Chiara Luce Badano, la única hija de sus padres (que fue tan deseada y esperada luego de 10 años de búsqueda), nació en un pueblo italiano en 1971. De su familia católica practicante recibió la fe desde pequeña, frente a la cual se mostraba curiosa y, al mismo tiempo, desafiante. A los 9 años, su vida frente a la religión dio un giro cuando entró al Movimiento de los Focolares y comenzó su propio camino cristiano.

Su vida se caracteriza por sus “pequeños sí”, su ofrecimiento constante a Dios de cada asunto y cada momento de dolor. “Por ti Jesús” repetía a diario como jaculatoria. A los 16 años, le diagnosticaron cáncer de huesos y murió el 7 de octubre de 1990, con 17 años. El 25 de septiembre de 2010 fue proclamada beata por la Iglesia Católica y su festividad se celebra cada 29 de octubre.

Iglesia Millennial dialogó con Ana Tano, joven del Movimiento de los Focolares de Santa Fe, que conoció a la madre de Chiara y a su mejor amiga, durante su gira por Argentina. Anita comentó la historia de vida de la beata y cómo ella continúa impactando hoy en el movimiento y en los jóvenes de toda la Iglesia, y su percepción sobre la santidad.

—Sus padres le inculcaron la fe desde chica, ¿cómo influyeron en su camino de santidad?
Tuve la gracia de conocer a la mamá y a la mejor amiga de Chiara, María Teresa y Chicca, que son quienes en el 2019 hicieron una recorrida para poder testimoniar su vida. Chiara escribe varias veces sobre su mamá y su papá. Creo que muchas cuestiones que tienen que ver con una búsqueda personal, no podrían haber sido de esa forma de no haber estado estas figuras acompañándola. Este proceso de beatificación y toda la cuestión de la santidad no es un camino que recorre ella sola; también tiene mucho que ver con un sí que no solo dio ella, sino toda su familia. El primer libro sobre ella lo escribe el hermano de su mejor amiga. Tiene que ver con una santificación con el otro y por el otro. Todos esos sí chiquitos de ella no surgieron de la nada, sino que también tienen que ver con una familia, un entorno que también es de santidad.

¿Cómo describirías la infancia de Chiara?
De la niñez, algo que me llama es la entrega a Dios desde una búsqueda de entender las cosas, no porque sí. Chiara cuestiona lo que le enseñan los padres. Hay una anécdota de ella a los cuatro años cuando la mamá le propone donar los juguetes a un orfanato y ella primero dice que no, que los juguetes son de ella, ¿por qué se los iba a regalar a los chicos pobres? Y después, la mamá escucha que ella está en su habitación separando los nuevos de los rotos y descubre que la caja de los nuevos eran los que eran para donar. Ella dice, “no le podemos dar a los chicos juguetes rotos”.

«Un sí que no solo dio ella, sino toda su familia»

En figuras de santidad ejemplares parecería como si el sí viniera descontado, en cambio, en el caso de Chiara, con esta personalidad más cuestionadora creo que ese sí es más de una búsqueda completamente real y humana.

¿Cómo impacta en su vida el carisma del movimiento?
Creo que impacta en la certeza de que la palabra no es, si no es vida; si no la encarnamos, le falta una parte. Nosotros como parte de esa palabra que es el Evangelio. Chiara era una persona muy social, le gustaba salir, hacer deporte, y la mamá le preguntaba: «¿Vos les hablás a tus amigos de Jesús?» Ella le decía que esto no es algo que se habla, sino que se comunica con todo lo que somos. En el movimiento se habla de irradiación: no hablar de Dios, sino de transmitirlo con nuestra propia vida.

Cuando ella entra al movimiento de los Focolares, es el momento en que ella entiende esto de vivir cercana a la realidad del Evangelio. Ella decía que antes era cristiana, pero no una cristiana de verdad; en cambio, cuando entiende esto de vivirlo en carne propia, lo concibe de forma distinta: cómo hacer de su propia vida Evangelio.

¿Qué se sabe de su adolescencia?
En el colegio se le empiezan a presentar dificultades del mundo que también tiene que sortear. Esto viene acompañado de una relación de noviazgo que terminó y un malentendido con un profesor que le hace perder un año. Se habla de una adolescencia completamente normal. Sobre todo, con muchos amigos, muchas personas distintas. De ella se habla que estaba rodeada de esa diversidad de voces que no necesariamente compartían su misma fe. Se habla de una adolescente muy social, que le gustaba mucho el deporte y el aire libre. También dentro del movimiento hay algunas personas que acompañan a los más pequeños y ella también cumple este rol.

