Cuántas manos silenciosas y escondidas estarán por estos tiempos dedicadas a saciar tanta necesidad de la que somos testigos todos los días a nuestro alrededor. Me quedo sin palabras al enterarme de tantas historias de amor y entrega que hacen presente y posible el amor de Dios en la cotidianidad de la vida de muchas personas que viven realidades muy duras. Manos que se pusieron en acción y sin cansancio dan y hacen que lo que parecía imposible sea una realidad. Manos que hacen pan y mantienen con vida a la vida. Las manos del amor, que son tus manos cuando están puestas al servicio de los demás.

Manos que hacen pan y mantienen con vida a la vida. Las manos del amor, que son tus manos cuando están al servicio de los demás.

Hoy te invito a mirarte las manos, un gesto que parece muy simple y lo es. Sin embargo, creo que nos puede ayudar a vivir un momento de intimidad con Jesús que nos haga pensar en qué medida nos estamos poniendo al servicio de los demás respondiendo concretamente el llamado urgente a poner en acción el amor que hemos recibido. Y no me refiero a grandes movidas, ni grandes proezas, detrás de las que nos solemos excusar para decir “no puedo” o “no encuentro la oportunidad”. Me refiero al “amor posible”, a la “acción concreta”, al “gesto puntual”. Todos, si tenemos el coraje de mirar, vamos a descubrir una realidad que tenemos “a mano”, esa realidad donde un par de manos más haría la diferencia.

Todos, si tenemos el coraje de mirar, vamos a descubrir una realidad que tenemos “a mano”, esa realidad donde un par de manos más haría la diferencia.

En un momento de tanta y tan evidente necesidad: ¿De qué están sirviendo nuestras manos? Cada uno tendrá seguramente algo para responder. Cada uno de nosotros está llamado a ser colaborador en la construcción de Reino de Dios, cada uno de nosotros tiene “algo” para hacer en esta misión de dar a conocer el amor que Dios tiene por cada uno. Si nos predisponemos y abrimos el corazón, Dios -que nos ama infinitamente- sin dudas nos va a sorprender. Sin Él nada, con Él todo.

Es difícil ver la pobreza. A muchos jóvenes les asusta, les preocupa, les da miedo y, hasta incluso, les provoca enojo. Capaz vos te sentís identificado con alguno de ellos. Sin embargo, hoy la invitación es a superar eso que hace que tus manos se encuentren esposadas e inmóviles. Es invitación a ponerlas al servicio de quien necesite, es invitación a sumar más manos a esta cadena silenciosa que mientras reza amasa. Es invitación a ayudar con lo que tengas y puedas sin pensar que es otro el que debería hacerse responsable. El verdadero amor siempre encuentra la manera de hacerse presente y hacerse cargo.

El verdadero amor siempre encuentra la manera de hacerse presente y hacerse cargo.

Manos a la obra, manos al servicio. Manos para el pan que tiene que llegar a todos. Tus manos, las manos de todos los que creemos en la esperanza. Las manos de todos los que sin cansancio siguen sin importar lo que va a pasar mañana. Manos que confían y se entregan a la providencia. Manos sencillas que se brindan sin pedir nada a cambio. Donar nuestras manos. Donarnos. Mirar al hermano que sufre y hacernos partícipes de ese dolor. Hay hambre de pan y hay hambre de amor. Seamos buenos hermanos, no dejemos que la indiferencia nos vuelva ciegos ante el grito de los que nos necesitan. Seamos jóvenes de manos abiertas y dispuestas; no caigamos en la trampa del enojo que nos hace cerrar los puños y quedarnos encerrados en la zona de confort.

¡Señor, aquí tienes nuestras manos!

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