Va llegando fin de año y con él las fiestas de Navidad y de año nuevo. Uno mira para atrás y se pregunta cómo es posible que ya se haya ido otro año de mi vida así tan rápido… pero cuando uno lo mira en detalle, con una lupa, descubre la cantidad impresionante de cosas que pasaron en este año: personas, alegrías, contratiempos, proyectos, trabajos, risas, enfermedades, viajes, regalos, actividades de todo tipo, exámenes, logros, dificultades, desaciertos, encuentros….

En este tiempo también es casi imposible no hacer, casi inconscientemente, una evaluación de todas estas cosas que nos pasaron. Aquello que nos gustó que pasara y aquello que no, lo que quiero seguir haciendo el próximo año y lo que ya quiero dejar atrás, lo que no tuve tiempo para hacer este año y lo que proyecto y sueño para el próximo. Nos empezamos a hacer propósitos e ilusiones para el año que se viene y queremos convencernos de que el próximo año va a ser mejor. Es lo que nos vamos a desear la noche de Navidad y de año nuevo.

Y todo esto, por lo general, nos pasa en medio de un cansancio y un agotamiento sin igual que con lo único que sueña es con las vacaciones y con que todo se acabe ya. Y si nos queda un tiempo, queremos prepararnos para la Navidad y organizar la cena de nochebuena que muchas veces trae más complicaciones familiares que satisfacciones. ¡Un combo interesante!

Pero providencialmente todo esto lo transitamos durante el Adviento, este tiempo tan lindo en que la Iglesia nos invita a pensar en que Dios viene a nuestra vida. Que Dios vino, viene y vendrá cada día y todos los días. Que Dios se hace ser humano para compartir toda nuestra vida y hacerse cercano. Que Jesús, el Emmanuel, es la promesa cumplida de que Dios está con nosotros todos los días de nuestra vida hasta el fin del mundo (Cf. Mt 28,20).

Y así, nuestra evaluación de fin de año, puede transformarse en un descubrir cómo Dios ha estado presente. Un Dios que nació hace más de dos mil años y que volvió a nacer en mi vida tantas otras veces durante este año que termina. ¡Dios vino al mundo y es verdad! Porque también vino a mi vida en muchos pequeños y grandes acontecimientos del 2019. Para descubrirlo, sólo es necesario un poco de tiempo, silencio interior y mirada de niño. Y así nos brota la acción de gracias y la alabanza, la alegría serena de sabernos amados por Dios, cuidados, mimados y bendecidos. Se fortalece nuestra fe y nuestra confianza que se arraiga en la certeza de la providencia de Dios que sigue obrando para que nuestra vida se realice y avance en medio de las cosas del mundo.

Y si Jesús vino tantas veces este año, ¿por qué no pensar que el año próximo será igual? Es por eso que, mirando para adelante, la segunda venida de Jesús, su venida definitiva nos llena de esperanza y de alegría. Y en este contexto, ¿qué mejor que pensar en el futuro y lo que nos espera para el 2020? No es lo mismo encarar el próximo año pensando que todo dependerá de nosotros y de nuestro esfuerzo personal, o hacer todo como si sólo dependiera de nosotros, pero sabiendo y caminando con la certeza de que todo, absolutamente todo, está en manos de Dios. Del primer modo todo es inquietud, incertidumbre, angustia; del segundo seguridad, serenidad, confianza y esperanza.

Lo que vino, lo que viene y lo que vendrá es Jesús. Por eso, nos arrojamos al 2020 con la certeza de que Dios caminará nuevamente con nosotros. Y para ello, antes está la Navidad, para celebrar esta hermosa certeza, la de un Dios que desde lo oculto y la sencillez nos acompaña con ternura, con amor y misericordia, velando por cada uno de nosotros.

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