Hace unas horas me reencontré con mi familia luego de estar distanciados físicamente más de diez meses. El agradecimiento para con Dios está a flor de piel. Y sí, porque si hay algo de lo que tomé conciencia en este tiempo es que todo es regalo y que esos regalos, que muchas veces nos acostumbramos a recibir, un día pueden tardar un poco más en llegar o inclusive faltarnos. Llegar a casa me hizo redescubrir cómo nos reciben los que nos aman, cómo nos miran, cómo nos cuidan, cómo anhelan nuestra presencia y cómo nuestra visita siempre es buena noticia en la portada de los corazones que nos reciben con amor. El regalo de la vida del otro y de lo que esa vida hace en la nuestra cobra un valor sagrado.

Llegar a casa me hizo pensar en cómo nos reciben los que nos aman

Entonces, frente a lo que vengo sintiendo se me vino al corazón una pregunta para la oración: ¿Cómo recibirías a alguien a quien amás? Estamos en un tiempo de preparación, de espera y también de reflexión sobre qué lugar ocupa Jesús en nuestra vida, cómo lo tratamos, de qué manera nos predisponemos a su venida y qué de especial tiene este tiempo para cada uno de nosotros como jóvenes creyentes. La venida de Jesús es motivo de conversión. En la lectura del segundo domingo de Adviento, la Iglesia nos propuso el texto de la predicación de Juan el Bautista que nos dice: “Una voz grita en el desierto: preparen el camino del Señor, allanen sus senderos” (Mc 1, 3). Suena a advertencia, y la advertencia no es mala, busca llamar nuestra atención, despertarnos a una venida que cambiará la historia de la humanidad. Busca recordarnos lo que es esencial, el nacimiento de Jesús no puede pasar desapercibido para nosotros. En este sentido, me encanta una oración que escuché del papa Francisco por estos días: “Señor, que nuestros corazones distraídos estén vigilantes: haznos sentir el deseo de rezar y la necesidad de amar”[1].

…el nacimiento de Jesús no puede pasar desapercibido para nosotros.

Dios viene y no te lo podés perder. Viene, por vos, por mí, por todos. Viene con amor apasionado que, así como nace, también está dispuesto a morir en una cruz. Viene con todo lo que necesitamos para tener vida en abundancia. Viene con fuerza, a pesar de las circunstancias difíciles que puedan aparecer. Viene, una y otra vez. Viene y nos trae la esperanza. Viene y nos muestra el camino, nos revela la verdad y nos invita a la vida. Viene, aunque no le preparemos un lugar especial. Viene y se queda en tu puerta. Viene, y no somos dignos de su presencia, sin embargo, viene. Viene, se ofrece, pero no se impone.  A vos te toca abrirle la puerta y ser anfitrión del amor.

Viene, se ofrece, pero no se impone.  A vos te toca abrirle la puerta y ser anfitrión del amor.

Ojalá que en este tiempo de Adviento podamos prepararnos sinceramente cada día más para vivir con plenitud la experiencia de la Navidad que se nos avecina. Que seamos sensibles a las necesidades de los que más sufren y que podamos brindarnos con generosidad a todos aquellos que nos necesiten. Que podamos verlo venir en cada hermano que tenemos a lado, en cada vida que se nos presenta en el camino y que nos encuentre dispuestos a amar sin importar las consecuencias. Que Dios nos regale la gracia de celebrar la vida que ya viene, de recibirlo como quien recibe a su amor y de abrazarlo como quien hace mucho tiempo estaba esperando su venida.

Amén.


[1] Palabras del papa Francisco en la misa celebrada en el altar de la cátedra de la basílica de San Pedro, el 29 de noviembre, I Domingo de Adviento.

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