En tiempos de coronavirus, con una cuarentena que significó la interrupción de muchas actividades y una crisis económica, comenzaron a palparse diferentes carencias: de trabajo, de recursos, de alimentos y, en muchos casos, de contención afectiva. Pero frente a esta crisis, surgió la luz de la esperanza de quienes, ante la falta de recursos y seguridades, pusieron en las manos de Dios sus cinco panes y dos peces, para multiplicarlos y extender una ayuda a miles de personas necesitadas.

Muchas parroquias se hicieron eco de estas necesidades y, por medio de la oración y de la acción, cambiaron sus actividades, comenzaron nuevas misiones, generaron redes de contención y hasta adaptaron sus espacios para recibir y asistir a los más vulnerables. Por ello, desde Iglesia Millennial hacemos presentes algunas de estas voces que trabajan activamente durante la cuarentena en la ciudad de Buenos Aires: dos comedores uno en Villa Lugano y otro en Liniers; y la misión “dentro de la misión” que se desarrolla en capillas de la Villa 31, en Retiro.

Sentí que éramos como una familia que estábamos todos juntos con un mismo objetivo: ayudar a los demás

Federico Sotelo, un joven de 20 años que asiste al grupo misionero de la parroquia Niño Jesús de Villa Lugano, nos cuenta cómo inició esta misión: “Antes de la cuarentena, en el barrio muchas personas tenían distintos oficios para llevar día a día el pan a su casa, y con la cuarentena eso terminó. Frente a esta necesidad, como comunidad parroquial sentíamos que no podíamos quedarnos de brazos cruzados”. Y continúa: “Comenzamos juntando donaciones de alimentos y los sacerdotes se ocupaban de armar bolsas y repartirlas. Pero cuando la crisis comenzó a ser más grande, se hacían filas de cuadra y media, y había familias que no llegaban a recibir”.

El joven recuerda de qué modo la bendición Urbi et Orbi del papa Francisco los animó a continuar: “Todos estamos en la misma barca”, decía el Papa. “Estas palabras nos animaron y surgió la idea: ‘¿Por qué no armar un comedor para recibir a la gente todos los días?’ Como comunidad, en conjunto con los sacerdotes, lo rezamos y conversamos mucho. El viernes 8 de mayo, día de la Virgen de Luján, comenzamos con el comedor, que funcionaría del lunes al sábado”, relata Federico. Al principio no tenía mucha idea de qué hacer. Pero que más me pegó fue ver a tanta gente de la comunidad. Sentí que éramos como una familia, todos juntos con un mismo objetivo: ayudar a los demás.

El comedor Pan y Paraíso de la parroquia Tránsito de San José de Liniers acompaña unos 25 o 30 chicos, que durante la cuarentena se multiplicó. Emanuel Pereira, de 38 años, participa desde hace 19 años: “El comedor inició con la crisis del 2001. Había mucha hambre y gente que venía a pedir a las parroquias. Entre los pocos jóvenes que íbamos a misa, nos juntamos a rezar para ver qué podríamos hacer. Una señora fue a pedir alimentos y el sacerdote le dijo: ‘Venga el sábado que viene que los chicos que están allá le van a dar de comer a sus hijos’. Y así nació el comedor, para niños de 4 a 14 años. No vienen solo a comer, sino también a rezar y a jugar, se conocen entre ellos, se hacen amigos y forman un vínculo con nosotros. Cuando llegan a los 14 años, los invitamos a pasar del otro lado: ellos empiezan a servir a los más chicos, a preparar la comida y a cuidarlos”.

