La muerte de Maradona en estos días generó todo tipo de sentimientos. Creo que uno de los más generalizados fue el de shock y el de no poder creer que “D10s” hubiera muerto. “No somos nada”, decía un seminarista cada vez que alguien fallecía. Es que la fragilidad de nuestra condición humana se manifiesta de un modo bien concreto en la muerte. A todos nos llega, tarde o temprano. Y nadie puede escapar. Sea un rey, sea la persona más rica del mundo, sea el mejor jugador del mundo, sea el Papa… sea quien sea. Y, ¿entonces? ¿Para qué la vida? ¿En qué la gastamos? ¿En qué ponemos nuestras energías? ¿Para qué hacemos todo lo que hacemos?

Ayer comenzamos el tiempo de Adviento. Tiempo de preparación del corazón para la venida de Jesús. Él quiere nacer, quiere despertar en nosotros, quiere darle sentido a nuestra vida, quiere darle plenitud a nuestra humanidad. Pero, además, el Adviento nos recuerda que este mundo va a pasar. Cristo prometió una Segunda Venida en su gloria para sellar el triunfo definitivo del bien sobre el mal. Pero nadie sabe la hora, sólo el Padre (cf. Mt 24, 36). Por eso, el llamado a estar prevenidos (#DatoNerd: viene de praevenire, pre: ‘antes’, venire: ‘venir’; o sea, estar preparados antes de que venga), a esperar, a estar con nuestras lámparas encendidas. No sea que nos agarre, precisamente, des-pre-venidos…

Cuentan que un día estaba San Martín de Porres, también conocido como fray Escoba, barriendo. Y un hermano se le acerca para preguntarle: “¿Qué harías si nuestro Señor Jesucristo volviera hoy?”. Martín, con mucha serenidad, le respondió: “Seguiría barriendo…”. Precisamente, estaba prevenido, con la lámpara interior bien encendida.

Con todo este trasfondo, me animo a que nos preguntemos con sinceridad: ¿Qué pasa si mañana ya no despierto? No es trágica esta pregunta. Es real. No sabemos hasta cuándo vamos a estar por estos pagos. Pero mientras nos dure esta peregrinación en la tierra, podemos pensar y repensar nuestro modo de vida… ¿Qué pasa si mañana viene Cristo de vuelta? ¿Me queda algo pendiente? ¿Tengo que resolver algún problema con alguien? ¿Estoy en paz conmigo mismo? ¿Vivo con alegría? ¿Me preocupo por los demás? ¿Le dedico tiempo real a la oración? ¿Le escapo a mis problemas? Podemos preguntarnos también el porqué de cada una de estas preguntas y tomarnos un buen tiempo para examinarnos. Podemos también proponernos propósitos concretos, realizables y tomar la firme decisión de cumplirlos. Pero, ¡ojo! No nos olvidemos que solos no podemos. Necesitamos de la gracia de Dios. Para eso, ir barriendo aquellas cosas que ensucian nuestra vida, que impiden a Dios ser en nosotros y, así, que la Navidad sea un verdadero Nacimiento de Jesús en nuestra existencia.

“Para mí la vida es Cristo”, decía el gran apóstol San Pablo (Flp 1, 21). Y tu vida… ¿Qué es? Respondéselo a Él…

Te dejo un poema de José María R. Olaizola, llamado “Balance:

Al final del camino
cosecharemos amor,
sembrado
en desvelos, palabras,
silencios y gestos.
Compartiremos,
en cena festiva
la mesa
en que un día
dejamos unos panes
y unos peces,
y descubriremos
a nuestro lado
a quienes tanto hemos querido.

Contemplaremos
nuestra historia,
como la ve Dios.
Él nos dirá quiénes fuimos.
En su relato,
verdad y misericordia
bailarán entrelazadas,
para mostrarnos
luces y sombras.
Volverá a arder el corazón
como en tantos instantes
en que fuimos suyos.
Quizás duela un poco
el bien que no hicimos.

La Vida, mayúscula,
eterna, e invencible,
acogerá la muerte
en su abrazo.
Al fin habremos llegado.
A casa.

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