Una de las personas que más quiero en este mundo me contó un día que cuando era chica, una de sus tareas principales era cuidar cabras en los cerros. Ella es de Salta, en el norte argentino, donde abundan las zonas montañosas y unos paisajes sin igual. Me explicó que tenía cientos de cabras y que se pasaba largas horas en silencio, pero mirando siempre por dónde andaban. Muchas veces había que reconocerlas allá a lo lejos, casi como puntos que se confundían con las mismas piedras, pero que solo un ojo entrenado podía identificar. Y allí pasaba largas horas, que también significaban largas horas de no comer nada, de frío, de calor, de soledad, de peligros… pero también de paz, de serenidad, de pensar y reflexionar, de ser uno con la misma naturaleza. Su trabajo no era opcional, sino que era la forma de vivir de su familia. Sin cabras no había leche ni carne, ni cuero ni dinero que ingresara para comprar otros víveres. Sin duda, una tarea que tiene más de sacrificio que de romanticismo. Pero aun así aprendió a cuidar y es lo que mejor hace en su vida. Cuidó de su familia, me cuidó a mí y a toda mi familia y hoy sigue cuidando de sus nietos, pero también de sus plantas y sus animales.

Cuando la Pascua nos presenta a Jesús como el Buen Pastor resucitado, por lo general se nos viene a la cabeza una imagen bastante ingenua. Un Jesús con la oveja en los hombros que es una ternura. La oveja con la patita lastimada y Jesús curándola o algo por el estilo. Sin duda que la parábola del pastor y las cien ovejas se nos entremezcla. Pero en el Evangelio de Juan cuando Jesús dice Yo soy el Buen Pastor, y que el Buen Pastor da su vida por las ovejas, el mensaje cobra otro color y otro contenido. Es Dios mismo que se compara con un hombre de condición social baja que vive una vida sacrificada poniendo todo su vigor y fuerza en pos del bien de su familia. Una imagen de Dios, al menos, poco común para la época.

Es Dios mismo que se compara con un hombre de condición socila baja y que vive una vida sacrificada poniendo todo su vigor y fuerza en pos de su familia.

Pensemos que para el Dios de Israel no existían imágenes ni representaciones. A lo sumo, las alegorías tienen que ver con identificarlo con el rey o el jefe de los ejércitos que combate llevando a su pueblo a la victoria. Otros dioses de la época eran los romanos como Júpiter, Saturno o Neptuno. Todos dioses que luchaban por prevalecer y que poco tenían que ver con los hombres, quienes solo debían evitar su ira para no pasar calamidades. O los dioses griegos que aún quedaban en el folclore de los pueblos y que hablaban más o menos de lo mismo. Sin duda que cuando San Pablo le presenta a los griegos al dios desconocido que es locura para los paganos y escándalo para los judíos, justamente se refiere a este Jesús que hecho hombre se identifica con el más pobre de los seres humanos, pero que es tan fuerte y corajudo como el más fuerte de los gladiadores romanos o el más sabio de los filósofos griegos.

Yo soy Dios, yo te cuido.

Por eso, cuando Jesús dice Yo Soy el Buen Pastor sería bueno detenernos un rato y tratar de considerar lo que nos está queriendo transmitir, porque no es una imagen corriente y mucho menos para los que viven en las grandes ciudades del siglo XXI. Cuando Jesús nos dice en el evangelio Yo soy el Buen Pastor que da su vida por las ovejas nos está diciendo: Yo soy Dios y yo te cuido. No tengas miedo porque yo estoy con vos. De día y de noche, en el peligro y en la enfermedad, cuando la vida transcurre tranquilamente o cuando se pone vertiginosa. Yo estoy y yo te cuido porque soy el Buen Pastor. Te cuido porque sos mío y yo te amo. No soy un trabajador, no me pagan por cuidarte, soy el dueño de las ovejas y por eso te conozco, te conozco por tu nombre, por tu historia y por eso te quiero, porque sos parte de mi vida. Y, porque te quiero, te cuido hasta dar todo lo que tengo, hasta dar la vida.

El Buen Pastor se transforma así en la más bella imagen del sentirse cuidado, protegido en medio del desamparo, en medio de la orfandad. ¡Y Cuántas veces nos sentimos así! Desprotegidos, a la intemperie, sin nadie que se ocupe o cuide de nosotros, sin que le importemos a nadie en este mundo o sin que nadie se dé cuenta de lo que nos pasa. Pero aunque todos nos olviden, Dios nos dice: Yo no te olvidaré, te llevo grabado en la palma de mi mano (Is 49, 15-16). Esta es la gran locura de un Dios que se preocupa por nosotros, que no nos arroja en la existencia para que hagamos lo que podamos, sino que nos guía con amor.

Esta es la gran locura de un Dios que se preocupa por nosotros, que no nos arroja en la existencia para que hagamos lo que podamos, sino que nos guía con amor.

Esta fue la experiencia de la primera comunidad que no se sintió abandonada por su «pastor» aun después de su muerte, sino que hizo la experiencia de sentirse cuidada y acompañada en el Espíritu en medio de sus innumerables dificultades. Jesús mismo les había prometido estar siempre con ellos hasta el fin del mundo. Él, que había encendido sus corazones y los había embarcado en esta loca aventura de contar todo acerca de Él que era dios y que había muerto y de cómo Dios lo había resucitado de entre los muertos; Él, que los lanzó a la misión, no los iba a abandonar.

Es muy estremecedor pensar en un Dios así, sobre todo cuando las imágenes humanas que nos rodean en todos los ámbitos de nuestra vida son, muchas veces, decepcionantes. Sin embargo, es posible creer. Cientos de personas, como esta gran mujer que les conté o como el sacerdote que pegó el cartelito en la puerta de mi habitación durante la pandemia (ver foto de portada), fueron y son capaces de cuidar y querer desde su sencillez y su humildad marcando la vida de tantos a su alrededor y haciendo que se sientan queridos y acompañados. Y esto, a su vez, nos enseña y transmite esta hermosa vocación a la que, en realidad, todos estamos llamados: la del Buen Pastor, la de querer y cuidar al prójimo como Él nos enseñó: hasta dar la vida.

Que Jesús, nuestro Buen Pastor resucitado, nos lleve por esta senda con su bello ejemplo de vida. Amén.

7 comentarios sobre “Me cuidas, te cuido

  1. Hermoso P.Guido, aunque debo admitir que “El dia menos pensado” es una de mis favoritas… 🙂
    Coincido cuando expones que la enseñanza de Jesús Buen Pastor es clara y concisa, haciéndose una dependencia mutua, como una relación de uno y otro. Jesúsr, lo entrega todo por sus hijos, nos defiende, nos da seguridad, nos cuida, nos protege y obviamente nos da la vida; yo en mi caso lo compararía- en menor grado- con aquella persona que estuvo una vez y ahora es un angel, dejándome un legado de como cuidar y guiar a mis cachorros; entendiendo que gracias a las enseñanzas de mi buen Jesús pude comprender que todo lo que nos da es, Fe, Amor y Esperanza, tales asi, que si partimos, con la premisa de seguir siempre sus pasos, jamás estaríamos solos.

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  2. Gracias Padre Guido ,. Hermoso lo que escribió ..y gracias por compartirlo ..Siempre cerca de mí corazón .gracias por ser nuestro Pastor ..Dios lo proteja .

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