Existe una certeza que a veces ignoramos o pareciera que nos cuesta tomar plena conciencia de ella porque nos puede dar miedo el compromiso que nos implica abrazarla con todo lo que cada una es: la mujer, cada mujer, tiene un lugar privilegiado en el plan de Dios. Este privilegio nos convoca concretamente, nos manifiesta una vocación y también una misión. El ser mujer es un llamado, un llamado a vivir el amor entrañable, de dar vida y también de aprender a dar la vida. Sin dudas, Dios ha posado su mirada en la mujer y la ha hecho mediadora de la misericordia divina para toda la humanidad. María, mujer, madre de Dios, es en quien Él nos manifiesta su predilección.

El ser mujer es un llamado, un llamado a vivir el amor entrañable, de dar vida y también de aprender a dar la vida.

Me animaría a decir que es urgente, teniendo en cuenta las circunstancias que estamos viviendo, que cada mujer pueda redescubrir y reconfirmar su vocación y su misión porque la mujer representa aquella humanidad que es propia de todos los seres humanos, ya sean hombres o mujeres.[1] Muchas veces nos puede resultar difícil desplegarnos y dar respuesta a esta vocación en un mundo que lastima nuestra dignidad y que pareciera ignorar el hecho de que cuando la mujer no es reconocida o es despreciada, se profundizan las heridas del mundo.[2] Sin embargo, es en este mundo herido en el que Dios nos llama a ser testigos, a estar abiertas al diálogo y a ser promotoras de la paz.

…es en este mundo herido en el que Dios nos llama a ser testigos, a estar abiertas al diálogo y a ser promotoras de la paz.

Si desconocemos o no nos dedicamos a descubrir quiénes somos, tampoco tendremos en claro la misión que nos convoca. En este sentido, es fácil caer en la trampa de buscar afuera el fundamento que llevamos dentro. Quizás sea momento de reconciliarnos con el ser mujer bajo la mirada amante de un Padre que no escatima en dotarnos de dignidad cuando nos elige como “ayuda adecuada” para hacer de la familia humana un hogar donde se acoge y se educa para recibir la vida como viene. Nuestra dignidad de ser mujer encuentra su máxima expresión en reconocernos como hijas de Dios. Y como tales tenemos la misión de peregrinar con esperanza, ser defensoras de la verdad y mujeres fuertes capaces de ponernos al lado de la cruz y de acompañar el sufrimiento. En una sociedad cada día más superficial y materialista donde se pierde la sensibilidad por el hombre, la mujer está llamada a involucrarse con la humanidad. Entonces puede que nos preguntemos: ¿por dónde empezar?

Nuestra dignidad de ser mujer encuentra su máxima expresión en reconocernos como hijas de Dios.

María siempre es y va a ser la MUJER con mayúsculas. Contemplando su historia, su entrega, su disponibilidad, sus pocas palabras y sus muchos gestos de amor descubriremos la riqueza que hay en nuestro corazón de mujer. Detengámonos, por ejemplo, en el pasaje de la visitación (Lc 1, 39-45), en el encuentro con Isabel, María experimenta lo que constantemente necesitan las mujeres: otra mujer con la cual abrirse y confiar su misterio. Las mujeres se dan cuenta de que los encuentros con otras mujeres las fortalecen. [3]

El valor y la fecundidad de ser mujer sólo los vamos a encontrar de cara a Dios, que nos refleja una belleza que nace de la bondad que es fruto de su gracia. La verdadera belleza de cada mujer nace de la pureza de su corazón, de su bondad, de su humanidad. Y esto nos interpela a crecer y a hacer de nuestra vida una ofrenda permanente. Sin embargo, para que la voluntad de Dios se haga en nosotros y el mundo pueda ver las “maravillas de Dios” en cada una, es tarea necesaria asumir con responsabilidad la parte que nos toca, ser guardianas pacíficas del mensaje evangélico tratando de vivir con coherencia la vocación de ser mujer en plenitud.

La verdadera belleza de cada mujer nace de la pureza de su corazón, de su bondad, de su humanidad.

Que el Espíritu Santo nos infunda la fortaleza y humildad que necesitamos para desplegar nuestra vocación y cumplir nuestra misión. Que a través de nuestras obras acariciemos el mundo y aportemos un granito más de humanidad. Que seamos mujeres valientes y sensibles sabiendo que nuestro último fundamento es Cristo. Que seamos instrumento de paz capaces de fundir con el fuego del amor nuestras propias violencias. Que, aunque nos duela el mundo y muchas veces sintamos impotencia ante tantas injusticias, seamos perseverantes colaboradoras en la construcción del Reino.

Mujer, Dios te ama y de su mano estás llamada a transformar el mundo.

Amén.


[1] Juan Pablo II. Carta apostólica “Mulieris Dignitatem” sobre la dignidad y la vocación de la mujer. Editorial Paulinas. 15 de agosto de 1988.

[2] Jo Croissant. La mujer sacerdotal o el sacerdocio del corazón. Editorial Lumen. Pág. 9.

[3] Anselm Grün y Linda Jarosch. La Mujer: Reina Indomable ¡El deseo de toda mujer! Editorial San Pablo. Pág. 103.

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