A cada uno de nosotros, en el camino que llevamos recorrido, nos han pasado cosas. Un montón de cosas. Cada uno de nosotros, sin duda alguna, es un cofre lleno de experiencias buenas y malas que, de alguna manera, nos han traído hasta el lugar en el que estamos. Somos quienes somos porque, a la vez, somos una larga y única historia. En este camino, la vida seguramente nos ha dado muchas lecciones, pero creo que hay una que es muy valiosa: todo pasa.

“Sana, sana, colita de rana, si no sana hoy, sanará mañana”, nos cantaba mamá o la seño en el jardín ante esas primeras caídas que nos descubrían en llantos desconsolados, renegando del dolor que nos tocaba padecer. Es que desde siempre sufrir nos cuesta. Sin embargo, la caricia de mamá o la sonrisa de la seño ilustraban aquella motivación que nos sugería que tal dolor, en algún momento, iba a terminar. Y así fuimos aprendiendo que la vida es un caernos y levantarnos constante. Ahora que ya somos grandes, lo tenemos más claro aunque a veces nos siga costando.

“Al fin el egoísmo está en jaque porque si no nos unimos y cuidamos al que tenemos a lado, perdemos todos”

Hoy, el dolor y el miedo están en el aire. También, en la radio, en la televisión, en los diarios y en las redes sociales. El mundo está atravesando una situación de emergencia donde la fragilidad del hombre se ve extremadamente expuesta. Perdimos el control, ese que como humanos muchas veces creemos tener sobre nuestra vida y la de los demás. Nuestras limitaciones están a flor de piel. De repente, nos cambiaron las prioridades. Es una oportunidad para darnos cuenta de cuánto dependemos los unos de los otros y de lo importante que es cuidar la vida. Al fin el egoísmo está en jaque porque si no nos unimos y cuidamos al que tenemos a lado, perdemos todos.

Estamos en un tiempo de aprendizaje. Y creo que como tal es un tiempo propicio para cultivar en nuestro corazón la virtud de la paciencia. Ella se convierte en remedio ante la desesperanza que nos entristece y nos amarga haciéndonos rehenes de un callejón sin salida. Ella es virtud capaz de transformar la desesperación fruto de la desconfianza en consuelo y nos acerca a la experiencia espiritual que Santa Teresa de Ávila nos comparte en su oración: “Nada te turbe, nada te espante, la paciencia todo lo alcanza, quien tiene a Dios nada le falta, sólo Dios basta”.

“Es un tiempo propicio para cultivar en nuestro corazón la virtud de la paciencia”

Dios no se ha mudado. Dios está con nosotros. En Él vivimos, nos movemos y existimos. ¿Acaso lo hemos olvidado? Dios no castiga. Dios sólo sabe del amor que es inmensurable e incondicional. Y, ahora que todos estamos un poco más grandes, la fe y la esperanza se convierten en esas luces que nos señalan e iluminan el camino correcto.

Dios sufre con nosotros y nos llama a ser pacientes, humildes y confiados. A estar en vela, en oración y a ser responsables en la parte que nos toca poner a cada uno para colaborar en esta situación de dificultad que hoy nos toca atravesar. Animémonos a responder con valentía y prontitud a este llamado para ser remedio eficaz que ayude a aliviar, aunque sea un poco y desde nuestro lugar, tanto dolor y desesperación.

Paciencia, todo pasa.

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