Cuando era pequeño, una de mis tantas distracciones era ver cómo funcionaba el lavarropas. Casi hipnóticamente podía pasar largos ratos viendo cómo el tambor movía la ropa de un lado a otro, las olas y la espuma que se formaban. Tanto lo observaba que la primera vez que arreglé un electrodoméstico fue el lavarropas a los ocho años cuando noté que tenía un cable suelto y por eso no desagotaba. Ese día descubrí mi espíritu práctico. Pero el momento culmen era el del centrifugado, cuando la velocidad del tambor incrementaba rápidamente sacando el agua y apretando la ropa contra los costados. Todas las veces se formaban dibujos diferentes que cautivaban mi atención. Cosas de chicos…

Ahora de grande, habiendo estudiado física en el colegio y la universidad, veo que esa fuerza centrífuga está presente en muchos ámbitos de la naturaleza y en tantos inventos humanos, pero también —y tal vez no para la admiración— en nuestras sociedades y comunidades. Sí, a veces da la sensación de que existe una misteriosa fuerza centrífuga que nos dispara lejos unos de otros y así nos alejamos del centro y nos separamos. Algunos la llaman individualismo, otros egoísmo, otros indiferencia, nosotros pecado.

Esta historia no es de hoy, no es nueva. Existe desde que el ser humano pobló la Tierra. Los relatos más antiguos de la historia y de las civilizaciones lo atestiguan. Los más conocidos para nosotros son los del Génesis (Adán y Eva, Caín y Abel, la torre de Babel, José y sus hermanos, y tantos otros). Los neurocientíficos dirán que nuestro sistema neurológico se forjó en medio de un sistema tribal donde la supervivencia de la tribu frente a los ataques vecinos imprimió una reacción defensiva casi inconsciente frente al extraño y el extranjero.

“Dios nos da una fuerza de lo alto capaz de volvernos a unir”

Sea como sea, nuestra fe nos impide pensar que Dios nos deja a merced de nuestra oscuridad o de nuestras fuerzas destructivas. Dios nunca dejó a su creación en manos del caos, sino que desde el principio fue ordenando todo para hacer de la tierra un lugar habitable para los hombres. Y allí estamos. Aunque exista esta misteriosa fuerza que nos separa, nuestro padre Dios —que quiere por igual a todos sus hijos y que, como buen Padre, quiere que nos amemos los unos a los otros nos da una fuerza de lo alto mucho mayor y capaz de volvernos a unir. Es la fuerza del Espíritu Santo, es la fuerza del Amor. Eso es Pentecostés. Es la fuerza de la unidad que nos vuelve a atraer irresistiblemente unos a otros y nos vuelve a poner en relación y en comunión.

Los problemas de comunicación expresados en las diferentes lenguas de la tierra fueron superados cuando el Padre nos envió desde el cielo al Espíritu Santo, el lenguaje del amor. Y así, la unidad y la armonía de la creación nos fue devuelta y nos es devuelta cada vez que invocamos esta fuerza capaz de regalarnos la unidad. La unidad, la comunión… qué misterioso anhelo del corazón del hombre y qué gran regalo cuando se la experimenta, se la vive, se la concreta. La alegría, la paz y una cierta certeza de estar donde tenemos que estar son frutos de esta común-unión.

“La alegría, la paz y una cierta certeza de estar donde tenemos que estar son frutos de esta común-unión”.

Es bueno saber que no estamos solos en esta lucha y por eso, cada año, celebramos este día glorioso en que finalmente Dios moró en nuestros corazones y en medio de nuestras comunidades. El mundo de hoy sigue anhelando esta unidad. Continúan siendo muchas las causas de nuestras divisiones: varón-mujer, rico-pobre, blanco-negro, joven-viejo, conectado-no conectado, alfabetizado-ignorante y todo lo que implica cada una de estas situaciones y tantas otras, incluso religiosas. Por eso, en este tiempo, rezamos. Rezamos por la unidad y trabajamos por ella confiando en la fuerza del Espíritu. Para los creyentes este llamado es más fuerte todavía porque Jesús, nuestro maestro, rezó primero sabiendo que la unidad iba a ser el mejor testimonio para que el mundo crea. Por eso, la unidad también es para nosotros una cuestión de fe y, por lo tanto, de Vida o muerte. Recemos por ella. Vivámosla.

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