El adviento es el tiempo litúrgico en el que la Iglesia nos grita: «¡Levantá la cabeza! ¡Mirá! Ya podemos vislumbrar al que vuelve hacia nosotros»[1]. Estamos en ese tiempo del año en el que nos sentimos agobiados, cabizbajos por el cansancio y las preocupaciones que arrastramos durante todo el año, y ansiosos por hacer todo lo que nos falta hacer antes de que termine diciembre.

Pero la Iglesia nos propone algo distinto: «¡Pará un poco! Detenete y fijate que Jesús vuelve». Y si vuelve quiere decir que ya vino. Estas dos realidades se hacen presentes con fuerza en el Adviento: por un lado, contemplamos la segunda venida de Jesús, la que esperamos desde aquel día de su Ascensión y que nos invita a poner la mirada en lo eterno, en el Hijo de Dios que, como decimos cada domingo en el Credo, está sentado a la derecha del Padre y ha de venir a juzgar a los vivos y a los muertos; y, por otro lado, contemplamos la primera venida de Jesús, la primera Navidad, aquella que aconteció en Belén, en un pobre pesebre, silenciosa y maravillosamente. Esta venida nos recuerda que el Eterno se hizo tiempo, que «el Verbo se hizo carne» (Evangelio de Juan 1:14) .

Cuando finalmente nos animemos a levantar la cabeza, vamos a descubrir a un Dios que se hizo pequeño para que pudiéramos adorarlo sin esfuerzo.

En los dos casos se nos revela el misterio de un Dios que viene hacia nosotros, que está en movimiento, que continuamente se hace cercano uniendo el Cielo y la Tierra. Y este movimiento de Dios hacia nosotros nos invita también a volvernos hacia Él, a levantar la cabeza esforzándonos por salir de nosotros mismos, por salir de nuestros egoísmos y ser capaces de mirar a este Dios que nos mira de frente.

En este sentido, se nos hace un llamado a la conversión: a volver nuestra mirada hacia Dios, sin miedo, sin vergüenza, porque cuando finalmente nos animemos a levantar la cabeza, vamos a descubrir a un Dios que se hizo pequeño para que pudiéramos adorarlo sin esfuerzo; para que, naturalmente, como nos pasa viendo a un recién nacido, podamos dar gracias a Dios por la vida y por el milagro de esa fragilidad que es capaz de hacernos felices sin hacer nada extraordinario.

Adorazione del Bambino, Gerrit van Honthorst

Jesús vino primero hacia nosotros, haciéndose uno como nosotros. Y cuando vuelva, vendrá como nuestro hermano, como un hermano mayor que viene a buscar a sus hermanos menores para llevarlos a la casa del Padre que nos espera desde siempre.

Pero si no levantamos la cabeza no vamos a poder ver, no vamos a poder dar gracias a Dios por haber obrado nuestra salvación en Jesús. Seguiremos simplemente inclinados, contemplando nuestros celulares o, en el mejor de los casos, contemplando nuestros tristes pies, el barro del camino y lo cansados que estamos.

Este es el tiempo de la ternura y de volver a dar gracias a Dios por Su humanidad, por Su encarnación: ¡Dios se hizo hombre! Entonces, no rechacemos el ser simples mortales, no rechacemos la fragilidad de nuestros hermanos ni la nuestra, porque allí mismo se manifiesta la gloria de Dios.

Este es el tiempo de la ternura y de volver a dar gracias a Dios por Su encarnación.

Empecemos este camino de adviento hacia la Navidad como un camino de «decrecimiento», como un volver a hacernos niños confiados. Imitemos al Hijo de Dios, que siendo grande se hizo pequeño y siendo fuerte se hizo débil por amor (Filipenses 2:5-7). Caminemos en esperanza, con la alegría que nos da el saber con certeza que el Señor viene hacia nosotros.

Tal vez sería bueno releer al escritor francés Charles Péguy que es, sin duda, el más grande poeta cristiano del siglo XX y un maestro en la espiritualidad de la encarnación:

«Sólo por mi pequeña esperanza existirá la eternidad.
Y existirá la Beatitud.
Y existirá el Paraíso. Y el cielo y todo.
pues ella sola, como ella sola en los días de esta tierra
De una tarde vieja hace surgir un mañana nuevo.
Así, ella sola, de los residuos del Juicio y de las ruinas y de los restos del tiempo
Hará nacer una eternidad nueva.
(…)

La clave
Carnal, espiritual,
Temporal, eterna,
Es Jesús,
Hombre,
Dios.

Y la creación fue una especie de apertura del tiempo y de cierre, en cierto modo, de la eternidad.
Y el juicio será propiamente el cierre del tiempo
Y la total y definitiva
Reapertura de la eternidad»[2].

Charles Péguy

Hna. María Belén de Jesús


[1] Cf. Lc. 21, 28: «tengan ánimo y levanten la cabeza, porque está por llegarles la liberación».

[2] Péguy, Charles. El misterio de los santos inocentes (1993). Madrid: Ed. Encuentro, pp. 84 y 136.

Un comentario sobre “¡Levantá la cabeza!

  1. Queridas Hermanitas: un verdadero gusto de ver y escuchar este mensaje que como dicen tiene ese enfoque fresco y joven de la realidad de nuestra Santa Iglesia….Felicitaciones!!!…por el esfuerzo para estar siempre presentes junto al pueblo Cristiano y desde un Carmelo de clausura!!!….sin únicas!!!!
    Un gran abrazo a todas desde Córdoba…
    Mario y Flia.

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