En la sociedad de hoy es necesario promover la cultura del trabajo, por la cual servimos a Dios en nuestros hermanos y en la que, ofreciéndolo, participamos en la construcción de su Reino. Para ello necesitamos virtudes y valores que nos ayuden a vivir nuestra formación y nuestra profesión de una forma santa.

Enrique Ernesto Shaw supo vivir como empresario esos valores y hoy continúa sorprendiendo a jóvenes y adultos católicos en su camino hacia los altares. Próximos al centenario de su nacimiento, que será en febrero de 2021, desde Iglesia Millennial entrevistamos a María de las Nieves Belic (29 años), quien nos compartió por qué Enrique es ejemplo de santidad para los jóvenes y trabajadores de este siglo.

Miembro de ACDE Joven (Asociación Cristiana de Dirigentes de Empresa) desde el año 2015, Nieves señala: “Acde me dio un montón de cosas y me formó, pero lo que más me interesa es Enrique. Para el centenario de su nacimiento queremos hacer un gran evento, que cada vez más gente lo conozca. Desde la comisión de espiritualidad de Enrique trato de aportar mi granito de arena como joven”.

un empresario casi beato

—¿Cómo conociste a Enrique Shaw?
“En 2013, por una nota en el diario Clarín que se titulaba Un empresario argentino cerca de ser beato. Me quedé sorprendida, primero porque que un empresario pueda ser santo, es wow y más en este país. Y particularmente me toca de cerca porque mi abuelo vino de Eslovenia hace 70 años huyendo de la guerra, durmió en el piso prácticamente y fundó una empresa desde abajo, entonces tengo el ejemplo de mi abuelo como empresario, que además con mi abuela son mi ejemplo de vida de fe. Entonces me imaginé a mi abuelo santo. Un empresario como mi abuelo puede ser santo. Entonces vale la pena esforzarse. Y además, que él sea argentino te da una emoción especial, porque compartió con nosotros lo común de la política y economía argentina, entonces no fue todo color de rosa para su trabajo. Yo también estudié administración de empresas y contabilidad, entonces me siento interpelada por su ejemplo”.

Imitaba a Jesús y veía a Jesús en el otro. Y eso le generaba alegría, paz, cualidades súper especiales.

—¿Cuál es la virtud que más te gusta de Enrique?
“Que imitaba a Jesús y veía a Jesús en el otro todo el tiempo. Pude conocer a un señor que es hijo de un amigo de Enrique y con 7 años lo conoció cuando fueron con su padre a visitarlo en su oficina. Y Enrique, que era gerente de Rigolleau una empresa fabricante de cristales, cuando llegaron tenía todo su escritorio despejado y guardado todo en sus cajones para estar hiperconcentrado en hablar con el que tenía enfrente. Eso me fascinó porque estando tan ocupado, con tantas responsabilidades, que guarde sus apuntes para poner su atención en el otro me hizo pensar que imitaba a Jesús, porque creo que Jesús hubiese hecho lo mismo: estar concentrado en recibir y escuchar al otro.

Otro ejemplo: cuando estaba en una reunión de directorio, le avisaron que había una persona de la calle que él conocía porque lo había ayudado anteriormente. En ese momento, Enrique dejó la reunión de directorio y lo llevó al señor con todas sus pertenencias en su auto a un asilo. Imitaba a Jesús o veía a Jesús en el otro y tenía eso todo el tiempo. Y eso le generaba alegría, paz, cualidades súper especiales que él se esforzaba mucho por tenerlas”.

—¿Cómo era su vida como empresario?
“Todos los días comenzaba el día con la misa de 7. Luego llevaba a sus hijos al colegio, se subía a su motito o a su auto (siempre austero) y viajaba desde microcentro hasta la fábrica en Berazategui. Muchos cuentan también que a veces, antes de entrar a la fábrica, encontraba a niños jugando en la entrada y se tomaba un ratito para llevarlos a dar una vuelta a la fábrica en su moto. Si bien se tomaba el tiempo para ayudar y hacer otras cosas,  aun así era muy eficiente en su trabajo. Trabajaba hasta altas horas de la noche, resolvía problemas de la empresa como así también los que le presentaban de las 3500 personas que trabajaban en la fábrica. Incluso, cuando algún joven estaba por casarse, charlaba con él sobre cómo se sentía y le hablaba sobre métodos naturales de planificación familiar y, para ello, Enrique estudiaba también sobre psicología y estas cosas.

