Con un rosario entre sus manos, así aparece Carlo Acutis en una fotografía que dio la vuelta al mundo hace unos días, luego de que se abriera al público su tumba en el santuario del Despojo en Asís. Carlo nos sigue hablando, interpelando e iluminando con su vida el camino hacia la santidad. El rosario en las manos de un joven —en este caso de Carlo— nos demuestra lo indispensable que es la oración y la devoción a María en este peregrinar hacia el cielo. Rezar el rosario no es sólo “cosa de abuelas”, sino también de jóvenes que se toman fuerte de la mano de su madre María para ir hacia Jesús.

Rezar el rosario no es sólo “cosa de abuelas”, sino también de jóvenes que se toman fuerte de la mano de su madre María para ir hacia Jesús.

Creo que el ejemplo de Carlo, quien tenía una profunda amistad con María, nos puede fortalecer y ayudar a tomar plena conciencia de que somos hijos de la madre más tierna de todas, madre que intercede incansablemente por cada uno de nosotros, madre que nos acompaña en el camino y, más aún, en los tramos dolorosos donde la cruz se hace pesada y la fe nos tambalea. María es madre fiel que nos cuida y siempre nos espera.

En un momento tan difícil para toda la humanidad, aparece el signo de una vida joven que va camino a su beatificación de la mano de María. Inmenso fue el amor que Carlo manifestó a la Virgen en su corta vida considerándola su confidente, en sus propias palabras nos compartía: “María es la única mujer de mi vida”. Sin duda, María lo ha acompañado de cerca y Carlo ha disfrutado del gozo, fruto de esa compañía hasta el punto de descubrir lo indispensable que es Ella en la vida de todo ser humano.

En un momento tan difícil para toda la humanidad, aparece el signo de una vida joven que va camino a la beatificación de la mano de María.

Las manos de Carlo nos entregan un rosario. No para guardarlo sino para darle vida con la oración que es la que transforma nuestro corazón y nos hace agradables a los ojos de Dios. Sentir la maternidad incondicional de María a través de esta devoción ha de ser de las gracias más inmensas que nuestro Padre del cielo nos regala al compartirnos a su Madre. Hoy, el testimonio de Carlo nos hace una invitación concreta: aferrarnos a María. “El rosario es la escalera para ascender al cielo”, nos afirma.

Las manos de Carlo nos entregan un rosario. No para guardarlo sino para darle vida con la oración que es la que transforma nuestro corazón y nos hacen agradables a los ojos de Dios.

Quizás, más de uno, al llegar hasta este punto de la lectura, se haya visto un poco triste porque admite que le cuesta el rezo del rosario. No nos desanimemos. A todos nos pasa, incluso a los grandes santos. Hace unos días hablando con mi mamá sobre el rosario, ella me compartía que Santa Teresita en su libro Historia de un alma admitía lo mucho que le costaba esta oración y buscando la cita encontré esta confesión: “Durante mucho tiempo estuve desolada ante esta falta de devoción, que me sorprendía, pues amando tanto a la Santísima Virgen, debiera resultar fácil rezar en su honor oraciones que tanto le agradan. Ahora me desconsuelo menos, pues pienso que la Reina de los cielos, siendo mi madre, ha de ver mi buena voluntad y contentarse con ella”.[1]

Así de amorosa es nuestra Madre. Y como nos los expresa Santa Teresita, nuestra intención en la oración vale mucho a los ojos de María. Pidamos a Carlo que nos ayude a acercarnos cada día más a María a través del rezo del rosario, que podamos junto a ella peregrinar hacia ese cielo, morada del amor para siempre.

Amén.


[1] Teresa de Lisieux, Historia de un alma. Editorial San Pablo, capítulo XI (pág. 312).

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