El Barrio Padre Mugica de Retiro, es una de las zonas vulnerables más afectadas por el Covid-19. Desde la parroquia Cristo Obrero, el párroco, presbítero Willy Torre, junto a su vicario parroquial, presbítero Agustín López Solari, de 34 años, coordinan dos capillas para asistir a los más vulnerables. Ambos se contagiaron de coronavirus y actualmente se están recuperando en reposo. El padre Agustín nos cuenta sobre los inicios de la cuarentena: “Recuerdo casi perfecto que al tercer día que inició, o sea el 22 de marzo, ya se hacían sentir las necesidades de los vecinos de la villa. Con el padre Willy, pudimos ‘quedarnos en casa’ solo dos o tres días porque enseguida tuvimos que salir a repartir donaciones y asistir a las familias. No fue una iniciativa nuestra, fue una necesidad del barrio y desde la parroquia dimos respuesta a lo que vimos que pasaba. Y lo peor estaba por pasar”.

En principio la organización fue geográfica: “Dividimos el trabajo por capillas para llegar a todos los vecinos. Transformamos las capillas Nuestra Señora del Rosario y Nuestra Señora de Caacupé en hogares de amparo para recibir a gente mayor que no puede aislarse en sus casas”, explica el sacerdote, y agrega: “Los recursos comenzaron a llegar, a Dios gracias, desde varios lugares: primero gente anónima y otra que nos quiere; y luego, ayudas del gobierno y de otras parroquias. Empezó a haber mucha solidaridad del resto de la Iglesia”.

En Villa Lugano los voluntarios se organizan, y algunos también asisten desde su casa: “Una amiga que vive con su abuela de 80 años, pica 5 kilos de cebolla y todos los lunes a las 8 de la mañana, lo paso a retirar por su casa para llevarla al comedor. Otro ejemplo es un profesor mayor que se encarga del pan y nosotros pasamos por la panadería a buscar el pan que nos tienen separado para donar”, describe Federico.

En el comedor Pan y Paraíso, Emanuel nos comenta que no aceptan dinero pero sí alimentos y recursos: “Aprendimos a formar relaciones con comercios del barrio que nos ayudan; también la gente de la comunidad que cuando va a misa deja las donaciones de alimentos y a eso sumamos los eventos”. Frente a los desafíos que se les presentan en el ‘come‘ dice, “la cuarentena te obliga a estar repensando todo constantemente. En marzo estuvimos dando lavandina, alcohol y alimentos secos. En abril también, y en mayo empezamos a volver a cocinar para las familias. Damos viandas por persona, lo que hizo crecer exponencialmente la cantidad de comida que hacemos. Anteriormente, por sábado hacíamos para 25 chicos, pero ahora había que cocinar para los chicos, sus hermanos y también para los papás. Actualmente, estamos ayudando a 13 familias; son cerca 60 raciones todos los sábados”.

Me sentí llamado a esta misión: no me podía quedar de brazos cruzados mientras que los demás la estaban pasando mal

En la Villa 31 se transformó la misión, asegura el padre Agustín: “La novedad fue tener que expandir el hogar y crear de las capillas un hogar. También llevar adelante la noche de la caridad y la actividad de los comedores y merenderos. La intensidad, el volumen se multiplicó por mil y los recursos son limitados para llegar a los más vulnerables, como los abuelos y las mamás solteras. Tuvimos que conseguir voluntarios, que la mayoría de las veces fueron los mismos vecinos que querían ayudar a repartir la mercadería”.

Cada uno vive la misión desde un rol diferente. Federico, como joven comparte: Me sentí llamado a esta misión porque no me podía quedar de brazos cruzados mientras que los demás la estaban pasando mal. Gracias a Dios en esta cuarentena tengo comida, tengo una cama, un lugar calentito y hay muchas personas que día a día no lo tienen, y hoy con la cuarentena menos que menos. Entonces no podía quedarme en casa sin hacer nada. Ser joven es ser partícipes de la historia, hacer una diferencia, un poco de lo que pide el papa Francisco, ‘no balconear la vida, sino meternos en ella’. Nos podemos quedar en casa sin hacer nada o podemos ir un día a la semana a ayudar al comedor y dar una mano”.

