“¡Queremos ver a Jesús!”, le dijeron unos griegos al apóstol Felipe ya próximos a la fiesta de la Pascua en Jerusalén. Faltaban apenas unos días para que acontecieran todos los sucesos que tuvieron lugar acerca de la pasión y glorificación de Jesús. Esta frase nos conecta directamente con nuestro deseo más profundo. ¿Acaso existe algún cristiano que no anhele profundamente ver a Jesús, encontrarse un día cara a cara con Él? ¿Quién no desea ardientemente ese reencuentro y un gran abrazo suyo? O también cuántas veces sentimos que lo perdemos de vista o que todas las cosas que nos pasan en nuestra vida nos impiden verlo, encontrarlo, tener la certeza de que seguimos sus pasos…

Es increíble cómo el evangelista Juan utiliza este recurso literario para generar expectativas acerca de la revelación de quien es verdaderamente Jesús. Es casi similar a si uno fuera a la mejor sala de cine, se sentara en una gran butaca, se pusiera los lentes 3D frente una pantalla gigantesca con una vaso de gaseosa en una mano y un balde de pochoclos en la otra y estuviera a punto de comenzar la última película de una gran saga, la cual fue esperada durante varios años. Llega el final, se devela el misterio que había quedado oculto. La gente hace apuestas y arriesga hipotéticos finales, pero verdaderamente nadie sabe lo que pasará…

Sin embargo, Jesús nos adelanta una pista con una adivinanza: les aseguro que si el grano de trigo que cae en la tierra no muere, queda solo; pero si muere, da mucho fruto. Creo que es tan fuerte la resistencia a un final no feliz que jamás podríamos imaginarnos que este va a ser la muerte de Jesús. Es verdad, no estamos preparados, nos revelamos frente a la sola idea. Ni siquiera a Él le fue fácil aceptar la voluntad de Dios, al punto que sufrió terriblemente aquella noche orando en el huerto de los Olivos. Pero esa es la llave maestra para descubrir al verdadero Jesús y, así, verlo realmente: aceptar su sufrimiento y su muerte.

“Su pasión es para nosotros el verdadero signo de su amor”.

Si bien sabemos que no es el final de la historia —porque el verdadero final es la resurrección—, la pasión de Jesús es parte de ese final revelador, porque su pasión es para nosotros el verdadero signo de su amor. El dar la vida por sus amigos y, más aún, por sus enemigos es algo que nos tiene que estremecer hasta lo más íntimo. Porque, como dice San Pablo, difícilmente se encuentra alguien que dé su vida por un hombre justo; tal vez alguno sea capaz de morir por un bienhechor, pero la prueba de que Dios nos ama es que Cristo murió por nosotros cuando todavía éramos pecadores (Rm 5, 7-8).

Por eso, la clave para ver a Jesús en esta Semana Santa que se avecina es disponernos a aceptar su sufrimiento y su muerte. Esto representa un gran desafío porque aceptar que Jesús tiene que morir para salvarnos y así resucitar es aceptar también que nosotros debemos morir para ver a Jesús, para que Él se manifieste en nuestra vida. Sí, morir. Morir a tantos deseos, a tanto ideales, a tantas falsas expectativas, a tantas situaciones hipotéticas que tal vez no existan nunca… Solo pasando nosotros mismos por el misterio de la cruz es que veremos la voluntad de Dios y así gozaremos de un Cristo resucitado.

“También nosotros debemos morir para ver a Jesús, para que él se manifieste en nuestra vida”

Como José, que tuvo que tuvo que aceptar no ser el padre biológico de Jesús y solo al dormirse (como si estuviera muriendo) es que puede volver a levantarse (resucitar) a la voluntad de Dios, ser el padre adoptivo y custodio de Jesús en la tierra, ¡inmensa tarea y vocación! Pero, sin duda que estuvo a punto de perdérselo cuando apesadumbrado había resuelto abandonar a María en secreto. Es verdad que se le apareció el ángel en sueños, sin embargo, Dios no nos dejará nunca sin la gracia suficiente para aceptar su voluntad de cargar con la cruz cada día y seguirlo.

Y, tal vez, ese sea el gran milagro, el de la fidelidad de Dios, que nos mantiene en camino con nuestra cruz a cuestas convencidos de que Dios nos ama y acompaña a pesar de todas las pruebas que existen. En esos momentos, descubrimos que solo Dios basta, como decía Santa Teresa de Jesús. Allí Jesús es verdaderamente glorificado, cuando lo seguimos solo porque lo amamos y no tanto por lo que recibimos de él en presente, sino por todo lo que ya recibimos de él durante toda nuestra vida.

Ingenuos nosotros, si pensábamos que el final de la historia iba a ser un happy ending común y corriente, que ver a Jesús iba a ser tan fácil. Sin embargo, el Evangelio nos ayuda a no quedarnos con todo esto, sino a trascenderlo con la luz de la fe y a ver en tan duros sucesos la mano de Dios que nos guía hacia la resurrección. Dios quiera que después de leer esta página del Evangelio tengamos el coraje de seguir leyendo hasta el fin porque, si no, nos perderemos la más bella historia de amor jamás contada.

“Solo Dios basta”

Santa Teresa de Jesús

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