describen, el que tiene fe en Jesús y confía en Dios siempre se salva.

Si uno lee la historia de la Iglesia, ya desde los primeros tiempos, los cristianos sufrieron pruebas y persecuciones. Con frecuencia eran arrestados, acusados de idolatría y llevados al circo romano donde eran arrojados a los leones o quemados en público, crucificados, decapitados, encarcelados y tantas otras cosas más. Los mismos Pedro y Pablo estuvieron presos y la tradición cuenta que todos los apóstoles, menos Juan, murieron mártires.

Las primeras comunidades se reunían a escondidas e incluso eran enterrados en las catacumbas en secreto para poder ir a rezar sin que nadie los viera. La mayor parte de los santos de los primeros tiempos murieron mártires y, en general, fue el ideal de santidad que se extendió en la Iglesia durante los primeros cuatro siglos. ¡Cómo no iban a necesitar darse fuerza y esperanza o animarse mutuamente los primeros cristianos! Eran verdaderamente tiempos difíciles pero, sin embargo, el amor por Jesús fue tan grande que la sangre de los mártires se transformó en semillas de nuevos cristianos.

¡Y cómo no iba a ser de ese modo si el primero que no tuvo miedo en dar la vida fue el mismo Jesús! Hoy en día las persecuciones y los martirios siguen existiendo en muchas partes del mundo como en África o en diversas partes de Asia, donde la fe en Jesús no es bien recibida. También, hace no tanto, tuvimos en América varias personas que murieron mártires por vivir el Evangelio.

Puede ser que para muchos esta realidad parezca lejana o no tanto. Por ahí a nosotros no nos persiguen para matarnos, pero sí vamos sintiendo que, poco a poco, cada vez podemos manifestar menos que creemos en Jesús a riesgo de recibir una burla, una cargada, un insulto, un desprecio y hasta, incluso, un trato diferente. Cada vez cuesta más en los grupos sociales hablar de Dios, de la fe, decir que vas a misa o a la Iglesia y, si lo haces, muchas veces hay que armarse de mucho valor. A veces significa entrar en discusiones sin sentido que terminan afectando los vínculos y preferimos no decir nada. Y entonces nos preguntamos ¿debería quedarme callado? ¿Me está dando vergüenza hablar de Jesús? ¿Dónde está mi testimonio cristiano? Preguntas que en el fondo nos duelen porque sabemos el amor que Jesús nos tiene y todo lo que Él hizo por nosotros.

En este tiempo en que pareciera que la Iglesia “retrocede” y que pareciera que tener fe es más difícil, la pregunta que Jesús le hizo a sus discípulos sigue vigente: ¿También ustedes quieren irse? Y qué linda la respuesta de Pedro… ¿A dónde iremos Señor? Sólo vos tenés palabras de Vida eterna. Firmes en Jesús. Así permanecieron los apóstoles y así queremos permanecer nosotros. Y para eso tenemos que apoyarnos mutuamente, darnos valor, coraje y esperanza para poder dar testimonio de Jesús. Como un día leyó Timoteo en una carta que recibió: Mantenete fuerte en la gracia de Cristo Jesús y no te avergoncés del testimonio que tenés que dar de nuestro Señor Jesús (2 Tim 2,1). Que estas mismas palabras nos den fuerza para vivir alegremente en medio del mundo que nos toca vivir.

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