Hace 2000 años, un suceso de lo alto cambió el curso de la Iglesia. Cuando los discípulos temerosos y tristes por todo lo que había sucedido con el Maestro en Jerusalén se encerraron para protegerse o se empezaron a ir, algo irrumpió para torcer el rumbo de la Iglesia naciente. Pero no solo aquella vez, sino tantas otras veces en que la Iglesia entró en crisis atentando contra su unidad, el Espíritu de Dios intervino para que todos siguieran adelante. Es que Jesús había rezado y prometido que no los dejaría solos, que no dejaría huérfana a su Iglesia, sino que, por el contrario, estaría siempre, hasta el fin del mundo.

Sigue sucediendo cada vez que un alma en la faz de la tierra dice con fe desde lo más profundo del corazón: ¡Ven Espíritu Santo, ven!

Y así, un Pentecostés tras otro, se sucedió en la historia de la Iglesia y de cada uno de los cristianos de todos los tiempos. Y así sigue sucediendo cada vez que un alma en la faz de la tierra, por más pequeña y humilde que sea, dice con fe desde lo más hondo de su corazón: ¡Ven Espíritu Santo, ven!

Y así sigue sucediendo hoy para aquellos que creen, para aquellos que lo invocan de verdad. Por eso, no tengas miedo de elevar cada día en tu oración esta humilde plegaria de todos los tiempos: ¡Ven Espíritu Santo, ven! Es la clave que abre la puerta de la Vida Nueva. Es la llave que libera la compuerta que refrena desde el cielo el torrente de Vida que necesitás para tu vida. Amor, gozo, paz, paciencia, perseverancia en la adversidad, bondad, mansedumbre, fe, modestia, castidad pueden florecer en tu vida por esta simple oración.

Amor, gozo, paz, paciencia, perseverancia, bondad, mansedumbre, fe, modestia, castidad pueden florecer en tu vida.

¡Qué gracia de Dios saber que contamos con la fuerza del Espíritu en nuestra vida! Por eso, cuando vienen tiempos de dificultad, de miedos, de inseguridades, de no ver claro el camino, de enfermedad, de cansancio, de tristeza, de sentirnos solos o incomprendidos, de peleas… cuando todo parece conspirar contra nuestra propia vida, los seguidores de Jesús cerramos nuestros ojos, respiramos profundamente e invocamos al Espíritu Santo para que el soplo de Jesús acaricie nuestro rostro y nos vuelva a dar la certeza de su presencia que nos fortalece y anima.

Y cuando todo parece salir bien y estar encaminado, que sentimos que nadie nos para, también es tiempo de invocar al Espíritu en acción de gracias, reconociendo que sin Él nada sería lo mismo. Dar gracias y disfrutar de este don de lo alto que fue capaz de transformar nuestra vida, que lo sigue haciendo y que lo hará por siempre. Es bueno saber que no somos nosotros, sino que es Dios en nosotros o, como diría Carlo: “No yo, sino Dios”. El que vive en esta humildad vive realmente de un modo diferente porque vive confiado en Dios sabiendo que todo depende de Él y no de uno. El que es capaz de vivir así encuentra la paz del corazón y le brota la alegría que transforma toda existencia.

No yo, sino Dios.

Beato Carlo Acutis

Por eso, vos que querés dar tu vida por Jesús y seguirlo con todo tu corazón, con toda tu alma y todo tu espíritu. Vos que querés animarte a un camino de santidad, a soñar en grande, a volar alto. Vos que seguís creyendo en la palabra de Jesús, en sus promesas de Vida y vida en abundancia. Vos que no te querés dar por vencido, ni bajar los brazos, que no te resignas a que la historia pierda su curso, ni querés dejar que el pecado corrompa lo que más amás. Vos que querés anunciarle a todos tus seres queridos el amor, la paz y la alegría que inundan tu corazón… para vos, esta oración:

"Ven Espíritu Santo, y envía desde el Cielo un rayo de tu luz. 
Ven Espíritu de Amor sobre nuestros corazones, 
ven sobre nuestra Iglesia y realiza los milagros que hiciste el día de Pentecostés. 
Ven Espíritu de Unidad y regalanos el gran don ser comunidad! 
Ven Espíritu de Fuego a purificar nuestras mentes y nuestro corazón 
para entregarnos sin reservas al Amor".

¡Feliz fiesta de Pentecostés!

2 comentarios sobre “No yo, sino Dios

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