Tenía muchas reuniones y cuando tenía una importante rezaba tres avemarías antes o pedía a su secretaria que lo hiciera. De esta forma unía su apostolado con su día a día y su trabajo.

Rezaba tres avemarías antes de cada reunión: unía su apostolado con su día a día y su trabajo.

También recorría la fábrica y, no solo sabía el nombre de cada trabajador, sino que también  sabía sobre la vida de cada uno. Al principio pensé que era una exageración, pero pude conocer al encargado de la fabrica que conoció a Enrique cuando tenía 18 años y me contó que Enrique realmente conocía a todos: “Todos esperábamos a que viniera Enrique porque él transmitía paz”. Además, contaba que Enrique llevaba una libreta para anotar lo que le contaban y si necesitaban algo, buscaba la forma de reunir la plata o conseguir los elementos que faltaban, incluso ayudaba con plata de su familia para poder pagar una heladera que una familia necesitara. Y no es que les sobrara el dinero, sino que entre toda la familia trataban de vivir más sencillamente para poder ayudar a otros. También, si se rompía una maquina, siempre buscaba la forma de arreglarla o resolver el problema. Cuando hubo crisis, fue pionero en la tercerización del trabajo.

Además de tener la empresa, Enrique participó en muchas organizaciones por lo que tenía muchas actividades. En la Universidad Católica Argentina (UCA) fue el primer tesorero, se reunía con los fundadores y se encargó de conseguir las donaciones para los primeros pupitres. También estuvo en la Acción Católica y en la Juventud Obrera Católica, y en muchas otras organizaciones. Si bien realizaba muchas actividades, cuando llegaban las 19:30, se retiraba de las reuniones, porque a las 20 cenaba con su familia y rezaban juntos el rosario. Y eso no lo cambiaba.

El tiempo en casa también lo aprovechaba para seguir formándose y leía mucho, bailaba el vals con Cecilia, su esposa, llevaba a sus hijos a dormir y, a veces, se reunían con matrimonios amigos”.

—¿Qué virtud destacarías de él como empresario?
“Que se preocupaba por los demás y buscaba siempre soluciones a cada problema. Si había que despedir personal, se encargaba de estudiar todos los estados contables, de evaluar todos los números para que eso no sucediera y hasta un tiempo antes de su muerte, llegó a ir a Estados Unidos para negociar con el accionista mayoritario para que no despidieran a 400 personas de la fábrica, y decía que si llegaban a despedirlos, él presentaría su renuncia. De esta manera, estaba arriesgándose también a él y a su familia, pero siempre confiado en la Divina Providencia que Dios proveería. Se encargaba de todo su trabajo pero también desde todo lo humano”.

—¿Qué te parece que Enrique Shaw puede enseñarles a los jóvenes profesionales que quieren aspirar a la santidad?
“Responsabilidad y jugársela. Hoy en día la movida del home office y de jóvenes emprendedores que no quieren tener un jefe, implica también una enorme responsabilidad de tiempos. Enrique todos los días iba a misa, se encargada de sus hijos, de las 3500 personas que trabajaban en la fábrica, más las personas que ayudaba. Se confesaba, se encargaba que a nadie le faltara nada, jugaba con los niños. Y en todo se ponía sus tiempos, pero no por estar súper ocupado dejaba de ocuparse de los demás. Porque muchos son responsables y hacen su trabajo, pero el ejemplo de Enrique nos indica que el trabajo no lo es todo.

Jugársela es irte de la reunión para ayudar a alguien que está en la calle aunque la gente te mire raro; jugársela es ir a Estados Unidos y defender los puestos de trabajo, entre tantos otros ejemplos. Él lo único que aspiraba en su vida era lograr que su padre se convirtiera al catolicismo. Cuando enfermó, todos le decían que fuera a Lourdes para curarse, y esperaban ese milagro. Enrique no quería ir porque un viaje así implicaba mucho dinero. Finalmente aceptó pero internamente no pidió su curación, sino su conversión. Al volver del viaje y ya cerca de su muerte, tuvo la gracia de ver la conversión de su padre, quien recibió los sacramentos. Jugársela es eso, no querer el bien para mí, sino querer el bien para los demás. Él hacia eso, era responsable y se la jugaba a full”.