Emanuel, por su parte, expresa: “Cuando empecé era un niño y no tenía mucha idea. Después me confirmé y elegí seguir a Dios. Fui madurando en la fe y descubriendo a Dios en el prójimo, aunque parezca una a frase trillada, en los nenes, en los papás, en cada familia. Después hay que construir esto que ya tiene casi 20 años, que va creciendo, que va ayudando a un montón de nenes para romper el ciclo vicioso de la pobreza”.

En el caso del padre Agustín, desde su experiencia personal, menciona: “Para mi es un privilegio vivir la pandemia estando en la villa. Desde el primer día recé y ofrecí mi vida por cada persona que se enfermaba y por las decisiones de los políticos. Gracias al WhatsApp pude acompañar a mucha gente que pedía la bendición y hasta hice un responso por teléfono. En la práctica tuve la posibilidad de ser puente entre los recursos que llegaban y la gente que los necesitaba. Son dos grandes privilegios que tengo: poder consolar por una presencia espiritual y virtual a muchas personas, y poder dar una ayuda concreta a los que más lo necesitan en esta emergencia sanitaria y social”.

Necesitamos construir desde la fraternidad, desde un espíritu de solidaridad de hermanos

Cuando termine la cuarentena, el futuro es incierto, pero todos coinciden en que las misiones continuarán y muchas cosas cambiarán. Federico afirma: “Creo va a cambiar la forma en la que nos tratamos y vamos a valorar más lo que teníamos antes y lo que tenemos ahora“. Emanuel opina que “se viene mucha más demanda de ayuda social a las parroquias, y más carga psicológica en las familias por la falta de trabajo, la crisis”. Pero propone: “Queremos establecer algún protocolo que nos permita gradualmente volver hacer lo que hacíamos con tres pilares: llevar a los nenes al templo, darles de comer; y continuar con el trabajo en equipo con los sacerdotes”.

El cura villero menciona: “En la Iglesia como en el mundo debemos afrontar el desafío de repensar todo. Con una mirada más realista de lo que es el ser humano, llena de esperanza, alegría, de gratitud ante Dios por lo que somos, pero también aceptando nuestra fragilidad y nuestra condición de hermandad humana”. Y prosigue: “Esta pandemia también puso bien a la vista cómo el ser humano necesita a su hermano y cómo tenemos que tratarnos. No como extraños, como números de una estadística, sino que realmente nos necesitamos para progresar y salir adelante para ser felices. Necesitamos construir desde la fraternidad, desde un espíritu de solidaridad de hermanos”.

La Iglesia es madre, es Evangelio hecho compromiso por el más necesitado y eso se vio en medio de esta pandemia

¿Este contexto suscitó un nuevo tipo de misión para la Iglesia? “Hubo una nueva luz sobre lo que la Iglesia ya es y viene haciendo en el mundo hace 2000 mil años. En todas las crisis a lo largo de la historia de la humanidad, la Iglesia estuvo siempre, incluso en lugares donde no llegan ni el gobierno, ni ONGs, con el único interés de ayudar al hermano. Entonces esta crisis permitió volver a ver a los ojos del mundo lo que ya somos o lo que deseamos ser con la gracia de Dios: una familia que ayuda incluso a quienes no forman parte de ella, afirma el padre Agustín. “Yo lo pude ver en la Villa 31: la Iglesia estaba en lugares, en familias, en rincones, en pasillos donde nadie llegó; porque la Iglesia son los vecinos del barrio y, desde el primer día, ya estaba dando una respuesta afectiva y efectiva, creyente, esperanzada y concreta”.

Y concluye: “Siempre que hay una crisis la Iglesia vuelve a mostrar su rostro más maternal, más evangélico y no importa que no salga en los medios. La Iglesia es Madre, es Evangelio hecho compromiso por el más necesitado y eso se vio en medio de esta pandemia”.

Comedor Pan y Paraíso – Pquia. Transito de San José

Un comentario sobre “Misionar en cuarentena: Esperanza y manos extendidas

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