Estamos a punto de celebrar la Navidad. Ya llega el día. Pero no es una Navidad más. En realidad, nunca es una Navidad más. Pero sin duda que este año es más especial porque es la Navidad del año de la pandemia. Y la fiesta que estamos a punto de celebrar condensa muchos de los sentimientos de esperanza que en este año pudimos albergar.

Dios, en su Hijo Jesús, con la ternura de un bebé que necesita de nuestros brazos para acunarlo, es el único capaz de llenarnos como tanto lo deseamos.

Este año tan atípico hemos anhelado como nunca el reencuentro, el reencuentro con la familia, con los seres queridos, con los amigos. Y Navidad es una fiesta de encuentros. No sólo de la familia que se reúne en torno a la mesa navideña, sino del encuentro del hombre con Dios o, mejor dicho, de Dios que sale al encuentro del hombre. Y en esos abrazos, besos y caricias que durante tanto tiempo extrañamos y que hoy tímida o efusivamente nos volvemos a dar, también nos damos cuenta de que los deseamos intensamente para el espíritu, para el corazón. Hay una sed de amor tan grande en nuestro interior, que es tan difícil de saciar y que este año tanto se hizo sentir… y justamente Dios, en su Hijo Jesús, con la ternura de un bebé que necesita de nuestros brazos para acunarlo, es el único capaz de llenarnos como tanto lo deseamos.

Hemos esperado y desesperado. Esperamos miles de cosas: esperamos que pasara la pandemia, que nadie se enfermara y mucho más que nadie muriese. Esperamos que se habilitaran reuniones, deportes, salidas y trabajos. Ahora esperamos la vacuna y junto con ella tantas otras cosas. Esperamos que el ser humano reaccione frente al modo en el que vive y que forje un mundo mejor. Esperamos con esperanza pero también sin ella, por momentos bastantes descreídos o incluso resignados. Pero la Navidad nos sacude y nos renueva con sus amplias promesas de salvación y de tiempos mejores. La realidad de que Dios vino en nuestra ayuda y que se hace presente siendo el Dios con nosotros es algo realmente grande, muy grande. La certeza de que Dios no nos abandonó a nuestras simples fuerzas humanas o, peor aún, a nuestro pecado, nos inyecta una fortaleza que nos hace volver a esperar contra toda esperanza. El nacimiento de Jesús, como todos los nacimientos, nos roba una sonrisa, una mueca de ternura y nos susurra al oído que todo va a estar bien. Porque la vida siempre es signo de esperanza y su nacimiento nos habla de que nunca es tarde, de que siempre es tiempo para volver a nacer.

La realidad de que Dios vino en nuestra ayuda y que se hace presente siendo el Dios con nosotros es algo realmente grande, muy grande.

También hemos tenido miedo, miedo de perderlo todo o de perder mucho. El aislamiento y la falta de actividad hicieron también que se cayeran muchos muros que nos protegían, más que nada, de nosotros mismos. Se nos quitaron muchos ropajes y máscaras que encubrían la realidad. Nuestro activismo desenfrenado ocultaba tantos sentimientos de soledad, de sentirnos no queridos o poco valorados. Nos impedía también poder analizar los tipos de vínculos o relaciones que teníamos con tantas personas y así poder realmente elegir con quien estar y compartir de modo que nos haga bien a todos. Materiales o no, fuimos despojados de gran cantidad de cosas pero, aún así, muchos podemos decir que incluso nos sentimos más libres y felices. Es la sencillez y la pobreza del pesebre y de la vida de Jesús, de María y de José que finalmente vinieron a nuestro encuentro. Qué hermosa es la vida simple y sin tantas vueltas, que puede vivir de lo esencial y apreciarlo y darse cuenta que no se necesita de mucho más. Un burro, un buey, un establo y un poco de pasto son suficientes para acunar al Dios de la Vida. Dejemos que esa sencillez siga hablando y transformando nuestra vida.

Desinstalarnos y reacomodarnos es parte de la vida y llegar a disfrutarlo es un don de Dios.

Otro punto en el que seguramente estemos todos de acuerdo es que nada de esto estaba planeado. Todos vimos caer o postergarse de un día para otro tantos proyectos y sueños que teníamos para el 2020 y aprendimos a conformarnos con lo poco o mucho que nos tocó. Pero lo más sorprendente fue descubrir que el mundo no se acabó ni se terminó por no haber podido concretar tantos deseos. Y hasta de a poco empezamos a descubrir que tal vez nuestros planes no hubieran sido los mejores o que de este modo se dieron cosas que jamás se habrían podido dar. Y esto nos conecta con el hoy, con el presente, que es lo único que tenemos. Desinstalarnos y reacomodarnos es parte de la vida y llegar a disfrutarlo es un don de Dios. No creo que la noticia del censo en el lugar de origen fuera una noticia bien recibida por María y por José con un embarazo tan adelantado, así como tampoco la matanza de los niños que los hizo a huir a Egipto con el recién nacido. El pesebre, lugar del nacimiento, fue lo que pudo ser y no lo que estaba en los planes de María y de José. Sin embargo, cosas maravillosas se dieron en torno a él. Ángeles, magos y pastores pudieron ser testigos de un hecho que les cambió la vida para siempre. Tal vez Navidad nos regale la gracia de transformar nuestra humilde realidad en uno de los acontecimientos más importantes de nuestra vida.

Cuando era chico y le preguntaba a papá cuándo iban a suceder las cosas que quería o que deseaba, él siempre me respondía: el día menos pensado. Este año sin duda fue el año menos pensado. Pero el nacimiento de Jesús tampoco fue como María y José lo habían pensado. Es más, nada sucedió como ellos lo habían soñado. Sin embargo Navidad nos habla de que este año, el menos pensado de todos, puede transformarse en el día menos pensado, ese día glorioso en que algo nuevo sucedió, en que la historia empezó a cambiar porque algo nuevo nació. Y esa certeza, que nos viene de la fe, es capaz de empezar a inundar el corazón de a poquito hasta hacerlo rebosar.

Tal vez Navidad nos regale la gracia de transformar nuestra humilde realidad en uno de los acontecimientos más importantes de nuestra vida.

No sé qué esperarás de la Navidad en este año, pero tené confianza en que, aunque nada haya salido como lo tenías contemplado, a Dios le gusta intervenir en la historia de modo invisible y casi imperceptible, de modo que el bien y el amor sigan siendo la fuerza imparable del mundo en que elegimos vivir. Eso sí, solo necesita de tu SÍ.

¡Feliz Navidad!

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