Llegó el día… llegó la nochebuena. Es hora de brindar… “¡Felices fiestas!” “¡Feliz Navidad!” “¡Chin chin!” “¡Lo mejor para vos!” “¡Que el año que viene sea mejor!” “Si, ojalá…” “Esperemos…”. Es hora de mandar saludos navideños. Con algún “meme”, con algún videíto, con alguna imagen que armamos nosotros, o simplemente con unas palabras y algunos emojis. Está bueno… ¿pero qué deseamos realmente? ¿Qué estamos diciendo al decir “FELIZ NAVIDAD”? ¿Por qué son “FELICES FIESTAS”? ¿Las vivimos realmente así?

La Navidad es un nacimiento. Y no cualquiera. Es el del mismísimo Dios. Es muy flashero, sí. Pero es así. Dios nace. El creador del mundo se hace Él mismo creación. No lo hace en un árbol, no lo hace en un perro ni tampoco en un templo. Se hace humano. Dios es humano. La divinidad toca la humanidad y de esta manera la humanidad puede alcanzar la divinidad. Si. Gracias a la Navidad podemos llegar a Dios. Porque se abajó y se hizo uno de nosotros.

Esto lo hizo hace 2000 años en la persona de Jesús: Dios y humano a la vez. Pero hoy, HOY, quiere nacer en cada uno de nosotros. No porque no esté ya en nuestros corazones sino porque quiere renovarlo: “Yo hago nuevas todas las cosas” (Ap 21,5). Es su presencia la que transforma. El famoso pesebre era una cueva de animales. Nuestro corazón también puede serlo: puede estar sucio, puede estar desordenado, puede oler feo. Pero la única condición que María y José necesitaron es que estuviera abierto y que le hicieran un lugarcito. Ellos se encargaron del resto. Y Jesús pudo nacer…

Preguntémonos… ¿Le hago lugar a Jesús para que nazca en mi vida? ¿Le abro mi corazón? ¿O lo tengo cerrado, ocupado en otras cosas “más importantes”? Jesús no tiene drama en caer en un lugar sucio. Siendo Dios (¡SIENDO DIOS!) se hizo humano. Mirá si va a hacerse el exquisito… Solo nos pide apertura y receptividad. Él después nos va a ayudar a ir limpiándolo y transformándolo con su presencia divina (en sus dos sentidos, de Dios y de linda). Pero si nos cerramos, listo. Va a quedarse en la puerta llamando y esperando (cf. Ap 3,20).

Por eso, cuando saludemos, cuando digamos FELIZ NAVIDAD o FELICES FIESTAS, que esas palabras estén cargadas de sentido. Porque Jesús realmente quiere hacer de nuestras vidas verdaderas FIESTAS. El pesebre fue fiesta. Nuestros corazones también pueden serlo. Si nos dejamos transformar por Él, posta, la vida cambia. Día a día, mes a mes, año a año, de navidad a navidad…

Que ese saludo sea oración. Que realmente podamos desearle al otro una FELIZ NAVIDAD. Porque Dios puede hacer nuevas todas las cosas… Solo hay que dejarlo. Por eso, aprovecho para desearte a vos que me estás leyendo una FELIZ NAVIDAD. Que Jesús, al aproximarse a vos, pueda encontrar una puerta abierta y un lugarcito donde quedarse…

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