Santa Teresa de Jesús solía decir a sus hermanas: “Cuando no puedan comulgar ni oír misa, pueden comulgar espiritualmente que es de grandísimo provecho”. Nunca pensamos que iba a llegar el día en que no pudiéramos comulgar por voluntad propia. No comulgar sacramentalmente no era una posibilidad, sino que se debía más bien a las posibilidades de participar, del deseo de hacerlo o la vida que llevamos y la conciencia que tenemos acerca de nuestro pecado, pero nunca se nos pasó por la mente que queriendo hacerlo iba a existir un impedimento tal como un pequeño virus microscópico. A su vez, la cuarentena se extiende, los días pasan y los cuestionamientos se hacen más profundos, el deseo mayor, y todo esto nos obliga a pensar y a reflexionar sobre nuestra fe y nuestra práctica de la comunión, en especial, de la validez y la eficacia de la comunión espiritual.

Sin duda los seres humanos no somos solamente seres espirituales, sino también de carne y hueso. Y por eso necesitamos de la materialidad, de lo concreto, de las pruebas, de algo sensible que nos dé muchas veces la certeza psicológica de lo que no se ve. Tan claro lo tiene Dios que asumió nuestra misma corporeidad en Jesús para que pudiéramos tocar con nuestras propias manos su cuerpo, ver con nuestros ojos su persona, sus acciones y gestos, y escuchar con nuestros propios oídos sus enseñanzas. O por lo menos otros lo hicieron en nuestro lugar y nos contaron lo que vieron y oyeron (1 Jn 1,3 / Hech 4,20).

Adorarlo en espíritu y en verdad como Él se los había enseñado

Pero desde que Jesús ascendió al Cielo en cuerpo y alma, la comunidad cristiana fue aprendiendo lentamente a sentir su presencia espiritual y a adorarlo en espíritu y en verdad como Él se los había enseñado (Jn4, 23) y a ser felices creyendo sin haber visto (Jn 20,29). Sin duda, el recuerdo de Jesús, de revivir los momentos más importantes y de cumplir los mandatos del Señor llevaron a las comunidades a seguir reuniéndose a partir el pan, pero también a cuidar y velar por los más necesitados de la comunidad viviendo el mandamiento del amor y yendo por todo el mundo anunciando la Buena Noticia para cumplir con el mandato misionero.

La imposibilidad de acercarnos a comulgar nos hace pensar mucho también acerca de cuánto valoramos las “otras” presencias de Dios

A lo largo de su historia, la Iglesia fue aprendiendo a descubrir la presencia de su Señor en diferentes lugares y situaciones. Así descubre que Dios se manifiesta en los sacramentos, en la Palabra de Dios, en el más pequeño de sus hermanos, cuando hay dos o tres reunidos en su nombre, en sus pastores y en muchas otras situaciones. Adquirir esta conciencia llevó mucho tiempo y se fue profundizando en distintos momentos de la historia, según las diversas situaciones que la Iglesia atravesó y que la hizo reflexionar.

Creo que hoy la imposibilidad de acercarnos a comulgar nos hace pensar mucho también acerca de cuánto valoramos las “otras” presencias de Dios y nos alimentamos de ellas y, especialmente en estos días, la de su permanencia en el propio interior ya que, como San Pablo nos enseñó, nuestros cuerpos son templo del Espíritu Santo. En este sentido, es muy linda la expresión de San Antonio María Claret: “Tendré una capilla fabricada en medio de mi corazón y en ella, día y noche, adoraré a Dios con un culto espiritual”.

La Iglesia nos enseña que los sacramentos son el modo ordinario y eficaz en el que Dios se nos da. Ordinario significa común, frecuente, habitual. Eso no implica que no haya otros modos por los cuales Dios nos manifieste su amor. Dios nos asegura su presencia en los sacramentos y, a su vez, los sobrepasa derramando sus gracias por todos lados y en todo momento. Es decir, existen otros modos extraordinarios en que Dios se nos comunica y en momentos extraordinarios de la humanidad podemos servirnos abundantemente de ellos.

