Alguna vez habrás jugado a eso en donde te presentan una situación hipotética con una consigna a responder. Por ejemplo: “Te vas a una isla desierta y solo podés llevarte 5 cosas… ¿Qué te llevarías?”. Y uno empieza a pensar y entrar en diálogo: “¿En la isla hay comida?” Y, así, va discerniendo qué cosas serían las más importantes para llevar y cuáles no.

Este tiempo cuaresmal, de desierto, trata un poco de lo mismo. Es semejante a pasar un colador para que las cosas esenciales de nuestra vida o, mejor dicho, las vitales queden y las que no, no. O al menos, para que las que realmente no lo son queden en un segundo plano. Porque en la medida en que vamos caminando en la vida, se pueden ir desordenando nuestras prioridades (por más que en nuestra cabeza sepamos qué es lo que nos conviene y qué no). Incluso, nos pueden empezar a molestar algunas de ellas (pensá algún momento en que cargabas una mochila con cosas que no tendrías que haber llevado y simplemente eran un peso más a cargar). Por eso, es necesario y sano tomarse un tiempo para discernir esto en nuestra vida de hoy, además del tiempo que le dedicamos. Quizás haya que reajustar un poco eso…

Cuaresma a cuaresma se nos invita a reforzar la limosna, la oración y al ayuno. Son cosas que en sí mismas nos pueden ayudar a volver al centro. O, como dice el Papa Francisco en su Mensaje para la Cuaresma de este año, “nos permiten encarnar una fe sincera, una esperanza viva y una caridad operante”. ¡Encarnar! Que no queden en la teoría…

Por eso, sea lo que sea que hagamos, hay algo todavía más importante para repensar en este tiempo: ¿De qué manera hago las cosas que hago? ¿Me las saco de encima? ¿O les doy un sentido profundo? Te la hago corta con San Pablo: “Aunque yo hablara todas las lenguas de los hombres y de los ángeles, si no tengo amor, soy como una campana que resuena o un platillo que retiñe. Aunque tuviera el don de la profecía y conociera todos los misterios y toda la ciencia, aunque tuviera toda la fe, una fe capaz de trasladar montañas, si no tengo amor, no soy nada. Aunque repartiera todos mis bienes para alimentar a los pobres y entregara mi cuerpo a las llamas, si no tengo amor, no me sirve para nada” (1 Co 13, 1-3). Nuestras acciones pueden ser las mejores, las más lindas, las más nobles… pero si descuidamos el modo en que las hacemos, pierden el sentido. Podemos pasar horas en Cáritas atendiendo gente, pasar horas ante el sagrario, privarnos de muchas cosas. Peeero… “si no tengo amor, no me sirve para nada”. Santa Teresita llegó a decir: “Recoger un alfiler por amor puede convertir a un alma. ¡Qué gran misterio…! Sólo Jesús puede dar un valor tan grande a nuestras acciones”. Y ahí está la clave: Jesús ve el corazón, nuestra intención, nuestra fe, nuestro amor… Y es Él el que le va a dar el valor que corresponde.

En este desierto de(l) corazón, revisemos entonces qué hacemos y cómo lo hacemos.

“Jesús es suficiente” leí como grafiti en una pared en estas vacaciones por el norte. Similar al “Solo Dios basta” de Santa Teresa. Puede venir bien…

Tentaciones habrá. Caídas, también. Pero es el momento oportuno para reforzar la fe, renovar la esperanza y, sobre todo, darle sentido a todo desde el amor. Como nos invitaba Jesús el primer domingo de cuaresma: “El tiempo se ha cumplido: el Reino de Dios está cerca. Conviértanse y crean en la Buena Noticia” (Mc 1,15).

Un comentario sobre “Desierto de(l) corazón

  1. Muy hermosa reflexión Padre! Y que gran verdad que no todos logramos ver…como esa conexión, que desde nuestro corazón nos permite sentir que Dios esta ahi y que sin Dios no somos nadie.
    Saludos 🙂

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