—¿Cómo vivió su enfermedad?
La enfermedad fue un tiempo de ella de donarse cada vez más, como cuando decís que sí a algo que Dios te pide en ese momento y cada vez te pide un sí más grande. Me parece que, en ese sentido, ella fue transitando su enfermedad entendiendo cuán grande era el llamado que Dios le hacía.

Ella rechaza en todo momento la morfina, nunca quería perder la lucidez porque sentía que ella iba perdiendo cada vez más cosas y lo único que tenía para ofrecer era su dolor. Todo el tiempo ella quería ser consciente de este dolor para poder ofrecerlo.

—Hay una imagen de ella con el teléfono mientras está internada, ¿cómo representa esta foto la vida de Chiara?
Ella en ningún momento vive este proceso sola ni tampoco deja de ser parte de todos los espacios que ella ocupaba antes de su enfermedad, de la forma en la que puede. Con su grupo en el movimiento estaban preparando un congreso súper importante y ella forma parte. Incluso el dinero que recibe de regalos lo dona para esto. Con su cansancio físico nunca deja de recibir visitas. Hay encuentros semanales, como los que hacemos nosotros, que se realizan en el hospital con ella. Nunca dejó de ser parte de estos espacios que formaban parte de lo que era.

«La santidad nunca es un camino de una sola persona»

Por ahí, en algunas enfermedades uno suspende una parte importante de su vida, en cambio, ella no. Tal vez esa mirada para afuera es la que la hace vivir todo el proceso con alegría. La última frase de ella antes de morir se la dijo a su mamá: que sea feliz porque ella también lo es. Ella prepara su funeral con su mejor amiga y lo prepara como un casamiento; pide que la vistan de blanco y prepara las canciones que se van a tocar. Pide que todos los chicos estén alegres, cantando y que no lloren. Esa alegría es fruto de donarse a otros. Cada pequeño dolor es ofrecido siempre para otros, es un vínculo muy fuerte con Dios a través de otro. Ese teléfono representa eso, la presencia siempre de un otro, incluso en una habitación de hospital.

¿La fundadora del movimiento le puso el nombre de Chiara Luce?
Sí, era una característica de la fundadora. Podías escribirle cartas contándole algún momento que estabas atravesado en tu vida y ella te daba un nombre nuevo. Chiara Lubich, la fundadora, en reiteradas cartas que le manda en esta conversación epistolar, le da este nombre porque le dice que “lo que ella está experimentando son gotas de cielo en la tierra», entonces lo que ella sentía era que tenía que ser luz en el mundo.

¿Qué es lo que más te impacta de la vida de Chiara?
Cómo ella es posiblitadora de santidad. Me hizo dar cuenta de que esto de la santidad nunca es un camino de una sola persona. Uno nunca sabe qué camino de santidad está facilitando con las propias acciones. Estos vínculos que uno construye también podrían ser entornos de santidad para otros, uno nunca puede conocer este camino que el otro puede estar recorriendo. Estar atentos a que estas acciones no solo sean para nuestra propia santidad, sino para vernos involucrados en los caminos de santidad de los demás. Por ahí es una responsabilidad y un compromiso doble: con la propia santidad y con la del otro.

Se habla del vínculo de Chiara con “Jesús abandonado”, ¿qué significa esto?
—Jesús abandonado es la llave a la unidad. A veces esto del dolor se entiende como algo completamente negativo. Sí, es un momento donde por ahí no logramos ser todo el amor que queremos ser, pero no termina ahí; como creemos en la resurrección también creemos que ese es el momento de unidad con el dolor de Jesús para poder llegar a esa resurrección, ese trampolín necesario que solo atravesándolo llegamos a este amor tan grande.

Creo que este momento de aceptación del dolor para pasar a la resurrección a todos nos lleva tiempos distintos. A Chiara Luce le llevó 25 minutos. Cuando llega a su casa después del diagnóstico, les pide a sus papás que no le hablen, que la dejen. Se va a su pieza, se encierra y, después de 25 minutos, la mamá la ve llegar a Chiara con la sonrisa de siempre, luminosa, que le dice: “Ahora sí mamá, ya podés hablarme”. Este es el tiempo que le lleva aceptar la voluntad de Dios para ella.

¿Qué mensaje les deja Chiara a los jóvenes?
—Ella les dice que ya no tiene la fuerza física para seguir corriendo, pero que ella quisiera dejar a los jóvenes esta antorcha encendida como si fuese una maratón, para que ellos sigan corriendo. Enseña a los jóvenes que tenemos una vida sola y vale la pena gastarla bien. Esto tiene que ver con darle un sentido de amor a cada momento, por más pequeño que sea.

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