Latinoamérica está gritando y pide auxilio por todos lados. Pareciera que sus venas vuelven a estar abiertas y expuestas. Todos la miran y la ven sufrir. Hay una realidad que sangra y que reclama -de cada uno de nosotros- mucho más que una mirada al pasar. Quizás sea el momento oportuno para que en oración haga eco en nuestro corazón el diálogo entre Dios y Caín: ¿Dónde está tu hermano Abel? No lo sé, respondió Caín ¿Acaso yo soy el guardián de mi hermano? (Gn. 4, 9-10)

Por estos días, el dolor no sólo se ve sino también se escucha. Y está gritando fuerte… Hay hermanos que la están pasando mal. Hay gente atravesando las fronteras, familias enteras que se desarman, se despiden y se extrañan. Hay dolor, desencanto, angustia, reclamo, preocupación y desesperación. ¿Cómo actuamos frente a esta realidad? ¿Conocemos a alguien que esté atravesando por esta situación? ¿Nos duele realmente lo que está pasando? Aunque muchas veces la indiferencia sea la mayor tentación ante una realidad que nos excede y hasta a veces nos resulta muy lejana, la esperanza aparece como la virtud que más necesitamos y debemos cultivar. Es que una mirada esperanzada de la realidad es la llave que abre camino al amor que es capaz de ponerse en acción para generar un cambio.

Trabajar con esperanza por la paz no es de ingenuos o soñadores sino de quienes tienen puesta su confianza en una voluntad superior, la de Dios. Frente a tanto sufrimiento no podemos hacernos los sordos al mandato de involucrarnos desde el amor con lo que afecta a quienes tenemos a lado. Los gestos de los brazos cruzados, los ojos cerrados y los oídos sordos, no van.

En las bienaventuranzas Jesús nos revela que es tarea de los hijos de Dios el trabajar por la paz, dándonos la certeza de que éste es el camino que nos volverá felices. Somos responsables los unos de los otros, sin dudas. Entonces, ante tal responsabilidad, me pregunto: ¿Por dónde debo empezar? Y se me viene rápidamente a la cabeza la frase de la Madre Teresa de Calcuta: “Si quieres trabajar por la paz, vete a casa y ama a tu familia”. Simple y concreto. Sin mucha vuelta o excusa. Tenemos que trabajar con más compromiso, fuerza y entusiasmo por la paz. Tenemos que volver a mirarnos y reconocernos familia. Ver al pueblo, a la patria, a la región, a la sociedad a la que pertenecemos como tal. Sentirnos parte y hacernos cargo. Ser instrumento que ayude a la constante promoción de los valores que dignifican. No son los chilenos, los venezolanos, los bolivianos o los colombianos, son nuestros hermanos. No son ellos y nosotros. Somos todos.

La realidad de hoy nos interpela la humanidad. Es decir, nos exige ser más humanos, más sensibles, más solidarios, más abiertos y más comprensivos. Y, con estas actitudes, aparecen los grandes desafíos de extender los límites de nuestro corazón y ser capaces de abrazar otras realidades, de cambiar la crítica por la empatía, de saber ponerse en el lugar del otro, de comprender y dejar de juzgar. En fin, de trascender desde el amor.

Reforcemos la oración y junto a ella la ayuda concreta para quienes estén atravesando por situaciones difíciles. Hagamos de este tiempo de preparación para la Navidad, un tiempo de reflexión que se materialice en gestos concretos, promovamos la paz no sólo desde nuestras palabras sino más bien desde la realidad de nuestras acciones. Menos crítica, menos prejuicio, menos hablar de culpables y víctimas. Más humanidad. Por favor, más humanidad.

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