Cada tanto se me viene la tentación de querer ponerle un rostro concreto a Dios tratando de descubrir cómo son sus rasgos, su color de piel, cómo está peinado, si tiene barba o no. Intento ponerle una imagen con la idea de que puede resultar mucho más fácil entablar un vínculo con Él conociendo un rostro físico. En fin, es solo una tentación.

Las estampitas de la Trinidad muchas veces nos ofrecen a un hombre mayor, con pelo blanco y barba larga. La iconografía no resuelve diferencias cuando pincela a las tres personas divinas. Las Escrituras nos cuentan que Moisés fue quien pudo vislumbrar una pequeña parte de su rostro e inmediatamente se cubrió el suyo propio por estar ante tanta luz que le fue imposible soportar verle por completo.

Un rostro para el amor

Voy llegando a una pobre conclusión: que a Dios cada uno le puede esbozar el rostro que quiera, porque ni de este modo agotaríamos tanta luz radiante, tanta hermosura junta. Pero seamos sinceros, ¿quién no se preguntó cómo sería su cara? Dan ganas de conocerle porque somos humanos y muchos queremos poner un rostro al amor.

En el Jordán, en el Tabor junto a las tres carpas, en Getsemaní, en el monte Calvario dando un último suspiro, Jesús alza su mirada al cielo para clamar la presencia del Padre. Es tan Hijo de Dios que no duda ni un segundo en pedir el auxilio de lo alto. La serenidad cobra presencia cuando se siente mirado y escuchado por su papá.

«¿De qué manera podemos rezar?», preguntaron los discípulos y el Maestro respondió «digan confiadamente: Padre nuestro que estas en el cielo…»  ¡Qué oración tan propia para Dios! Llamarlo Padre nuestro, tuyo y mío. Somos hermanos en Dios. Somos hijos en el Hijo. Es todo don, es todo regalo. 

Padre nuestro, tuyo y mío

¿Y si juntos concretamos un rostro para el Padre nuestro? Con vela encendida y una buena playlist, frente a un altar personal o delante del sagrario. Con biblia en mano o con una lectura espiritual, intentemos comenzar nuestra oración invocando la presencia del Padre bueno.

Y allí mismo, en esta intimidad concreta, que comience la gracia a salpicar colores, líneas, pinceladas, un sin fin de instantes hasta que tengamos que cubrir nuestra cara, como lo tuvo que hacer Moisés, para estar frente a quien nos ama con un amor eterno. ¿Quién puede imaginarse al Padre de la misericordia negarse ante el pedido de sus hijos?

Con el rostro en tierra somos invitados a gozar de la paternidad de Dios. Una paternidad que nos da fuerza y valor. Una que nos pone de pie frente a las dificultades de la vida y nos sostiene en la firmeza de su amor. Un amor que no se mezquina, sino uno que se da por entero, hasta el sudor de sus propias manos intentando sostenernos ante cada caída o escape. Aun así, amando Dios está. Esperando ser correspondido por sus propios hijos, vos y yo.

La paternidad de Dios da fuerza y valor

Esta oración es muy pequeña, pero tan trascendente y única que no podemos quedarnos como simples espectadores. Hay que ir corriendo al encuentro con Dios. Dejar todo de lado y buscar la oportunidad para estar cara a cara con Él. Que brote con fuerza su presencia desde lo mas profundo de nuestras entrañas, tomándonos por dentro en un abrazo perpetuo, con la certeza de sabernos alcanzados por sus brazos, sostenidos en su amor paterno. Tan profundo como el abrazo de un padre.

Padre nuestro que estás en el cielo, santificado sea tu nombre, venga a nosotros tu Reino, hágase tu voluntad, en la tierra como en el cielo. Danos hoy nuestro pan de cada día. Perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden. No nos dejes caer en la tentación y líbranos del mal.

Amén.

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