Escuchar no siempre exige de quien escucha una respuesta en forma de palabras. Es más, muy por el contrario, a veces nos invita a la humildad de animarnos a compartir el silencio que aparece cuando se dejan de pronunciar palabras. Hay un modo auténtico y profundo de escuchar; ese modo nos implica, nos hace estar ahí, ser presencia, estar con todo lo que somos, no solo con los oídos, sino también con el corazón. Esta puede ser la escucha que nos cuesta, de la que aún queda camino por aprender. La escucha que nos mueve a la entrega, a la donación, al servicio del otro y de la vida que nos quiere compartir.

Escuchar no siempre exige de quien escucha una respuesta en forma de palabras.

Escuchar sin juzgar. Escuchar sin ponernos en el lugar de superhéroes con consejos y recetas para todo y todos. A veces se nos pide, simplemente, escuchar. Escuchar para aprender a amar. Escuchar para conectar desde lo más profundo que tenemos, nuestra humanidad. Y, así, escuchando, ser partícipes de la certeza más hermosa: no estamos solos. Al fin y al cabo, develamos que nuestras alegrías, nuestras preocupaciones, nuestros miedos, nuestras ansiedades, son también experimentados por otros. En la escucha, el corazón se refleja en una humanidad compartida.

En la escucha, el corazón se refleja en una humanidad compartida.

Entonces, la escucha es maestra de caminos, nos enseña a ponernos a la par. A sintonizar con el ritmo del otro, a acompañar, a caminar a paso lento, a pasear, a detenernos si fuera necesario. Pensá en cuántas personas te han escuchado en lo que llevas recorrido del camino de la vida —te invito a que las escribas en un papel para ponerlas en oración— y cuán providencial ha sido su presencia. Todos necesitamos ser escuchados. Necesitamos contarnos, estamos hechos de historias.

Necesitamos contarnos, estamos hechos de historias.

Sin embargo, pareciera contradictorio valorar la escucha en una realidad ruidosa como en la que vivimos. Pareciera que el tiempo para la escucha se convierte, cada día más, en un gran desafío. Puede ser que nuestra cabeza y nuestro corazón estén distraídos cuando exteriormente decimos que escuchamos. Puede que nos tiente creer que en toda escucha la respuesta solo tiene forma de palabra, puede que el miedo nos impida vivir experiencias de escucha profunda.

Quien ha vivido la experiencia de haber sido escuchado por Dios se ha sentido amado. Ese Padre que se inclinó con misericordia a escuchar al hijo pródigo también hoy lo hace con cada uno de nosotros con un amor infinito, inmensurable. Y es así como nos enseña la belleza que hay en un corazón predispuesto a la escucha de los demás.

Pidamos al Espíritu Santo que nos ayude a ser escucha consoladora, peregrinos de paso lento y amoroso, de mirada amable y silencio que sabe ser caricia sin necesidad de volverse palabra.

Quisiera que se apaguen
todas las luces de colores
que me obnubilan
para que en la oscuridad pueda escucharte.

Quisiera que se apaguen
todos los ruidos
que me aturden
para que en el silencio pueda escucharte.

Quisiera que se apaguen
todos los miedos,
de fuera y de dentro,
para que con coraje pueda escucharte.

Sin embargo, mi Señor,
descubro que no hace falta
ni la oscuridad,
ni el silencio
ni el coraje
para que me escuches.

Porque eres presencia humilde
en cada circunstancia de nuestra vida.
Porque siendo Dios te hiciste hombre
para caminar a la par y poder escucharnos.

Amén

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