Todos al nacer recibimos un abrazo. Todos al nacer necesitamos ser estrechados entre los brazos de alguien. De lo contrario, nuestra vida no hubiera sido posible. El abrazo que recibimos al nacer es el abrazo que sostiene. Aun cuando nada en el mundo nos conoce ni conocemos, se nos presenta la humanidad entre dos gestos que dan inicio a todo: un abrazo y una mirada. Ninguno de los dos podemos corresponder en aquel primer momento, aún somos demasiado pequeños. Sin embargo, se nos dan gratuitamente invitándonos a la vida. Una maravilla…

En estos días, he escuchado y leído innumerables mensajes y testimonios de personas que cuentan cuánto extrañan abrazar, incluso hijos e hijas de padres y madres médicos o de personas que trabajan en los sanatorios y hospitales que están viviendo rutinas muy estrictas de separación y “no contacto” en sus propios hogares. Despedidas muy duras sin abrazos, matrimonios separados por situaciones inesperadas, hermanos, amigos y parejas distanciadas, en fin, muchas historias que llaman mi atención y son materia de oración por estos días. Es que fuimos creados para estar juntos y esto que estamos forzados a vivir nos ha anulado una de las manifestaciones de cariño más hermosas, los abrazos que nos abren al encuentro.

“Una de las manifestaciones de cariño más hermosas: los abrazos que nos abren al encuentro”

Cada uno de nosotros tiene un mundo de afectos y ese mundo de afectos también tiene que ver con nuestra espiritualidad. Los abrazos que fuimos recibiendo a lo largo de nuestra vida han sido un gran abono a la tierra interior de cada uno. En esta tierra fueron muchos los brazos que trabajaron y echaron las semillas del amor, la seguridad, la confianza, la alegría, la contención, la fortaleza, la templanza y, por sobre todo, el consuelo, para que hoy seamos quienes somos.

Por eso, te invito a que pienses por unos minutos en cuáles son los abrazos que más extrañas…Vas a ver que esos abrazos te van a traer al corazón rostros concretos que son muy importantes en la historia de tu vida. Si te animás, pasá por tu mente como una película, abrazos y momentos compartidos con cada una de ellas. Y quedate ahí. Quedate ahí el rato que necesites, sentí, gustá, rezá. ¿Qué tipo de abrazo necesita esa persona en la que pensás? Capaz un abrazo de alegría para levantarle el ánimo, capaz un abrazo de fortaleza, o quizá uno de consuelo…

“Los abrazos que no recibimos ni damos podemos transformarlos en ofrendas de amor”.

Hoy, los abrazos que no recibimos ni damos podemos transformarlos en ofrendas de amor. Hay muchas cosas que nos cuestan en esta situación de aislamiento. Vivir en “clave de ofrenda” todas las experiencias interiores y exteriores que vamos transitando es una manera de hacer menos pesada la mochila y hacer crecer nuestra templanza ante la adversidad que nos toca vivir.

Los abrazos tienen tanta fuerza que al recordarlos podemos experimentar aquello que sentimos en ese momento en que los recibimos. Los verdaderos abrazos trascienden y no conocen de distancias. Es más, si fueron abrazos de amor, el amor tiene el poder de convertirlos en oración que llega hasta cada rincón y se vuelve presencia venciendo cualquier soledad.

Que hoy, todos los abrazos que extrañás sean la ofrenda de tu oración.

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