El Miércoles de Ceniza conversaba con Pablo, un asistido de Caritas. La conversación fue en el templo, delante del sagrario. En la charla me contaba sus dolores, su deseo de cambiar y, en un momento, mirando el sagrario, me dice: “Yo a Él lo amo”. Sus ojos eran realmente los de un enamorado. La charla siguió su curso y en un momento, agrega: “Con Jesús duele menos”. Es una frase sencilla pero muy profunda a la vez. Y hoy nos invito a que reflexionemos con esto que dijo Pablo…

Aquel día fue el del inicio de la Cuaresma, tiempo en el que estamos llamados a retirarnos al desierto y preguntarle al corazón dónde anda: el sentido de nuestras acciones, el por qué, el para qué… por eso, Pablo nos puede ayudar a que nos preguntemos: ¿Amo a Jesús? ¿Cómo lo manifiesto ese amor? ¿Me siento amado por Él? ¿Me duele menos gracias a este amor? Quizás haya un poco y un poco en cada respuesta…

¿Por qué habría de doler menos? ¿Cuál es la medicina de Jesús para curar la herida? Sin dudas, diremos que Su amor. Pero… ¿Lo percibo? ¿Lo siento? ¡Sigue doliendo! No es tan fácil… Exige algo de nuestra parte: dejarnos curar. A veces nos olvidamos de hacernos las curaciones y terminamos exigiéndole a Dios. Dejamos a un lado nuestra oración, termina habiendo cosas más importantes… Incluso, no tenemos ganas de ir al médico. Para eso, en esta Cuaresma, es necesario volver a Dios. Como dice en la pared de un edificio que recuerdo ver saliendo en el tren de Constitución hacia Lanús, junto a un reloj: “Es hora de volver a Dios”. Volver de todo corazón. Abandonar el corazón. Dejarnos amar por Él. Dejarnos curar. Dejarnos sanar. Unirnos a Él.

“¿Quién podrá entonces separarnos del amor de Cristo? ¿Las tribulaciones, las angustias, la persecución, el hambre, la desnudez, los peligros, la espada? … Ni la muerte ni la vida, ni los ángeles ni los principados, ni lo presente ni lo futuro, ni los poderes espirituales, ni lo alto ni lo profundo, ni ninguna otra criatura podrá separarnos jamás del amor de Dios.” (Rm 8, 35.38-39) (Te sugiero esta canción de Athenas). NADA puede separarnos de Él. Y esa es NUESTRA decisión. Obviamente, para eso hay que renovar el corazón y elegirlo cada día. Y diría que no solo cada día sino cada momento. Buscar pequeños momentos durante el día para decírselo. O, mejor dicho, para encontrarnos con Él. Para recordar que vivimos en su presencia. Para hallarlo en lo profundo de nuestro corazón, donde Él habita, donde Él quiere que lo dejemos habitar también. Ojalá pudiéramos decir también como Pablo: “Ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí” (Gal 2, 20).

Nos invito a que nos tomemos un buen rato y meditar por qué nos cansamos tanto a veces, por qué nos quejamos, por qué vienen los reproches… “El alma que anda en amor no cansa ni se cansa”, decía San Juan de la Cruz. No se trata, obviamente, de creernos superpoderosos y que nada nos fastidie ni nos canse. Pero, a veces, nos vamos de mambo. Y creo que tiene mucho que ver con que no volvemos a la fuente, a Jesús, al Amor.

La Madre Teresa de Calcuta decía: “La oración significa para mí la posibilidad de unirme a Cristo las 24 horas del día para vivir con Él, en Él y para Él.” De eso se trata: de vivir con, en y para Él. Eso le da sentido a la vida. Nos plenifica. Nos ensancha el corazón. Nos pacifica. Nos alegra. Nos cansa menos. Sí, con Jesús duele menos…

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