Hace un tiempo atrás mientras viajaba en subte vi a una mujer que pasaba entre los pasajeros pidiendo dinero y tenía sujetada de su mano a una niña de aproximadamente siete años. Me llamó la atención cómo la mujer al pasar miraba hacia abajo y nos hablaba a los pasajeros en voz alta, en tono imperativo. La niña, por el contrario, buscaba mirarnos a los ojos. A algunos hasta les sonreía o saludaba con sus manos. La madre no estaba conectada con lo que hacía la niña pues, con su paso rápido por el pasillo, no lograba ver la estela de miradas que iba dejando su compañera.

No sé su nombre, ni su edad, ni si va a la escuela o qué situación vive en su casa, pero percibí tan profunda su mirada que llevo esa foto en mi corazón. Ese gesto, simple, de una niña me hizo pensar en la importancia de la mirada y en todo lo que ella nos puede generar. Detrás de cada mirada hay una historia, una historia sagrada, única. Sin embargo, en la vorágine del día a día —en la que muchas veces caemos—, lo sagrado se va desdibujando y nos perdemos de la humanidad que nos despierta el coincidir con otros. El gran peligro de dejarnos de mirar es perdernos del encuentro y la comunicación.

El gran peligro de dejarnos de mirar es perdernos del encuentro y la comunicación.

Pero hay miradas y miradas, miradas que dignifican, miradas que cosifican, miradas que ofenden, miradas que aman, miradas tristes, miradas que sonríen… Cómo miramos habla mucho de cómo somos, de quiénes somos. Los ojos hablan de lo que llevamos dentro. Hablan de luchas, de sueños, de certezas, de experiencias, de miedos. Por eso hoy, la invitación es a detenernos en oración y mirar a los ojos primero a Jesús para que nos enseñe a humanizar cada día más nuestra propia mirada. Para que derrita nuestra indiferencia, nuestro apuro y nos cure de la ceguera que traemos frente a tantas realidades dolorosas que a veces cuestan mirar.

Cómo miramos habla mucho de cómo somos, de quiénes somos.

Solo mirando a Jesús, contemplando su vida, su modo de mirar a los demás podemos ir limpiando y aprendiendo a mirar con ternura, despacio. En un tiempo como el que estamos viviendo donde el zapping que ensucia el corazón —y, por lo tanto, la mirada— está a la orden del día, es muy necesario estar cerca de quien es el único que nos dignifica realmente con su mirada amorosa y nos envía a ser portadores de miradas de esperanza para los demás. Estamos viviendo un tiempo donde creo que tenemos que sensibilizar nuestra mirada, parar, tomar conciencia de que vamos juntos con otros, que la vida no es una carrera, sino más bien un sendero de peregrinos que son hermanos, que son familia, que paso a paso se esperan, se ayudan, se miran, se reconocen y se aman.

Estamos viviendo un tiempo donde creo que tenemos que sensibilizar nuestra mirada.

Seguramente vos también tenés fotos de miradas en tu corazón, miradas buenas que te movieron algo adentro, que te sanaron, que te hicieron parar. Quizás también miradas que te dejaron heridas. Pongamos a los pies de Jesús hoy todas las miradas que nos vengan al corazón para que en su infinita misericordia nos dé ojos nuevos capaces de verlo en todo y en todos.

Amén.

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