Nos suele suceder que hay muchos “días de la Virgen” y que nos saludamos frecuentemente para ellos. Pero entre todos estos días hay dos que son como más importantes, más conocidos por todos. Uno es el 8 de diciembre, en el que conmemoramos el día de la concepción de María, es decir, su comenzar a existir, su pasar de estar como un hermoso sueño en la mente y el corazón de Dios para empezar a ser esa mujer real que cuando fue grande concibió y dio a luz al Hijo de Dios. Ese comenzar a gestarse en el seno de Ana fue sin pecado, un regalo que le fue dado por la misión que había sido pensada por su creador. Nos alegramos con ella y nos invita a pensar cómo hubiera sido nuestra existencia sin pecado: ¡tan pero tan unida a Dios!

El otro gran “día de la Virgen” es el 15 de agosto, en el cual meditamos sobre el otro extremo de la vida terrenal de María: su Pascua, su paso de la tierra al Cielo. Cómo no alegrarnos con ella por el mayor regalo que un ser humano puede recibir: ¡la vida eterna! Hay una fiesta muy pegadita a esta otra, que es el 22 de agosto, el día de María Reina. Para nuestra madre del cielo, lo mejor que podamos imaginar acá en la tierra, se lo damos para siempre: ser nuestra Reina, al lado de nuestro Rey, Jesucristo. Aun así, siempre me gusta más decir, como decía Santa Teresita, que tiene más de Madre que de Reina, y es verdad, porque el poder y la gloria terrenal no son fruto del evangelio, aunque sí expresión de nuestros mejores deseos.

Celebrar la esperanza de que esa misma salvación puede y debe realizarse en nosotros.

Ambas fiestas, la Inmaculada Concepción y la Asunción al Cielo en cuerpo y alma, nos recuerdan que la salvación que nos trae Jesús es para cada ser humano, que puede ser real en nuestra vidas. Celebrar en María la salvación ya hecha realidad es celebrar la esperanza de que esa misma salvación puede y debe realizarse en nosotros. La resurrección de Jesús no es una recompensa del Padre sólo para él por la grandeza de haber dado su vida por amor, sino que es el principio de una historia de resurrección que debe realizarse en cada ser humano. Cristo resucitó él primero de todos y luego aquellos que estén unidos a él (1 Co 15, 23), por eso si hemos muerto con él creemos que también resucitaremos con él (Rm 6, 8).

Es saber que podemos empezar a vivir la conversión ya, desde acá, en la tierra.

Por eso, contemplar a María en el Cielo, es soñarnos con ella junto a Dios, es creer que el Cielo es real y que estamos llamados a Él, que ya tenemos la entrada y que solamente no debemos perderla; que finalmente habitaremos un lugar y un tiempo eterno sin pecado, donde las heridas y el dolor pasarán, donde seremos tal cual fuimos soñados por Dios. Celebrar la salvación en María es saber que podemos empezar a vivir la conversión ya, desde acá, en la tierra, que no estamos condenados a lo que nos ata, al pasado o al presente que no queremos; que ya desde acá la realidad puede transformarse, dar un giro de 180 grados y que está en nosotros creer y vivir así, luchando cada día para dejar que el Espíritu obre en todo lo que nos rodea y a través nuestro.

Es bueno meditar también que esta salvación no fue lograda por María misma, sino que le fue dada gratuitamente por el Padre. María no se esforzó por vivir cada día sin pecar, sino que le fue dada la gracia de vivir así. María no subió la ruda escalera de la perfección para “llegar al Cielo”, sino que fue llevada por los ángeles a morar con su Jesús. De hecho, las mismas expresiones “fue concebida” o “fue asunta” están dichas en voz pasiva. Ella no fue la autora de su salvación, sino la humilde receptora del amor de Dios. María no fue salvada por decir que sí al ángel, por ser una madre extraordinaria o por compasión ante el sufrimiento que experimentó con la cruz de su hijo, sino que todo le fue regalado por puro amor de Dios. Y así también nos sucede a nosotros, Dios quiere regalarnos otras gracias diferentes que también tenemos que aprender a recibir con humildad. Solo Dios puede regalarnos dejar de pecar, solo Dios puede regalarnos la vida nueva de los hijos de Dios ya desde acá en la tierra y para siempre en el Cielo.

Ella no fue la autora de su salvación sino la humilde receptora del amor de Dios.

Esta realidad es bella y hermosa, ¡y es para nosotros también! Por eso es bueno permanecer cerquita de María para aprender a recibir los regalos de Dios. No es tan fácil aceptar que solo la humildad y la pequeñez pueden transformar nuestra vidas y el mundo entero. Menos aún cuando uno es joven y siente que tiene la energía suficiente para transformar el mundo o cuando la cultura exitista en que nos movemos y existimos propone conquistar los propios logros a costa de todo. Muchas veces, aprender a decir “hágase en mí” nos cuesta muchas lagrimas, muchas caídas y muchos fracasos… Pero, sin duda, que es en la cruz donde todo renace y resucita.

Animate a caminar muy cerca de María, muy aferrado de su mano, regalale cada día alma, vida y corazón. Rezá con ella el rosario contemplando la vida de Jesús y lo que está guardado en tu corazón. Sin duda, ella es la puerta del Cielo, la estrella que cada mañana nos hablará de esperanza, de renacer, de vivir como hijos amados de Dios.

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