Hay una canción cristiana que está muy de moda entre los jóvenes que comienza citando a San Pablo en la Carta a los Romanos y dice: «No recibimos el Espíritu de Dios, para seguir viviendo esclavos, sino que Hijos adoptivos, el Señor, nos hizo por su hijo amado». De esclavos a hijos amados, ¡qué lindo ideal! Y es el que nos propone el camino de la Cuaresma. Más adelante la misma carta también nos exhorta a no acomodarnos al mundo presente, sino a transformarnos mediante la renovación de nuestra mente de modo que podamos distinguir cuál es la voluntad de Dios: lo bueno, lo agradable, lo perfecto (Rom 12,2).

Hasta acá todo muy lindo, pero cuando tenemos que sentarnos a pensar cómo hacer para vivir así y nos enfrentamos con la realidad, ya la cosa cambia, no se pone tan fácil. Las presiones y las exigencias de la cultura de hoy y de nuestra vida cotidiana en el trabajo, en el estudio, en la familia, en el círculo de amigos, etc., muchas veces nos desaniman y nos enfrían el alma y sin querer nos vamos acomodando lentamente, nos vamos aletargando y encontramos cientos de excusas para quedarnos donde estamos. Somos tentados frecuentemente de alejarnos del camino que Jesús nos señaló, del camino de las bienaventuranzas que en algún momento encendió con fuego nuestro interior. Por eso, la Cuaresma se hace necesaria una y otra vez para volver a recuperar el amor inicial y mantener viva la llama del amor en nosotros.

El camino de la Cuaresma comienza con el desierto. Jesús se retira allí. Es llevado por el Espíritu de Dios al desierto, donde es tentado durante cuarenta días. Esto convierte al desierto en un lugar de encuentro con Dios porque es lugar de soledad, de silencio y de oración. Hay una anécdota de un Padre del desierto, Abbá Arsenio, que era un romano bien educado perteneciente a la clase senatorial y que vivía en la corte del emperador Teodosio como tutor de los príncipes. Un día Abbá Arsenio oró a Dios con estas palabras: «Señor, guíame por el camino de la salvación», y una voz le dijo: «Arsenio, abandona el mundo y te salvarás». Así hizo y navegó secretamente al África para retirarse a una vida solitaria. Entonces Abbá Arsenio volvió a orar en el desierto : «Señor, guíame por el camino de la salvación», y otra vez oyó una voz que le decía: «Arsenio, retírate, permanece en silencio y ora siempre porque éstas son las fuentes de la inocencia». Las palabras retirarse, permanecer en silencio y orar siempre marcan tres caminos hacia una vida en el Espíritu en la espiritualidad del desierto.

Retirarse, permanecer en silencio y orar marcan tres caminos hacia una vida en el Espíritu.

Si bien nosotros no nos vamos a retirar al desierto, estas notas pueden ayudarnos a vivir de un modo más profundo la Cuaresma. Hay que convencerse de una vez por todas que sin tiempos de soledad la vida espiritual es muy difícil que avance. Cada vez más crezco en la certeza de que hasta que no aprendamos a estar solos con nosotros mismos es muy difícil que podamos establecer vínculos sanos y que realmente podamos salir al encuentro del otro y ofrecerle verdadera ayuda.

El estar solos nos permite encontrarnos con nosotros mismos cara a cara. Desnudos, sin ropajes. Allí surgen todas nuestras emociones y sentimientos más genuinos, por eso es el mejor modo de poder saber quiénes somos, cómo estamos y qué es lo que nos pasa verdaderamente. La mayor parte de las personas le tiene miedo a la soledad. Pero no es lo mismo sentirse solo que estar a solas. Al principio es incómodo, hasta puede volverse insoportable, pero cuando pasan estos sentimientos iniciales, uno empieza a acomodarse y comienza a hallar cierto gusto. No tenemos que tener miedo de enfrentar la soledad. En el desierto habita Dios pero también habita nuestro verdadero yo. Por eso es necesario que el joven creyente busque estos espacios que tanto bien hacen.

No tenemos que tener miedo

de enfrentar la soledad.

El segundo camino es el silencio. No es suficiente estar solo. Podemos estar solos pero no paramos de escuchar música, ver Netflix o jugar a los jueguitos en red, o quizás nos tapamos de trabajo u otras actividades que no nos dejan adentramos en nosotros mismos. Es necesario que aprendamos a detenernos, a encontrar sosiego, a relajarnos, a hacer crecer en nosotros la vida interior.

El último paso es la oración. No se trata de estar “solo como loco malo”, sino de estar en presencia de Dios. Es más lindo hablar de una soledad habitada por Dios; por una Presencia que nos equilibra, nos produce gozo, nos llena, y que finalmente nos empuja a salir al encuentro del otro para compartir la alegría de vivir. Por eso la soledad y el silencio están llamados a convertirse en oración, en un diálogo incesante con quien sabemos que nos ama. Pero no una oración de la mente sino una oración que aprende a descender hasta el corazón, en donde logramos sentir todo nuestro ser en presencia de Dios. Quien está así y siente paz y gozo en su interior está dejando que el Espíritu ore en su interior con gemidos inefables (Rom 8, 26).

Es por eso que quien está contento y feliz consigo mismo, quien siente su propia historia como un tesoro invaluable y que toda ella está en paz y armonía, quien empieza a añorar cierta soledad en medio de la vida agitada, se convierte, sin duda, en alguien que es capaz de llevar a Dios y no predicarse a sí mismo. Es capaz de salir al encuentro del otro, no por beneficio personal, sino por verdadera compasión y misericordia.

Regalate un tiempo de desierto,
más tiempo a solas,
más tiempo junto a Dios.

Es en la soledad vivida en silencio y en oración donde las cadenas de la esclavitud que llevamos adentro nuestro empiezan a romperse. Es en el silencio que el discernimiento de la vida presente se nos hace más claro para distinguir nuestro camino junto a Dios. Es en la oración del corazón donde sentimos esa fuerza, seguridad, paz y gozo sereno que nos hace ser nosotros mismos. Por eso, en esta Cuaresma te animo a que recortes un poco tu vida social, tus pasatiempos cinematográficos o musicales, o tu interés por la vida de los demás en las redes sociales para regalarte un tiempo de desierto, más tiempo a solas, más tiempo junto a Dios.

¡Que Dios te bendiga!

2 comentarios sobre “Solo como loco malo

  1. En la aridez de nuestro interior profundo podemos experimentar ese desierto que es el camino a la liberación, pero de noche asusta sin la luz del Espíritu. Nos animamos cantando «No tenemos miedo, no!», pero el Príncipe de las Tinieblas oscurece el camino con dudas, nos atemoriza y nos tienta con luces de colores efímeras. En esa oscura soledad, la certeza de que el Señor y los hermanos están cerca y que amanecerá, vence al miedo y a las tentaciones.

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  2. Sin lugar a duda que la soledad nos permite en cierto sentido reencontrarnos con nosotros mismos, volver a sentir ese inicio, esa luz interior que nació con nosotros, volver a ver ese niño interior que todos llevamos, al cual albergamos para recordarnos de donde provenimos y si sus sueños eran o no el lugar en donde estoy o adonde quería llegar; Ahora bien, y haciendo eco a mi humilde pensar, si a ello le añadimos el silencio y la oración, podríamos formar ese puente que nos une a la inmensidad de Dios, sintiendo pero a la vez hasta experimentando, lo hermoso de obtener la paz interna, esa paz que si bien es difícil pero no imposible de conseguir. Bendiciones!

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