Hoy, la comunión espiritual aparece como uno de estos modos extraordinarios que, en realidad, si miramos hacia atrás en la Iglesia, antes era un modo muy habitual. No porque las personas no recibieran la hostia, sino porque se fomentaba mucho que uno pudiera estar en esta presencia Eucarística a lo largo del día. Esto sirve tanto para aumentar el deseo de recibirlo a Jesús, como para prolongar los efectos de la comunión en la propia vida. De hecho, hoy en día si uno piensa qué pasa entre domingo y domingo en que comulgamos, podemos preguntarnos si acaso no vivimos el resto de la semana en presencia de Dios. ¿Cuánto dura el efecto de recibir la comunión? ¿Unos minutos? ¿Días? ¿Meses? Por eso, aunque se acabe la pandemia y podamos volver a misa, sería lindo que incorporáramos el hacer pequeños actos durante el día para sentirnos en presencia de Dios.

San Juan Pablo II decía: “Es conveniente cultivar en el ánimo el deseo constante del Sacramento Eucarístico, de aquí ha nacido la práctica de la comunión espiritual”, y San José María Escrivá expresaba: “¡Qué fuente de gracias es la Comunión espiritual! Practícala frecuentemente y tendrás más presencia de Dios y más unión con Él en las obras”.

Aceptar por obediencia y humildemente este ayuno eucarístico

En este tiempo tenemos que profundizar mucho nuestra confianza en la sabiduría de la Iglesia que nos cuida para que nunca nos sintamos lejos de Dios. San Maximiliano Kolbe decía: “A veces, la comunión espiritual puede traer las mismas gracias que la sacramental”. No es tiempo de pelearnos o de arriesgar vidas -propias o ajenas- martirizándonos por la Eucaristía, sino de aceptar por obediencia y humildemente este ayuno eucarístico que nos impusieron nuestros pastores para cuidarnos a todos. No se trata de que estemos padeciendo persecución religiosa o de que esté en peligro el anuncio del Evangelio, sino de cuidar a todo el rebaño del pueblo de Dios para que juntos, pastores y ovejas, podamos llegar al corral de Jesús, nuestro Buen Pastor resucitado.

El ayuno es una privación, pero puede ser un tiempo de crecimiento. Así como el amor de los cónyuges, durante mucho tiempo alejados el uno del otro por razones de fuerza mayor, puede madurar y profundizar en la fidelidad y la pureza, así también el ayuno eucarístico puede convertirse en un tiempo de crecimiento de la fe, del deseo del don de la comunión sacramental, de la solidaridad con aquellos que por diversas razones no pueden disfrutarlo, de liberación del descuido de la costumbre. Entendamos, de nuevo, que la Eucaristía es un don gratuito y sorprendente del Señor Jesús, ni obvio ni banal, que se desea de todo corazón, continuamente…[1]

El ayuno eucarístico puede convertirse en un tiempo de crecimiento de la fe

Es tiempo de creer que el amor de Dios habita en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos dio (Rm 5,5) y así permanecer. Permanecer en el amor de Dios para que nuestro gozo sea perfecto (Jn 15, 11-13), hasta que podamos volvernos a encontrar, no sólo para comulgar, sino para estar en comunidad, para celebrar, bendecir y adorar. Mientras tanto, “cada vez que sientas que tu amor por Dios se está enfriando rápidamente hacé tu comunión espiritual. Esta actúa en el alma como un soplo de viento en una brasa que está a punto de extinguirse” (Santo Cura de Ars).

Jesús Misericordioso le comunicó a Sor Faustina: “Si practicas el Santo ejercicio de la Comunión Espiritual varias veces al día, en un mes verás tu corazón completamente cambiado”. Preguntémonos entonces si a más de un mes de empezada la cuarentena nuestro corazón sigue ardiendo por el amor de Jesús. ¡Esperemos que así sea!


[1] Lombardi, Federico. Diario de la Crisis: La Comunión Espiritual. En línea: [https://www.vaticannews.va/es/vaticano/news/2020-04/comunion-espiritual-diario-crisis-coronavirus.html]

Un comentario sobre “En presencia de Dios todos nuestros días

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