Hace unas semanas, celebraba misa con un 4to año del secundario. El tema que se rezaba era la libertad. A la pregunta: “¿Qué es ser libre? ¿Cuándo soy libre?”, la respuesta —casi unánime— fue: “Cuando hago lo que quiero o siento”. Esto no lo piensa solamente un adolescente de 16 años, sino gran parte de nuestra sociedad. Les planteé la siguiente escena para ver si había respuesta alguna: estoy en el aula y recibo en mi ojo un objeto contundente. ¿Qué tengo ganas de hacer en ese momento? ¿Qué siento? Obviamente, lo que querría es revolear ese objeto o incluso algo más grande todavía. Entonces, ¿fui libre? Hubo silencio. Es que hay una cuestión más de fondo…

Nuestros sentimientos no siempre son los mejores. Por eso, es necesario un cierto dominio de sí mismo. El ojo por ojo lo puedo elegir pero, en el fondo, sé que no es lo mejor. De todas maneras, la realidad es que ni siquiera elegimos ese ojo por ojo porque es él el que nos termina dominando a nosotros: “Les aseguro que todo el que peca es esclavo del pecado” (Jn 8,34), nos dice Jesús.

Pero, un momento ✋: para querer dominarme, al menos un poco, hace falta todavía algo previo: la aceptación. ¿De qué? De todo. Aceptar los sentimientos que me surgen, que no son los mejores ni que los domino… aceptar que soy pecador, aceptar que soy de esta manera aunque me gustaría ser de otra, aceptar las circunstancias, ¡aceptar la realidad tal como es!

Hay un muchacho, Jacques Philippe, que escribió un libro llamado “La libertad interior” (te lo recomiendo mucho), en donde llega a afirmar lo siguiente: “No podemos ser verdaderamente libres si no aceptamos no serlo siempre”. Leela de vuelta. O sea, tenemos que, incluso, aceptar que no siempre somos libres. Aceptar todo. De esta manera, vamos a ir entendiendo que “la libertad no es solamente elegir, sino aceptar lo que no hemos elegido”. ¡Chan! Se produce un vuelco muy grande. Porque ahora entra en juego una nueva actitud de nuestra parte: la confianza. “El acto más elevado y fecundo de la libertad humana reside antes en la aceptación que en el dominio. El hombre manifiesta la grandeza de su libertad cuando transforma la realidad, pero más aún cuando acoge confiadamente la realidad que le viene dada día tras día”. Recibir y con confianza. ¿Confianza en quién? En Dios, ¡claro! Porque si creo en Él, si creo que la vida es un don suyo, ya no voy a querer dominarla totalmente, o sea, hacer lo que yo quiera, sino lo que Él quiera, lo que tenga pensado para mí. Voy a querer elegir siempre el bien, en el fondo. Y esa es la plena libertad. Elegir lo bueno, no lo malo. No ser esclavos del pecado, sino, en todo caso, esclavos de Dios (como María 😉).

“La libertad no es solamente elegir, sino aceptar lo que no hemos elegido.”

Jacques Phillipe

Te podrás preguntar, todo muy lindo, pero… ¿cómo puedo aceptar algo malo que me sucedió, que me sucede o que me va a suceder? ¿Cómo puedo no hacer nada al respecto? Voy a dejar que San Francisco de Asís, según su biografía novelada Sabiduría de un pobre, te responda: “Es verdad; no tenemos derecho a permanecer indiferentes ante el mal y el pecado, pero tampoco debemos irritarnos y turbarnos. Nuestra turbación y nuestra irritación no pueden más que herir la caridad en nosotros mismos y en los otros. Nos es preciso aprender a ver el mal y el pecado como Dios lo ve. Eso es precisamente lo difícil, porque donde nosotros vemos naturalmente una falta a condenar y a castigar, Dios ve primeramente una miseria a socorrer”.

Hay un cambio de perspectiva y algo que se juega en lo más profundo de nuestro interior. La libertad ya no depende tanto de hechos externos ni de la gran variedad de posibilidades que tenga para elegir, sino de lo que ocurre en mi interior. “Nadie en el mundo podrá prohibirme jamás que crea en Dios, que ponga en Él toda mi confianza, que lo ame a Él y al prójimo con todo el corazón. La fe, la esperanza y la caridad son plenamente libres, nos dice Jacques. San Pablo dirá que “ni la muerte ni la vida, ni los ángeles ni los principados, ni lo presente ni lo futuro, ni los poderes espirituales, ni lo alto ni lo profundo, ni ninguna otra criatura podrá separarnos jamás del amor de Dios” (Rm 8, 38-39). En nuestro interior, se juega todo. Ahí puedo llegar a ser totalmente libre. Obvio que hay que trabajar. Hay que examinarse. Hay que buscar la verdad del corazón. Hay que buscar la Verdad porque “la Verdad los hará libres” (Jn 8,32), nos dice Jesús. Y nos dice que Él mismo es la puerta, la puerta de la libertad por la que podremos entrar y salir y encontrar nuestro alimento (cf. Jn 10,9).

“Nuestra sensación de vacío o frustración, esa impresión de que carecemos de esto o aquello, proviene a menudo del hecho de vivir en el pasado (entre lamentos y decepciones) o en el futuro (cargados de temores o vanas esperanzas), en lugar de habitar cada segundo acogiéndolo tal como es, es decir, lleno de una presencia de Dios”, dice también Philippe. Se trata, entonces, de entregar el pasado a la misericordia de Dios, confiar el futuro a su providencia y vivir el instante presente en su presencia, aceptando confiadamente lo que es.

Se trata de entregar el pasado a la misericordia de Dios, confiar el futuro a su providencia y vivir el instante presente en su presencia.

Para terminar y poner un ejemplo concretísimo, te dejo esto que escribió el Cardenal Van Thuan (sí, hoy cité muchos autores 🤷‍♂️) al día siguiente de que lo arrestaran, desde la cárcel:

Jesús, ayer por la tarde, fiesta de la Asunción de María, fui arrestado…
Pero en este mar de extrema amargura me siento más libre que nunca.
No tengo nada, ni un sólo centavo, excepto mi rosario
y la compañía de Jesús y María. En el camino de cautividad he orado:
«Tú eres mi Dios y mi todo».
En la oscuridad de la noche,
en medio de este océano de ansiedad, de pesadilla,
poco a poco me despierto:
«Debo afrontar la realidad». «Estoy en la cárcel.
Si espero el momento oportuno de hacer algo verdaderamente grande,
¿cuántas veces en mi vida se me presentaron ocasiones semejantes?
No, aprovecho las ocasiones que se presentan cada día
para realizar acciones ordinarias de manera extraordinaria».
Jesús, no esperaré, vivo el momento presente, colmándolo de amor.
La línea recta está hecha de millones de pequeños puntos unidos uno a otro.
También mi vida está hecha de millones de segundos y de minutos unidos uno al otro.
Coloco perfectamente cada uno de los puntos y mi línea será recta.
Vivo con perfección cada minuto y la vida será santa.
El camino de la esperanza está pavimentado de pequeños pasos de esperanza.
Como tú, Jesús, que has hecho siempre lo que es agradable a tu Padre.
Cada minuto quiero decirte:
Jesús, te amo, mi vida es siempre una «nueva y eterna alianza» contigo.
Cada minuto quiero cantar con toda la Iglesia: Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo…”

Antes de decir “Libre soy”, preguntémonos… “¿Libre soy?”

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