De vez en cuando está bueno mirar hacia atrás. Sólo mirar, no retroceder. Contemplar lo vivido para hacer una lista de aquellos aprendizajes que podemos rescatar del camino recorrido. Visualizar los sueños que fueron motor y primer impulso para comenzar el año y se convirtieron en metas que logramos alcanzar. Tomar coraje para detenernos, aunque sea unos minutos, en esos objetivos que no pudimos cumplir, analizar el por qué y registrar las estrategias que no resultaron. Aprender de los errores y reciclar los aciertos. Parar un poco para animarnos a hacer un diagnóstico de nosotros mismos.

En este trayecto final la mochila está pesada. Nos han pasado muchas cosas y cada una de ellas nos ha dejado algo. Hemos tomados decisiones importantes que quizás modificaron algún aspecto nuestra vida… O quizás no fuimos capaces de hacerlo y terminamos el año con cuestiones pendientes. Las experiencias vividas, las personas con quienes nos cruzamos, los proyectos que llevamos a cabo, todo lo que vivimos durante este año influyeron, de alguna manera, en el cómo llegamos al día de hoy, en el cómo nos sentimos y en lo deseamos para el día de mañana.

Entonces me animo a preguntarte: ¿Cómo estás? En todo viaje largo necesitamos hacer paradas para recuperar fuerzas, y si esta metáfora aplica para el año que vamos dejando atrás, me atrevo a decir, ¡tremendo viaje el que nos mandamos! En estos días van cayendo, con todo su peso, los pasos sobre el camino recorrido y las huellas de tantas personas que se nos cruzaron. Y también, estaría bueno, además de ver el camino afuera, animarnos a navegar en el inmenso mar que llevamos dentro. Desafío. Lo sé.

San Agustín decía: “Conócete. Acéptate. Supérate” y, con este mandato, nos facilitaba las palabras claves de la contraseña que necesitamos para poder ingresar a nuestro interior y responder cómo estamos. De este consejo podemos destacar tres actitudes que nos pueden ayudar un montón: la importancia de conocernos, sin dudas, el autoconocimiento es crucial si queremos descubrir el sentido de nuestra vida; la aceptación, con humildad, de lo que somos, cada uno, como punto de partida. Y también como actitud frente a la vida: aceptación de lo que no pudo ser o salió mal. Finalmente, la superación, es decir, el empeño sincero de querer ser mejores personas, capaces de enfrentar con fortaleza y templanza los desafíos de la vida. Los obstáculos del camino. Sin renunciar a la misión de dar testimonio de la alegría que este aprendizaje nos aporta. Crecer, aunque a veces, duela, es siempre el camino correcto. Superarse es darse la oportunidad de crecer.

Tengamos en cuenta que la vida es mucho más que nuestra propia voluntad. O, en todo caso, debería serlo. El voluntarismo con el que muchas veces gestionamos nuestra vida no es más que una señal que nos debería alertar sobre la falta de confianza en quien es el único que cumple lo que por nuestras propias fuerzas nos parece imposible. De allí, la importancia de sumar a esta fórmula la voluntad de Dios. Es decir, no cansarnos, en oración, de intentar coincidir con ese camino que marca el mapa que Dios nos puso a cada uno adentro.

Volvamos a mirar un ratito por el retrovisor. Miremos a lo lejos. Hagamos silencio. Tomemos las medidas necesarias para evitar los mismos accidentes. Seamos humildes y capaces de reconocer aquellas actitudes que aún debemos trabajar. No nos conformemos, seguro hay cosas para laburar. Que el tiempo que viene no sólo sea de proyecciones materiales sino también de propósitos que nos hagan crecer en nuestra espiritualidad. Prestemos atención a los caminos y a los laberintos que tenemos adentro. Resolvamos, con la ayuda de Dios, nuestras encrucijadas personales que suelen quemar el motor que impulsa nuestros sueños.

Una vida puesta entera en las manos de Dios es una promesa. Es motivo de esperanza y novedad. Vos sos motivo de esperanza y novedad. Tenelo en cuenta a la hora de volver la mirada hacia el camino que te queda por delante. Y no te olvides, que como dice una conocida canción “se hace camino al andar”.

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