jóvenes que buscan santificar el trabajo

—¿Qué tres características debería tener un empresario católico?
“En primer lugar, espiritualidad, porque si no te basás en la oración y no te ponés en la manos de Dios es imposible hacer todo lo que él hacía. El hecho de que supiera el nombre de todos en la fábrica y sus familiares, era el Espíritu Santo. Creo que hoy vivimos tan estresados pensando en el futuro, en el pasado… y creo que Enrique estaba tan concentrado en el presente, tan despejado del pasado y del futuro que no había estrés en esa cabeza. Ese es el Espíritu Santo, tanta espiritualidad y grandeza interior por tanta oración era lo que le daba la fuerza para lograr todo esto y poder ser tan eficiente y resolutivo para ocuparse de los demás.

Un empresario debe tener espiritualidad, humanidad y apostolado

En segundo lugar, humanidad. Una vez el amigo de un amigo de Enrique visitó la fábrica porque deseaba comprar fuentes de vidrio, aunque solo eran 10 fuentes, cuando Rigolleau vendía miles por día. Un gerente normalmente no lo atendería y Enrique lo atendió como si fuese el proveedor más importante: le mostró toda la fábrica, le presentó a la gente y luego muy amablemente le explicó que por el tipo de negocio no les convenía, pero nunca lo despreció.

Por último el apostolado. A los empleados que se estaban por casar les daba una charla; mando a hacer una Virgencita de vidrio para la empresa y le pedía la gente que le rezara un avemaría, y le hablada de Jesús a la gente. Es decir, no ocultaba su fe en el trabajo”.

—¿Qué actividades hacen hoy en ACDE Joven?
“En este momento estamos trabajando mucho en la celebración del centenario del nacimiento de Enrique, que será el 26 de febrero de 2021. Esa semana se harán varios eventos: como él estuvo en varias organizaciones, cada una realizará actividades un día particular, como Acción Católica, la Marina y Acde, entre otras.

Después se realizan muchas actividades que van variando a lo largo de los años pero siempre vas a encontrar lo que necesites: charlas de formación profesional y espiritualidad. Acde no es ni solo profesional, ni solo espiritual. Es un combo que acompaña al empresario como persona y no como la institución laboral donde trabajás. Si hay una charla profesional, podés participar o si hay una charla espiritual y lo necesitás, podés sumarte también”.

—¿Cómo llevas a tu vida lo que vas aprendiendo?
“Dificilísimo. Hago lo posible por hacer las cosas bien y ser lo más responsable posible. Tratando de amar lo que hago y hacerlo con responsabilidad, y a su vez encontrar el tiempo para rezar. Con mi esposo, rezamos juntos el rosario. Trato de no descuidar la oración a pesar de lo agitado del día. Y también, no tener miedo, porque yo trabajo en la empresa familiar que fundó mi abuelo, y a pesar de que pasan las generaciones y atravesamos diferentes crisis, poder confiar ciegamente como hizo Enrique en que Dios también está acompañándonos.

Para mí lo importante es que los jóvenes se pregunten: “¿Qué es lo que Dios les pide hacer en su día a día? ¿Para qué Dios los trajo al mundo?”. Porque pasan momentos en que la vida te sacude, como un accidente, y te volvés a replantear todo lo que sos, para qué estás en el mundo, por qué Dios te dio una segunda oportunidad. Entonces, ¿para qué esperar a que te pase un sacudón en la vida? ¿Por qué antes no podemos ya pensar en esto? Tal vez no serás la persona más millonaria o tengas la mejor estabilidad económica, que tampoco es lo más importante.

“¿Qué es lo que Dios les pide hacer en su día a día? ¿Para qué Dios los trajo al mundo?”

¿Qué estás haciendo por el reino de Dios? Debemos encontrar el sentido sobrenatural del trabajo que hacemos día a día. Enrique fabricaba vidrio, ¿y qué tiene eso de sobrenatural? Pero él lo encontraba. Él escribió el libro Id y dominad la tierra, y allí está escrito sobre cómo tiene que ser un empresario, que las cosas están en función del hombre y no el hombre en función de las cosas.

Tenemos que plantearnos para qué Dios nos creó, porque después habrá tormentas y no importará, porque vos sabrás que estás parado donde tenías que estar y no porque una empresa te da un bono o un aguinaldo. Creo que los jóvenes ya no quieren eso, sino poder santificar lo que hagan. Dominar la tierra con sentido”.

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