Una vez leí el título de un capítulo de un libro muy bueno que decía “Vivir el momento presente colmándolo de amor”. Esta frase siempre quedó muy grabada en mi cabeza y dándome vueltas. Nunca logré captar bien por qué este recuerdo se había impreso tan fuerte en mi memoria, hasta hace unos pocos días… Rezando me di cuenta de cuánto me distraía en mis oraciones, en mis meditaciones de la palabra de Dios, que me costaba el verdadero silencio. Una catarata de pensamientos me invadían. Muchas sin conexión alguna, pero muchas veces me encontré planificando lo que venía, lo que iba a hacer después de la oración, a la hora siguiente.

Al reflexionar sobre lo que me estaba pasando, me vino un recuerdo del verano mientras escalaba por la montaña. Durante la excursión me volvía una y otra vez el pensamiento: “Ojalá ya estuviese detrás de esta montaña”, “ojalá ya estuviese allá arriba…”. Y así, en el fondo, disfruté muy poco la excursión y la naturaleza, porque nunca estaba allí donde realmente me encontraba. Siempre pensaba cuánto faltaría para llegar a la cumbre y así andaba adelantado en una o dos horas. En mis años de estudio, me pasaba algo parecido: el pensamiento siempre estaba en el semestre siguiente. Durante el fin de semana me pongo a pensar qué haré el próximo fin de semana. Si voy a encontrarme con amigos, el día antes me pongo a pensar de qué hablaremos. Cuando estoy con ellos, en pensamientos ya estoy en lo que haré luego. Después del desayuno ya estoy mentalmente en el almuerzo y mientras almuerzo, en el programa de la tarde. Y en la tarea pastoral puede pasarme lo mismo. Cuando estoy en una reunión de la parroquia, pienso en lo que diré en la homilía de la misa, y durante la misa, pienso en cómo me voy a organizar para solucionar los pendientes del día, y mientras los estoy resolviendo, en si terminaré todo a tiempo para poder ver el capítulo de la serie que me falta… Y así descubrí que vivo casi siempre en el futuro. En un futuro que no existe y que no tengo certeza de que realmente llegará.

Muchas otras veces me encuentro pensando en lo que pasó y que aún no está solucionado. O considerando qué hubiera pasado si algunas cosas hubieran sido diferentes a como ocurrieron. O elucubrando qué le tendría que haber dicho a esa persona mientras conversábamos o discutíamos. O viendo cómo hacer para que algo lindo que pasó vuelva a repetirse porque me lamento de que ya no esté. O culpándome por cosas que hice… Y así, muchas veces, también vivo en el pasado. Un pasado que ya pasó y que no puedo modificar. Que puedo agradecer o tratar de que no vuelva a suceder; o que me ayuda a comprender mi situación, pero que no es lo mismo que lo que estoy viviendo en el momento presente.

Otras veces me descubro triste, enojado, con miedos e inseguridades, ofendido, arrepentido, confundido por cosas que no me están sucediendo, pero que logran nublar mi presente de un modo que no me permite disfrutar de cada cosa que hago. Muchos de nuestros sentimientos no pertenecen al presente, sino que tienen que ver con el pasado o el futuro. Y así se nos va la vida, sin vivir en el presente que es lo único que verdaderamente existe.

La vida real tiene lugar aquí y ahora, y Dios es Dios en el presente.

Por eso sería muy bueno que aprendiéramos a vivir el hoy. El que vive en el mañana no disfruta mucho de la vida, pues el futuro todavía no existe. Así pasamos de largo frente a la vida y siempre estamos en un lugar distinto de aquel en el que realmente estamos. El que se queda allí donde efectivamente se encuentra está con los pies en la tierra. La vida real tiene lugar aquí y ahora, y Dios es Dios en el presente. Dios está siempre en el momento presente, sea ese momento fácil o difícil, gozoso o doloroso. Dios no es alguien que ya fue o que será, sino Aquel que es, y que es para mí en el momento presente. Es por eso que Jesús vino a borrar la carga del pasado y las preocupaciones del futuro. Quiere que descubramos a Dios justo donde estamos, aquí y ahora.

¿Y cómo hacer para estar y vivir en el presente? No es suficiente aplicarse en volver a este momento una y otra vez con el pensamiento. Hay que poner el corazón en este único instante que estás viviendo. Entregase por entero al presente. Donde esté tu corazón, estará tu atención. Si tu interés no está en permanecer en el presente, aunque vuelvas mil veces a él tus esfuerzos serán vanos. Tu atención se dirigirá hacia lo que interiormente te atraiga.

Hay que poner el corazón en este único instante que estás viviendo. Entregase por entero al presente.

En el presente mismo se halla oculta la presencia de Dios y es allí donde se manifiesta. Para vivir en el presente, debemos creer profundamente que lo más importante es el aquí y el ahora. No es fácil permanecer focalizados allí. Nuestra mente es difícil de manejar y nos aparta constantemente del ese momento. La gran herramienta para empezar a vivir el presente es la oración. La oración es el camino del momento presente. Cuando oramos entramos en la presencia de Dios, cuyo nombre es Dios-con-nosotros. Orar es escuchar atentamente a Aquel que se dirige a nosotros aquí y ahora. Cuando nos atrevamos a confiar en que nunca estamos solos, sino que Dios siempre está con nosotros, siempre nos cuida y siempre nos habla, podremos despegarnos gradualmente de las voces que nos hacen sentir culpables por el pasado o ansiosos por el futuro, para permitirnos entonces habitar en el momento presente. Pero este desafío es muy duro, porque la confianza radical en Dios no es algo obvio. Si sólo pudiéramos estar, por unos pocos minutos cada día, completamente donde estamos, descubriríamos verdaderamente que no estamos solos y que Aquel que está con nosotros quiere solamente una cosa: darnos amor.

La oración es el camino del momento presente.

¡Por eso te propongo un nuevo comienzo! Tenemos que aprender a vivir cada día, cada hora, ¡sí!, cada minuto, como un nuevo comienzo, como una oportunidad única de hacer nuevas todas las cosas. Imaginate que pudiéramos vivir cada momento como un momento pleno de vida nueva. Imaginate que pudiéramos vivir cada día como un día lleno de promesas. Imaginate que pudiéramos atravesar el nuevo año oyendo continuamente una voz que nos dijera: “Tengo un regalo para vos, y no puedo esperar para que lo veas”.

El presente es el campo donde está escondido el gran tesoro (Mt. 13, 44). ¡Y eso es lo más importante de todo! Por eso, comprá este campo y vas a ver que no te vas a arrepentir.

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