Uno de nuestros principales deseos en nuestra vida es estar en paz. Estar tranquilos. Sin problemas. Pero resulta que la realidad muchas veces nos encuentra aturdidos, con muchas cosas en la cabeza (y en el corazón) y se nos hace imposible encontrar la paz. Pensamos que para hallarla primero hay que resolver los problemas y recién ahí vamos a poder encontrar la calma. Pero… ¿es realmente ese el modo?

Supongamos que estamos en la playa, en la orilla. Para ver qué hay en el fondo, el agua no puede estar revuelta si no, se nos hace imposible darnos cuenta qué hay, no logramos ni siquiera ver bien nuestros pies. Cuando se aquieta, ahí sí logramos ver bien nuestros pies e identificar si hay algún otro objeto… Así de calmo debería estar nuestro corazón. No se trata de resolver los problemas en primer lugar para estar en paz, sino al revés: hay que buscar la paz para recién poder llegar a resolver el problema. Sí, porque si no tenemos esa paz en el corazón, vemos confusamente, no distinguimos qué es lo que hay de fondo, vemos la realidad distorsionada. Si, en cambio, tenemos paz en el corazón, vemos la realidad como es. O al menos, mucho más semejante a lo que es (es que nos cuesta mucho aceptar la realidad tal cual es…).

Les cuento una experiencia personal: en el seminario, un día estaba intranquilo, con el corazón turbado, como agobiado. Decidí tomarme un buen tiempo y rezar en mi cuarto. Saqué una birome y comencé a escribir. Me pintó más bien componer una canción. Esa fue mi oración. Salió de una (letra y melodía). Se las comparto acá:

“Tan solo soy lo que soy ante Dios”

Si no tengo paz,
si no tengo amor…
Hay algo claro,
no viene de Dios.

Mejor parar,
ponerme a rezar…
¿Qué es lo que pasa?
¿Por qué estoy mal?

No señalar,
tampoco juzgar.
Yo también hago
las cosas mal.

Reconocer
lo que no hice bien.
Saberme débil,
querer volver…

Tan solo soy lo que soy….
Tan solo soy lo que soy… ante Dios.

Él está ahí,
no me va a juzgar.
Mi corazón en Él
desahogar.

Desarmarme,
humillarme.
Soy solo barro:
moldeame.

Mirarme a mí,
mirarlo a Él.
En Él encuentro
mi más profundo ser.

No quiero aplausos,
te quiero a Vos.
No necesito
más que tu amor.

Tan solo soy lo que soy….
Tan solo soy lo que soy… ante Dios.

Ese día terminé la oración con mucha paz. Soy lo que soy… ante Dios. Él es quien me conoce de verdad. Más que yo mismo. A Él no le puedo ocultar nada. Se caen las caretas…

Si me muestro así, con humildad, como soy, aceptándome, aceptando lo que siento, aceptando lo que hice, aceptando todo, ahí, entonces, recién ahí, vamos a encontrar la paz. “La humildad es andar en verdad”, decía Santa Teresa. Siendo humildes, mostramos nuestra verdad; y Dios, entonces, puede regalarnos su gracia. Le dejamos el lugar para que lo haga. Y, así, con Dios a nuestro lado, nuestros problemas, lo que nos puede estar inquietando, se van a ir transitando de otra manera. Quizás no se resuelvan porque depende de muchos factores. Pero sí lo vamos a encarar de una manera distinta. Con paciencia, con serenidad, en paz…

La paz es uno de los frutos del Espíritu Santo. Te invito a que lo invoques siempre y en todo lugar. Te invito a que sigas, entonces, el consejo del salmista: “Buscá la paz y seguí tras ella” (Sal 34, 15).

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