Cada uno de nosotros tiene una relación única y personal con Dios. Una profunda intimidad donde solemos estar, conversar, rezar, cantar, sonreír, escribir, capaz dibujar, pintar, llorar… Pueden ser todas juntas, algunas o quizás una de ellas. Da igual. Existe una conexión con Dios con mayor o menor intensidad según el caso particular de cada uno, pero existe. En esa conexión aparece un espacio que no siempre sabemos valorar, un espacio para expresarnos. Un espacio de libertad, un lugar donde la confianza plena se vuelve meta posible y hasta podemos experimentar lo que se siente al alcanzarla. Un espacio donde la sinceridad es fortaleza y el silencio es capaz de pronunciar palabras. “La espiritualidad es el descubrimiento de la conexión fundamental que existe entre nosotros y Dios”[1].

En esa conexión aparece un espacio que no siempre sabemos valorar, un espacio para expresarnos.

Muchas veces solemos reducir el estar con Dios o tener una intimidad con Dios a los momentos de oración. De allí la frustración que sentimos cuando no destinamos un tiempo “de calidad” a la oración o “nos come” la vorágine del tiempo en nuestras rutinas personales. Sin embargo, una vida conectada con Dios en todas sus dimensiones se convierte en oración viva y permanente. Experimenta la fidelidad y la belleza que significa el amor penetrando en todo lo que pensamos, hacemos y sentimos. Las tareas terrenales son concebidas capaces de despertar ecos de eternidad que reflejan la trascendencia de este amor que ya prometió acompañarnos para siempre. Entonces, pienso en ese “sí, quiero” que se dicen los esposos en su boda y todo lo que este implica. Me pregunto si acaso nuestra humilde oración de jóvenes que buscamos corresponder nuestra vida con la voluntad de Dios desde lo que hagamos y en el estado en el que estemos podremos convertirla también hoy en un “sí, quiero” a Dios. Y así cada día de nuestras vidas.

Experimenta la fidelidad y la belleza que significa el amor penetrando en todo lo que pensamos, hacemos y sentimos.

En un mundo donde parecen desmoronarse los valores humanos y nuestro camino de fe se suele teñir con cierto desánimo y hasta desesperanza, creo que es importante abrazar la certeza de que Dios permanece fiel. A pesar de las amargas experiencias que podamos haber vivido o que estemos atravesando, estuvimos y estamos siendo amados. Como nos dice Santa Teresa: “Dios no se muda”, aunque muchas veces solamos preguntarle “¿Dónde estás?”. En este punto, cada uno podría hacer la prueba de tratar de hacer memoria de su presencia en los momentos de oscuridad y estoy segura que desde el corazón saldría sólo una palabra: gracias.

Me da la sensación —puede que esté equivocada— de que muy pocas veces tomamos conciencia de la fidelidad de Dios para con cada uno de nosotros. Y más aún, de la infinita bondad y misericordia que Dios nos expresa a través de esa fidelidad. No dejemos pasar este acto de amor, la fidelidad es belleza para contemplar, para disfrutar, para mirar el cielo y dejar que se nos escape una sonrisa.

No dejemos pasar este acto de amor, la fidelidad es belleza para contemplar, para disfrutar, para mirar el cielo y dejar que se nos escape una sonrisa.

Hay una enorme riqueza en esta relación de fidelidad con Dios, un espacio para aprender y crecer en la fidelidad en los vínculos que nos conectan como personas con nuestros amigos, familia, novios/as, esposos/as. Siendo constantes en el amor hacia los demás es la manera en que nuestro testimonio de fe se puede traducir en un “sí, quiero” diario para así poder decir: Señor, quiero que tu vida sea mi vida, quiero que tu camino sea mi camino, quiero que tu verdad sea mi verdad.  

Amén.


[1] Benner D., Entregarse al amor: descubrir el centro de la espiritualidad cristiana. Ed. Sal Terrae, (pág. 17).

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