Detenerse para agradecer. Detenerse para tomar conciencia. Asumir. Detenerse para admirar, descubrir y escuchar. Detenerse para dar respuesta. Es que si no paramos es imposible admirar, descubrir y menos aún escuchar. Esta semana arranca con un llamado urgente, una pregunta concreta y una misión específica. El papa Francisco da inicio a la Semana Laudato si‘, formulando al mundo una pregunta muy concreta: ¿Qué tipo de mundo queremos dejarle a quienes nos sucedan, a los niños que están creciendo?  De esta manera expone y vuelve a poner sobre la mesa, una vez más, la necesidad de detenernos para reflexionar. La crisis ecológica nos desafía a cambiar desde adentro para impactar en el afuera.

La crisis ecológica nos desafía a cambiar desde adentro para impactar en el afuera.

Hoy más que nunca cada uno de nosotros está experimentando lo que significa detenerse. Detenerse a la fuerza, inclusive, en contra de nuestra propia voluntad. Detenerse porque “parar” significa, hoy, cuidar a otro. Tiempo oportuno para analizar cómo estamos viviendo, cuál es nuestro estilo de vida, cómo nos vinculamos con la creación de la cual somos parte. Dios nos ama a través de todo lo creado, sin embargo, queda la duda de cuánto en verdad hemos sido capaces de percibir ese amor de generación en generación para haber llegado a provocar la agonía en la que se encuentra nuestra madre tierra.

Atrevernos a contestar la pregunta que nos hace el papa Francisco nos lleva a repensar qué tipo de mundo estamos construyendo desde nuestras acciones, desde nuestras decisiones, desde el lugar en el que estamos. También nos hace preguntarnos si acaso no hemos caído “esclavos” de la lógica de un consumismo irreflexivo que nos hace sobrevalorar el tener por sobre el ser, con las consecuencias que tiene esto para el medio ambiente. La pregunta del Papa Francisco nos invita a reflexionar si acaso no hemos caído en la lógica egoísta, indiferente marcada por un “compromiso light” con las causas que nos exigen romper con la superficialidad, “salir del sillón”, dejar de postergar y realmente hacernos cargo. Hace falta que nos animemos más. Hace falta que, además, de salir con carteles a las calles para dar visibilidad a un sin número de injusticias, también nos formemos para dar respuestas que consideren las causas más profundas que provocan la crisis ecológica que estamos atravesando. Hace falta que descontaminemos el corazón para purificar el aire que respiramos.

Hace falta que descontaminemos el corazón para purificar el aire que respiramos.

Porque no es solo la tierra, así como nunca es sólo la madre. Es la tierra y los que la habitamos. Es la madre y sus hijos. Y si la tierra padece, los que la habitamos también. Sin duda, este llamado al cuidado de la casa común es un gran desafío, porque es un desafío que implica un cambio cultural. Un cambio en nuestras maneras de vivir, un cambio de hábitos. Un cambio que nos hace levantar la mirada del ombligo para reconocernos parte de una comunidad, de una realidad que nos hace estar conectados con otros y donde todo lo que yo hago o dejo de hacer tiene una repercusión. Un cambio que nos desafía a ser solidarios de verdad, no para acallar la conciencia, sino porque por amor nos hacemos capaces de empatía y compromiso. Una solidaridad promotora de acciones transformadoras ¡Qué desafío! ¡Qué misión!

La expresión “Laudato si’” que da título a la encíclica del papa Francisco sobre el “Cuidado de la Casa Común” es tomada del cántico de San Francisco de Asís “Alabado seas, Señor”. Es una expresión que reconoce a Dios Padre como Creador de la belleza que podemos contemplar en la Creación. En este sentido, el ejemplo de este santo nos puede guiar en este camino de crecimiento espiritual que abrace también una dimensión ecológica. El Papa nos dice en Laudato si‘ que una espiritualidad ecológica implica una conversión personal. Este proceso tiene como punto de partida el encuentro con Jesús que modifica la forma en que cada uno, a partir del encuentro con Él, se vincula con todo lo que lo rodea.

El papa Francisco nos dice en Laudato si’ que una espiritualidad ecológica implica una conversión personal.

Los jóvenes tenemos el corazón distraído en muchas cosas. Y nos hemos acostumbrado, en muchos casos, a dar respuestas con “profundidad de chat” a muchas preguntas que requieren respuestas más valientes y profundas. Nos han hecho creer que esperar no es bueno cuando todo lo podés tener ya. Nos hemos vuelto una generación ansiosa que, si se detiene, no sabe qué hacer en el silencio de su habitación. Nos han hecho creer que es imposible ayudar al otro o al mundo si no se tiene dinero o poder. Alejándonos de la certeza que cada uno de nosotros tiene en su corazón que nos dice que para salvar hay que dar la vida.

Detenerse para revistar. Detenerse para reciclar. Detenerse para desintoxicar nuestras acciones, nuestras miradas, nuestras intenciones. Detenerse para redescubrir el valor de los pequeños gestos, el gran cambio es la suma de los gestos cotidianos, del día a día. Detenerse y hacer de cada acción una oración. La tierra enferma necesita tiempo para recuperarse, necesita de nuestra paciencia activa, comprometida, pero por sobre todo esperanzada. Necesita de jóvenes renovados impulsados con entusiasmo por el Espíritu Santo a abrazar, sin miedo, una espiritualidad ecológica que priorice una respuesta contundente al llamado urgente a ser protagonistas en la promoción de la “cultura del cuidado”.

Hoy, el clamor y los gemidos son más fuertes. Pero la tierra también canta. Y la melodía de su armonía tiene notas de esperanza. Cada uno de nosotros está invitado a contemplar a Dios en esa armonía. Dios se muestra inmenso, cercano, amoroso, en la naturaleza que revela su presencia. Somos la generación Laudato si’, no somos el futuro o el mañana. Somos, en palabras del papa Francisco, “el ahora de Dios”.

¿Qué vamos a hacer hoy para cambiar el mundo?
Mañana volvamos a hacernos la misma pregunta.

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