Así como nadie empieza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, tampoco nadie elige ser sacerdote por el plan formativo del seminario o por la salida laboral. Para que alguien elija dejarlo todo y seguir a Jesús en este camino, no puede ser de otro modo sino como respuesta a un llamado personal que se da en el encuentro con Él [1].

Los Evangelios muestran cómo Jesús se va acercando a cada apóstol de distintos modos según la realidad en la que se encuentran y los invita a seguirlo. Ellos abandonándolo todo, lo siguieron[2]. Esto también pasa hoy, en pleno siglo XXI, Jesús sigue llamando. Pero… ¿estamos dispuestos a escucharlo?

Es verdad, no es fácil; pero se puede.

En diciembre de 2009, cuando tenía 15 años, fui a misionar por primera vez a un paraje en el monte santiagueño. Acostumbrado a vivir en la ciudad de Buenos Aires, conocer y compartir en esa realidad tan distinta me impactó muchísimo. Fue ahí donde tuve una experiencia de Dios tan fuerte que mi vida empezó a cambiar. Me daba cuenta que ahí era muy feliz; sentía como un fuego de alegría en el alma que me quemaba por dentro sin apagarse y que me llenaba de vida.

Durante la misión, antes de salir a visitar las casas a la mañana, al volver al mediodía, en la misa de la tarde y en la oración de la noche rezábamos todos juntos pidiendo y encomendándole a Dios lo que habíamos hecho. Teníamos el “lujo” de tener una capilla donde podíamos ir a rezar en cualquier momento del día. Fue ahí donde Jesús tocó mi corazón y empecé a descubrir que me estaba llamando a algo, pero no entendía bien a qué. Sólo sabía que estando allá era muy feliz, y cada vez que volvíamos a Buenos Aires empezaba a contar los días para la próxima misión.

Cuando estaba en quinto año del secundario empecé a pensar qué iba a estudiar, pero me daba cuenta de que estaba buscando alguna carrera que no se interpusiera con mis viajes a Santiago del Estero. Fue entonces cuando empecé a pensar que Dios me podía estar llamando a ser sacerdote y yo tenía que decidir qué camino seguir. ¿Y si Dios me está llamando a otra cosa? ¿Y si todo esto es un invento mío? ¿Sacerdote yo? ¿Podré? Y así surgían un montón de preguntas a las cuales debía encontrar una respuesta. Como no es una decisión que se pueda tomar de la noche a la mañana, preferí esperar un tiempo y tratar de escuchar con más atención qué me estaba tratando de decir Dios.

Tenía la certeza de que si Jesús quería que lo siguiera por este camino me lo iba a hacer saber. Mientras tanto empecé a estudiar Agronomía en la UBA y trabajaba de cadete. Sin embargo, el llamado seguía resonando. Rezando y charlando durante unos años con un sacerdote, fui descubriendo que me estaba invitando a seguirlo en esta vida y acepté su llamada. Soy testigo de las maravillas que Dios va haciendo en mi vida. Nunca me dejó solo. Me acompaña y me sostiene en todo momento.

Misionando fue donde descubrí el deseo profundo de entregarme totalmente a Dios, porque veía que dando mi vida es como Dios también se hace presente y transforma la vida de las personas, especialmente de los que más sufren. Además, descubrí el valor de la oración: rezábamos a la mañana antes de salir a visitar a las familias, a la vuelta para dar gracias y rezar por los que habíamos visitado, en la misa de la tarde con la gente y la oración de la noche donde poníamos en sus manos todo el cansancio de nuestro día.

Dios, que no se deja ganar en generosidad, me muestra el camino: cuando me encuentro con mis propios límites y me asusta la desproporción de la tarea frente a mis fuerzas, me encomiendo en la oración y avanzo como profeta pobre pero confiado en que Dios me usa como una humilde herramienta. Y la fe me hace comprender que Él está a mi lado en la tarea. [3]

Y, para terminar, ya que leíste hasta acá, te invito a que te hagas algunas preguntas: ¿Qué quiero para mi vida? ¿Quién quiero ser? ¿Cuál es mi sueño más grande? ¿Qué habrá pensado Dios para mí? ¿Le pregunté alguna vez? ¿Y si me está llamando a la vida religiosa? ¿Y si me está llamando a ser sacerdote? Si te ayuda, te invito a rezar con el pasaje de la Anunciación: Lc 1, 26-38.

Gonzalo Mordeglia


[1] Cf Deus Caritas Est 1

[2] Lc 3, 11

[3] Cf Oración del misionero, Hno. Fermín Gainza.

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