Los niños se les cuelgan de las rodillas mientras ellos van saludando a los vecinos, a medida que avanzan por las calles de Villa Jardín, y piensan a quién irán a visitar ese día. No se detienen a reflexionar mucho. “Ya sé, vamos a lo de la Vicky”, propone Sofia, la costarricense. Determinada, toca la puerta y grita: “Punto corazón”. Como si fuese una contraseña, en seguida les abren con una sonrisa, y la Vicky, vecina del barrio, no espera ni dos minutos para poner el agua para el mate.

Es estar como la Virgen, frente a la cruz. Ella no podía cambiar nada, pero sí podía quedarse ahí

Sofía, Costa Rica

Puntos corazón es una obra misionera católica nacida en 1990 que en la actualidad se encuentra en más de veinte países. Jóvenes de distintas partes del mundo dejan el trabajo, la familia y los amigos para instalarse en algún rincón marginado y necesitado, y de esta forma volcarse a “una Iglesia en salida a las periferias”, tal como la sueña el papa Francisco. Cada joven se compromete por uno o dos años para misionar en el extranjero. Hoy, chicos venidos de Francia, Ecuador, Costa Rica, Estados Unidos, y El Salvador se encuentran viviendo en Villa Jardín, partido de Lanús. Estos misioneros son un rayo de luz y esperanza para el barrio: “Cada chico que pasa deja una huella. Su amistad se volvió muy importante”, comparte con Iglesia Millennial Beti, una vecina del barrio. A su vez, voluntarios argentinos se encuentran misionando en otros lugares del globo.

“Nuestro carisma es la compasión. Estar ahí con los que sufren”, explica María, una francesa que hace año y medio vive en la villa de Buenos Aires. A los vecinos del barrio los llaman “amigos”. Los jóvenes se dedican a visitarlos, acompañarlos y estar a disposición de quienes los necesiten o estén solos. “Muchas veces no podemos solucionarles la vida. Es un poco como la Virgen estaba frente a la cruz. Ella no podía cambiar nada, pero sí podía estar, quedarse ahí”, explica Sofi, la joven de Costa Rica que no para de lagrimear por estar a pocos días de terminar la misión y regresar a su país.

La casa de la obra está ubicada en Villa Jardín hace veinticuatro años, y desde entonces siempre estuvo habitada por misioneros. Cuando uno se va, viene otro voluntario a reemplazarlo. De esta forma, lograron más de veinte años de misión ininterrumpida en la zona. “Yo siempre digo que ellos están locos, pero en el buen sentido”, confiesa Vicky. “Lo que hacen es increíble. Vienen sin saber el idioma, las costumbres, no saben ni tomar un mate, y después no se quieren ir”, explica la vecina. Una vez que culmina el plazo por el que se habían comprometido, son varios los jóvenes que piden extender algunos meses el tiempo de su misión.

“Lo que hacen es increíble. Vienen sin saber el idioma, las costumbres, no saben ni tomar un mate, y después no se quieren ir”

Vicky, vecina de Villa Jardín

Cada voluntario hace votos de pobreza, castidad y obediencia por el tiempo que dure la misión. Llevan una vida de oración muy intensa. Cada mañana rezan laudes, al mediodia el ángelus, un rosario a las tres de la tarde, vísperas y completas antes de dormir. Además, sin olvidarse de la Eucaristía, hacen una hora de adoración y asisten a misa diaria. “Al principio me costó muchísimo la rutina de oración, pero después le tomé el gusto. Hasta se terminó volviendo una necesidad. Me gustaría que al regresar, aún entre el trabajo, los amigos, y la familia, pueda seguir viviendo un poco esta vida espiritual”, confiesa Sofía.

Los niños juegan un rol central en su misión. Pasan bastante tiempo jugando con ellos. “Muchas veces los chicos sufren porque tienen padres o madres que cayeron en la droga o están un poco ausentes. Nosotros intentamos ser una presencia para ellos”, menciona Madeleine, la misionera estadounidense. Un niño de seis años que vive en el barrio y viene entusiasmado a rezar el rosario, se encarga de ayudar a preparar el pequeño altar e incluso guía un misterio. A los puntos corazón también se los conoce como “amigos de los niños”.

“Entendí que no estoy aquí por mis propios medios, por mi voluntad. Este es un momento que Dios me regala, como una entrega para simplemente escucharlos y compartir sus dolores”.

Emanuel, El Salvador

Entre las distintas actividades misioneras que realizan, cada jueves van a visitar a enfermos del Hospital Muñiz. Emanuel, el joven salvadoreño, cuenta que esa es la misión que más le cuesta porque es la más dolorosa. “Hay historias que nunca escuché antes, sufrimientos que no hubiera tenido el valor de preguntar, pero entendí que no estoy aquí por mis propios medios, por mi voluntad. Este es un momento que Dios me regala, como una entrega para simplemente escucharlos y compartir sus dolores. Así me di cuenta cómo uno puede ser como un vino nuevo para otros”.

Quienes se sientan llamados a la misión de Puntos Corazón pueden participar de un “Ven y verás”, es decir, hacer la experiencia de vivir un fin de semana en la casa de Villa Jardín. “Los que vienen se maravillan con lo que vivimos”, recalca María. “Para nosotros es lindo porque es como volver asombrarnos de cosas que ya naturalizamos”, sostiene. Pasada esta etapa, si en el joven sigue latente el deseo de ser un misionero de la obra, continúa un periodo de formación. A su vez, otra forma de ayudar es ofrecerse como padrino de uno de los voluntarios. Esto consiste en brindar un aporte económico y, al mismo tiempo, comprometerse a rezar por el misionero apadrinado.

“Ellos ahora conocen lo que es la pobreza porque la viven, nadie se las contó”, comenta Beti. La estadounidense Madeleine remarcó que a través de esta experiencia aprendió a tener otra mirada, a ver a Dios en todas las cosas. La misión la invita a reconocer la voluntad del Padre y responder a ella, “y eso no está solo en una casa de punto corazón, es simplemente la vida… se vive en la casa, en la familia”, remarcó Maddie, quien espera vivir la propuesta de la obra también en su regreso a su rutina diaria.

La amistad es un rol central en su carisma. Charlan y conocen a cada vecino, y le dan mucha importancia a los cumpleaños porque es “recordar la importancia de la vida de cada persona”, según comentaron. También acompañan a la gente al hospital si lo necesitan e intentan establecer un lazo afectivo que no solo esté presente en los buenos momentos. “Nosotros sufrimos con nuestros amigos”, testifica Emanuel. Esto es puntos corazón: estar como María, al pie de la cruz de Jesús, simplemente mirándolo, escuchándolo, y sufriendo junto a Él.

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