La llama está tenue. Hay cierto cansancio, miedo e incertidumbre. Resuena algo de desesperación para los que se animan a escuchar. La tristeza asoma y la soledad la espera angustiada. La llama está tenue. No pasaría la prueba de una fuerte tormenta o por lo menos eso es lo que cree. La fe tambalea, se hace muchas preguntas. Duda. El amor parece estar a prueba. Nos sentimos pequeños, la impotencia se hace cada día más compañera. Vamos viviendo sobre la marcha, un día a la vez. Colapsaron las seguridades. Adentro nos pasan cosas y está bien porque eso significa que estamos vivos. Paciencia con nosotros mismos y también con los demás, que no se apague la esperanza. Nos necesitamos, encendámonos.

Paciencia con nosotros mismos y también con los demás, que no se apague la esperanza. Nos necesitamos, encendámonos.

Seguramente cada uno de nosotros tiene un amigo, familiar o conocido que está atravesando esta situación particular con hondo desánimo. O quizás nos pase a nosotros mismos. Sea cual fuere la situación, hoy más que nunca cobra sentido la misión de llevar la luz de Jesús a una realidad que parece cada día nublarse más tras las tinieblas del sin sentido. A veces subestimamos el bien que Dios podría hacer a través nuestro en los entornos en los que participamos y a las personas con las que nos relacionamos. Son infinitos y creativos los modos que Dios tiene de manifestarse a través de cada uno si nos dejamos habitar por Él. Recuerdo las palabras del papa Francisco: “El cristiano debería ser una persona luminosa, que lleva la luz, ¡siempre da luz! Una luz que no es suya, pero es el regalo de Dios, es el regalo de Jesús. Y nosotros llevamos esta luz adelante”.[1]

…hoy más que nunca cobra sentido la misión de llevar la luz de Jesús a una realidad que parece cada día nublarse más tras las tinieblas del sin sentido.

La llama está tenue. Estamos en ese momento de la oración en el que por la brisa que entra en la capilla se nos apaga la vela y el hermano que tenemos a lado se inclina y nos las vuelve a encender. A todos nos pasó alguna vez. Ahora, esa misma experiencia llevémosla hacia adentro. Nos necesitamos. Necesitamos cuidarnos los unos a los otros. Necesitamos inclinarnos para encender y que la desesperanza no nos apague ni a vos, ni a mí, ni a nadie. Necesitamos estar atentos, escuchar a quienes quieren desahogar sus pesares, aunque no tengamos palabras, necesitamos mantenernos encendidos, unidos compartiendo la fe que invita a la vida y hace arder el corazón a pesar de todo.

Necesitamos cuidarnos los unos a los otros. Necesitamos inclinarnos para encender y que la desesperanza no nos apague ni a vos, ni a mí, ni a nadie.

No te acostumbres. No te adaptes. No te apagues. Volvamos juntos una y otra vez la mirada hacia Jesús para que nos renueve en el amor, la fe y la esperanza. Mantengamos la llama encendida. Y, si acaso tu llama arde con ímpetu y tu fe se ve fortalecida frente a tal adversidad, no te la guardes. No te guardes la certeza que te ha sido revelada, no te guardes la luz, no la escondas bajo la mesa. Animate a dar testimonio, a iluminar caminos, a traer un poco de claridad a tantos corazones confundidos, atemorizados y agobiados. Seamos apóstoles de la luz.

Que no se apague tu esperanza, que también es la mía.

Amén.


[1] Palabras del Papa Francisco en el Ángelus del domingo 9 de febrero de 2014 en la Plaza San Pedro en Roma.

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