Estás llamado a ser santo. Capaz te suena un poco fuerte, hasta bastante imposible. Sin embargo, el Dios que está vivo, que habita en ti, que te sondea, te conoce, te ama o, por lo menos, le gustaría hacerlo, te busca incansablemente para hacerte santo, para convidarte del amor que te cambia la vida para siempre. No podemos ser santos sin Dios. La santidad no es una meta a la que se llega por méritos, no es un estado para alcanzar, alejado de nosotros o de nuestra realidad.

Muy por el contrario, la santidad proviene de la intimidad con Cristo; ser amigo de Jesús, estar cercano a él nos alimenta de la vida que necesitamos para vivir la santidad. No somos santos por nuestra voluntad, no se trata de puntaje o “buena nota” en los diferentes ámbitos de la vida. Tampoco es una tarjeta VIP de entrada al cielo. Se trata de otra cosa, se trata de abrir el corazón y dejar, con confianza, que Dios haga el resto. Dejar que Dios artesanalmente moldee nuestro corazón con la forma del corazón de los santos.

Dejar que Dios artesanalmente moldee nuestro corazón con la forma del corazón de los santos.

Nos volvemos santos por la misericordia de Dios. La vida de los santos es una vida acariciada por Dios. Una vida donde las heridas, el pecado, las dificultades de la vida cobran un sentido trascendental y se convierten en testigos vivos del amor que él nos tiene. Por eso, la humildad es la gran virtud de los santos.

“No soy yo, es Cristo que vive en mí”, nos dice San Pablo, “No yo, sino Dios”, nos enseña Carlo Acutis. A medida que Dios nos habita es que vamos experimentando lo que significa el llamado a la santidad. Desafío, por supuesto, pero también, gracia y don. La santidad es una invitación a vivir, participar de la vida de Dios. Podríamos decir «¡Qué privilegio!», pero sinceramente a mí me sale decir «¡Qué difícil! ¡Cuánto me amas, Señor!».

La santidad es una invitación a vivir la vida de Dios

Entonces, si la santidad es un llamado a vivir la vida de Dios, una buena práctica sería preguntarnos acerca de su vida. Conocerla. Una vez escuché a alguien que dijo que “un santo es un hombre que vive a Cristo resucitado”, son personas que con su testimonio nos encienden la esperanza de que Jesús está vivo hoy y habita en el corazón de los hombres.

Estamos llamados a ser santos de un Dios vivo, que actúa. A su lado, respondiendo este llamado, somos canales para recibir y dar vida a otros. La santa Madre Teresa nos enseñaba “que nadie se aparte de tu lado sin estar más feliz”, esto es la santidad. El Dios vivo que nos habita actúa a través nuestro y nos hace testigos de la fuerza salvadora y sanadora de su amor.

Todos estamos llamados a ser santos. Nuestro hermano, el de la “puerta de al lado”, como lo llama el Papa Francisco, también. Insisto, la santidad no debe ser una meta personal: somos santos en equipo, en comunidad, en familia. Si Dios quiere que seamos santos, si Dios habita en nosotros, también nacerá el deseo de santidad para todos y pondremos nuestro corazón al servicio de este llamado, un llamado que nos hace salirnos de nosotros mismos.

Dios nunca nos despreciaría, Dios nos abraza con infinita misericordia.

Por eso, hoy rezamos por la santidad del pueblo de Dios, porque nadie debe sentirse excluido ni poco merecedor del amor de Dios. Dios nunca nos despreciaría, Dios nos abraza con infinita misericordia. Nunca lo olvidemos para nosotros mismos; pero, de manera especial, no lo olvidemos en la manera que miramos y juzgamos a los demás.

Después de todo, el santo no es el que ama a todos con todas sus fuerzas, sino el que ama a todos con la fuerza del amor que le viene de Dios.

Santos del Dios vivo,
que acoge, que abraza,
que perdona.

Santos del Dios vivo,
que cuida, que acompaña,
que habita.

Santos del Dios vivo,
que sostiene, que alimenta,
que levanta.

Santos del Dios vivo,
un Dios que mueve,
un Dios que toca
un Dios que vive y da vida.

Santos del Dios vivo,
un Dios cotidiano,
un Dios anónimo,
un Dios silencioso.

Ven, tú; ven, Dios,
habítanos.

Ven, tú; ven, Dios,
moldea nuestro corazón
con la forma del corazón de tus santos.

Ten misericordia de nosotros.

Amén

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