¿Alguna vez hiciste algún fueguito? Si es así, pensá en qué contexto lo hiciste: si tenías todo el material para hacerlo, si agarraste lo que tenías a mano, si tuviste que rebuscártelas para armarlo… Y si nunca hiciste uno, bueno… ¡alguna vez probá, que tiene un encanto particular! Sea como sea, esta imagen nos puede venir bien para reflexionar sobre algunas cosas…

Hay maderas que exteriormente parecen que “van como piña”, pero que no terminan nunca de encender del todo. Al contrario de, precisamente, la piña —¿vendrá de ahí la frase?— que agarra al toque, aunque dura solo unos minutos. Hay otras maderas que prenden rápido y duran un buen tiempo, otras que tardan un poco en encender pero que también duran… A veces no tenemos madera y usamos otras cosas: papeles de distinto tipo, cartones, “cositas” que vamos encontrando por ahí y que las mandamos al fuego. Y si vemos que la cosa no marcha, tenemos el comodín del kerosén que adelanta los tiempos y que ayuda a que el fuego prenda.

En nuestra vida pasa algo similar: queremos que haya fuego en el corazón, queremos estar alegres, ayudar a los demás, vivir en paz. Pero eso no nos pasa siempre. A veces solo quedan brasas y pareciera que nos quedamos sin nada para reanimar ese fuego. ¿Qué hacemos entonces? ¿Dónde buscamos esa leña?

“Dios dispone de todas las cosas para el bien de los que lo aman”.

Rm 8,28

Dios está presente en nuestra vida. Dios permite que nos sucedan cosas, circunstancias de todo tipo, incluidas las desgracias, accidentes, males… Y si bien siempre va a haber algo de misterio en esto, como dice San Pablo, “Dios dispone de todas las cosas para el bien de los que lo aman” (Rm 8,28). Sí, dispone de todas las cosas para nuestro bien. Tomando el ejemplo del fuego, Dios puede hacer fuego de toda leña. Incluso de nuestros límites, de nuestras caídas, de las de los demás… ¡de todo! Pero hay una condición para que esa leña prenda (al menos por un rato): que se la entreguemos. Él no va a hacer el fuego por su cuenta. Quiere nuestra colaboración. Por eso, la condición es aceptar todo lo que nos sucede y confiar en Él. No es fácil, es verdad. Pero hay que intentarlo. Aceptar la realidad tal como es requiere cierta cuota de humildad, de reconocer que las cosas no son o no nos salen siempre como quisiéramos. Y confiar en Él requiere otra cuota de humildad porque significa dar un paso al vacío, dejar de pisar tierra firme para arrojarse en los brazos de Dios.

Dios es como un GPS: tiene un plan, un camino. Si no lo seguimos, va a recalcular y presentarnos uno nuevo. Y así sucesivamente…

“Pero el tren ya se me pasó, perdí una oportunidad que no se me va a volver a presentar”. Bueno, tenés razón. ¡PERO…! Dios es como un GPS: tiene un plan, un camino. Si no lo seguimos, va a recalcular y presentarnos uno nuevo. Y así sucesivamente… Ese es nuestro Dios, que no nos dice que todo está perdido, que nos invita una y otra vez a confiar en que Él hace nuevas todas las cosas (cf. Ap 21,5); en que Él puede mantener el fuego encendido si no nos quedamos atrapados en el pasado viendo solo brasas y, en cambio, vivimos el presente como una nueva oportunidad, aprendiendo de lo anterior y poniendo el futuro en sus manos, confiando en su providencia, que siempre nos sorprende, que siempre tiene una novedad para nosotros y que quiere realmente nuestro bien. Además, nos recuerda que siempre hay buena leña al alcance nuestro: la oración, el perdón, el ser agradecidos, el ser desprendidos… ¡Y hasta quizás nos sirvan como el kerosén!

A cambio, solo nos pide fe. ¿Nos animamos realmente a hacer fuego de toda leña?

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