Si nos ponemos a pensar cuál es la pregunta más hecha en la historia de la humanidad, puede que una de las posibles respuestas sea: “¿Por qué?” Es que constantemente buscamos la explicación de las cosas. Queremos saberlo todo. Desde las cuestiones más existenciales: ¿Por qué el mundo? ¿Por qué fuimos creados? ¿Por qué el mal? Hasta las más personales y circunstanciales: ¿Por qué nací donde nací? ¿Por qué justo cuando empezaba a (vos sabrás… 😏) me pasa esto? Y la infaltable: ¿Por qué a mí?

El deseo de saber no está mal. Al contrario, es bueno y nos ayuda a progresar. Pero… ¿qué pasa cuando no encontramos una explicación…? ¿Nos volvemos locos? ¿Nos desesperamos? Alguna vez alguien te habrá dicho (o quizás vos mismo lo decís): “Por algo pasan las cosas” o “Dios sabrá”. ¿Te quedás conforme con esa respuesta? La realidad es que hay cosas que nunca vamos a entender ni a saber 🤷. Hay que aceptarlo (dicen que es el primer paso, ¿no?). Muchas de las situaciones que nos pasan no las vamos a entender nunca [1]. A veces, con el tiempo vamos aproximando una respuesta. Pero… ¿Y mientras tanto?

A Jesús en el Evangelio no lo vemos dar respuestas existenciales en el sentido de sus causas y fundamentos. Jesús simplemente acepta la realidad tal como es, con todo lo que eso implica, y nos enseña a vivir. No dice: “Esta enfermedad se produjo a causa de…”, sino que va y sana. No pregunta: “¿Por qué pecaste?”, sino: “¿Alguien te ha condenado? Yo tampoco te condeno. Vete, no peques más en adelante”. (Jn 8, 10-11). No dice: “Miren, el mal vino en el mundo porque…”, sino: “Amen a sus enemigos, hagan el bien a los que los odian” (Lc 6, 27). No dice: “La causa del sufrimiento humano es…”, sino: “En el mundo tendrán que sufrir; pero tengan valor: yo he vencido al mundo” (Jn 16, 33). No dice: “Si te sentís solo es porque…”, sino: “Yo estaré siempre con ustedes hasta el fin del mundo.” (Mt 28, 20)

Jesús simplemente acepta la realidad tal como es, con todo lo que eso implica, y nos enseña a vivir.

Ante la vida que se nos presenta, Jesús nos enseña a vivirla, a transitarla. Pero claro, hay un temita… Para todo esto nos pide una actitud de nuestra parte: LA CONFIANZA. Y eso… bueno, no es tan fácil, ¿no? Confiar implica dar un salto en nuestra vida hacia lo incierto. Es salir de esa famosa zona de confort donde me siento seguro (nótese que sentirse seguro no es lo mismo que estar seguro). Y confiar propiamente en Jesús es ir hacia Aquel que nos invita a seguirlo sin andar preguntándonos demasiado el porqué, sino enamorándonos de Él y de su estilo de vida. Si te preguntás: “¿Por qué me llama a mí?” Y… lamento decirte que te vas a quedar con las ganas, una vez más, de saber la respuesta: “Llamó a su lado a los que quiso” (Mc 3, 14). Y si hay otro por qué dando vueltas, el del por qué habrías de confiar en Jesús, quizás es bueno que sepas que Él prometió que “desde ahora, en este mundo, recibirá el ciento por uno” (Mc 10, 30). Por eso, confiar en Jesús es dar un salto en nuestra vida hacia lo desconocido pero teniendo una paz y tranquilidad interior inigualable. Porque en ese seguirlo y confiar hay un gustito, hay algo en nuestro interior que nos dice: “Es por acá”. Ojo, no significa no cuestionarse nada. ¡No! Es necesario ir haciéndose preguntas. El tema sucede cuando no entendemos o no descubrimos la respuesta. Ahí nos podemos enroscar. Y ahí es donde Jesús nos dice: “Confiá. No tengas miedo. Seguime.”

Confiar en Jesús es dar un salto en nuestra vida hacia lo desconocido pero teniendo una paz y tranquilidad interior inigualable.

Para equilibrar la balanza, te pongo un ejemplo: Estás en un kayak, un bote o una canoa (elegí el que más te guste 😁). Tenés dos remos o un mismo instrumento con dos puntas (como el caso del kayak). Si solo le das del lado izquierdo, vas a girar en círculos constantemente. Lo mismo pasa si solo vas con el lado derecho. En cambio, si vas remando con uno y con el otro, avanzás. Bueno, un lado del remo es la razón, el otro es la fe. Se necesita de las dos. Un extremo es querer entender todo, como venimos señalando. El otro extremo es simplemente creer. En los dos casos, no vamos a avanzar sino a girar en círculos. A Dios hay que pensarlo y conocerlo, y conociéndolo vamos a poder adherir y seguirlo más, y siguiéndolo, lo vamos a conocer más. Izquierda, derecha… Izquierda, derecha… (Soy zurdo, por eso empecé por la izquierda 🤣).

El Jesús que vamos conociendo nos habla de una vida plena, llena de amor pero exigente a la vez: la del amor que pasa por la cruz. La cruz es un misterio… y el amor también. Hay que animarse a seguirlo y probar esto de vivir el Evangelio que nos propone. Muchos, después de compartir con Él, le decimos junto a Pedro: “Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de Vida eterna” (Jn 6, 68).

¿Y vos? ¡Dale! Como dice la canción: “Animate a volar la aventura de confiar”.

[1] “Si lo entendieras, no sería Dios”, decía San Agustín.

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