El año pasado coincidió mi nota de espiritualidad con Semana Santa y escribí “La semana del amor” (yo la releí y me hizo bien, estás invitado a hacerlo también 🙃). Te proponía hacer un cambio de perspectiva, pasando de una mirada que se centra en el dolor a otra que se centra en el amor. Este año te propongo dar un paso más y pasar del amor a la fecundidad. ¿Cómo sería esto? Tiene que ver con la lógica pascual: “Si el grano de trigo que cae en la tierra no muere, queda solo; pero si muere, da mucho fruto” (Jn 12, 24). En verdad, no es que haya que pasar del amor a la fecundidad sino darle una vuelta de rosca a qué implica el amor verdadero (aunque nunca lo podremos abarcar del todo). Te invito a que pensemos si realmente consideramos que cada acto de amor da fruto. Y si lo hacemos… ¿Qué fruto? ¿Cómo? ¿Cuándo? ¿Dónde?

“…para que vayan y den fruto, y ese fruto sea duradero” (Jn 15, 6)

Jesús nos envía para que demos fruto. Es un llamado, una misión, una vocación. Dar fruto. Dar vida. Para eso, hay que pensar en cómo damos fruto en nuestras vidas. Hay muchas maneras: predicando, rezando, realizando una buena acción, poniendo mis dones al servicio, etc… Pero todas ellas, TODAS, si no se realizan con amor, de nada sirven: “Aunque repartiera todos mis bienes para alimentar a los pobres y entregara mi cuerpo a las llamas, si no tengo amor, no me sirve para nada…” (1 Co 13, 3), dice, entre otras cosas, San Pablo. Supongamos que el mundo es una plantación y que el amor es el agua que la riega. Dios nos llama a que seamos fieles y reguemos las plantas, cada día. De esa manera, vamos a dar fruto, y ese fruto va a ser duradero.

“La gloria de mi Padre consiste en que ustedes den fruto abundante” (Jn 15, 8)

San Pablo, además, nos exhorta: “Cualquiera sea el trabajo de ustedes, háganlo de todo corazón, teniendo en cuenta que es para el Señor y no para los hombres” (Col 3, 23). Y ahí está la clave. Todo lo que hacemos, es para Dios. Nuestra vida es para Él. Por eso, sea lo que sea que hagamos, la misión es hacerlo con amor, de cara a Dios. Sea que recemos o prediquemos la Palabra, sea que lavemos una olla o limpiemos un inodoro, estamos llamados a hacerlo con amor. Y dará más fruto limpiar un inodoro con amor que predicar sin amor. Esa es nuestra fe en este Dios que tenemos.

 “Yo los envié a cosechar adonde ustedes no han trabajado; otros han trabajado, y ustedes recogen el fruto de sus esfuerzos” (Jn 4, 38)

El fruto lo conoce solo Dios. Permítanme citar un párrafo, tal vez algo largo para este tipo de reflexiones. Pero me parece clarísimo y no tiene desperdicio. Lo dice el Papa Francisco en la Exhortación Apostólica “Evangelii Gaudium”:

“Tal fecundidad es muchas veces invisible, inaferrable, no puede ser contabilizada. Uno sabe bien que su vida dará frutos, pero sin pretender saber cómo, ni dónde, ni cuándo. Tiene la seguridad de que no se pierde ninguno de sus trabajos realizados con amor, no se pierde ninguna de sus preocupaciones sinceras por los demás, no se pierde ningún acto de amor a Dios, no se pierde ningún cansancio generoso, no se pierde ninguna dolorosa paciencia. Todo eso da vueltas por el mundo como una fuerza de vida. A veces nos parece que nuestra tarea no ha logrado ningún resultado, pero la misión no es un negocio ni un proyecto empresarial, no es tampoco una organización humanitaria, no es un espectáculo para contar cuánta gente asistió gracias a nuestra propaganda; es algo mucho más profundo, que escapa a toda medida. Quizás el Señor toma nuestra entrega para derramar bendiciones en otro lugar del mundo donde nosotros nunca iremos. El Espíritu Santo obra como quiere, cuando quiere y donde quiere; nosotros nos entregamos pero sin pretender ver resultados llamativos. Sólo sabemos que nuestra entrega es necesaria. Aprendamos a descansar en la ternura de los brazos del Padre en medio de la entrega creativa y generosa. Sigamos adelante, démoslo todo, pero dejemos que sea Él quien haga fecundos nuestros esfuerzos como a Él le parezca.” (n°279).

¡Ojalá pudiéramos vivir de tal manera! Quizás nos toque ver los frutos del esfuerzo amoroso de otros, quizás no nos toque ver ninguno de los propios esfuerzos hechos con amor, quizás sí nos toque ver los frutos de nuestro propio esfuerzo. No lo sabemos. Solo Dios. Pero como dice Francisco, el llamado es a hacer todo con amor descansando en la ternura de los brazos del Padre.

La Semana más fecunda

¿A qué viene todo esto? ¿Qué tiene que ver con la Semana Santa? Toda la vida de Jesús fue amor. Jesús es Dios hecho carne. Y Dios es amor. Por lo tanto, Jesús es el amor hecho carne y no puede obrar si no es amando. La Semana Santa es aquella en la que se manifiesta de un modo único, inigualable y supremo el amor de Dios por nosotros. Y en cada acto de amor, Jesús nos está dando vida: “Yo he venido para que las ovejas tengan Vida, y la tengan en abundancia.” (Jn 10, 10). Los primeros treinta años de su vida, Jesús fue fecundo de un modo silencioso. Los últimos tres años de su vida, Jesús fue fecundo rezando, enseñando y realizando milagros, entre otras cosas. Los últimos días de su vida, Jesús fue fecundo dando literalmente su propia vida. Y lo fue del modo más pleno porque «no hay mayor amor que dar la vida por los amigos» (Jn 15,13). Por eso, me tomo el atrevimiento de nombrarla como la «Semana de la Fecundidad«.

Cuando nos sintamos solos, cuando vivamos la experiencia del fracaso, cuando pensemos que lo que hacemos no tiene sentido, volvamos a la fuente del amor y descubramos nuevamente cuán fecundo podemos ser, al modo de Jesús: “Ámense los unos a los otros como yo los he amado (Jn 13, 34).

¡Te deseo una Semana fecundamente Santa!

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