Muchos lo llaman Pepe, otros Josecito o El Tano, y los medios de comunicación simplemente lo reconocen como “el cura villero”. Pepe, el cura de la villa, el libro publicado por Editorial Sudamericana hace 7 años –pero de mucha actualidad– muestra a un sacerdote determinado, creativo y humano que asume lo religioso con un lenguaje popular. La crónica presenta la biografía del padre Pepe hasta el año 2013, que en ese entonces tenía 51 años. Esto significó un desafío, según confiesa su autora Silvina Premat en diálogo con Iglesia Millennial: “La principal dificultad que se me presentó fue la de saltear la tentación de definir la vida de alguien que, para cuando el libro se publicó, estaba llegando a lo que podría ser la mitad de su vida, por lo que aún tenía mucho camino por andar”.

Silvina tiene 56 años. Es periodista y socióloga nacida en Concordia, Entre Ríos. Residió desde su juventud en Buenos Aires donde realizó sus estudios, y regresó a su ciudad natal a fines del 2019. Ejerció el periodismo en diferentes medios, entre ellos, el diario La Nación, en los que abordó, entre otras, la temática religiosa. “Haber tenido que trabajar con temas religiosos fue una experiencia muy fuerte y difícil; constaté lo que todos sabemos, que la Iglesia es santa y pecadora a la vez”, comparte Premat. 

Pepe, el cura de la villa, narra la historia de José María Di Paola, uno de los sacerdotes villeros más mediáticos del país quien, según relata uno de los personajes de la crónica, “se lleva muy bien con los medios porque los usa para vincularse con la gente”. El libro nos lleva por las calles de la villa 21-24 de Barracas y nos permite conocer la misión del padre Pepe en la parroquia Nuestra Señora de Caacupé desde 1997 hasta su exilio en 2010. La droga es una de las injusticias que el sacerdote nunca pudo soportar y en su lucha contra el narcotráfico recibió amenazas de muerte que lo obligaron a dejar la villa que tanto amaba.

“Pepe se lleva muy bien con los medios porque los usa para vincularse con la gente“.

El recorrido sitúa al lector en la multitudinaria procesión del 8 de diciembre del 2010, que celebraba la Inmaculada Concepción de María y la festividad de la Virgen de Caacupé, patrona de Paraguay, donde los vecinos se despidieron del cura que los vio crecer. En medio del clima festivo que se repetía cada año en esa fecha, los presentes no cesaban de saludar a Pepe, expresarle su dolor por la despedida y ofrecerle su protección. El relato nos lleva a caminar en esa procesión y llegar a la emotiva misa central –la última del cura en el barrio– mientras repasamos la historia vivida por Di Paola en sus 13 años en la villa 21-24. La crónica muestra un Pepe creativo e impulsor de proyectos, pero también uno con oídos atentos encargado de dar el sí y acompañar en las ideas y sueños de los vecinos. Su forma de comportarse, se asemeja más a un padre que reta a sus chicos que a un sacerdote que exhorta a los fieles. Se muestra paternal, pero no paternalista, porque confía en sus hijos. 

La narración también ilustra la juventud de Pepe en el barrio Caballito de los años ’70 y ’80, cuando se encontraba en búsqueda de su vocación; un camino que no estuvo exento de miedos, preguntas y pruebas. La autora presenta desde el pequeño Josecito, que siempre prestaba sus juguetes, y el futbolero, que llevaba a su hermano menor a la cancha, hasta el cura “croto” que nunca generaba una buena primera impresión. En una vida que muchos podrían presentar como heroica, la autora decide relatar las dudas de Pepe cuando comenzó el seminario y también su período de licencia como cura. A lo largo de su viaje vocacional, una reconocida figura resonaba en el corazón del sacerdote: San Francisco de Asís. 

A lo largo de todo su viaje vocacional, una reconocida figura resonaba en su corazón: San Francisco de Asís.

Silvina remarca en el epílogo del libro que cuando estaba llegando al final de la obra la interrumpieron dos hechos inéditos: la renuncia de Benedicto XVI y la elección de Bergoglio como Papa, quien eligió el nombre del inspirador de la vocación de Di Paola. La periodista reconoce al papa Francisco como su referente en la fe y afirma que “el cambio que el Papa está sugiriendo a toda la Iglesia tiene que ver con el modo de ser cristiano que intentan vivir desde hace tiempo él y otros hombres y mujeres de la Iglesia en la Argentina. Uno de ellos es José María Di Paola, o simplemente Pepe, el cura de la villa”.

El relato continúa haciéndonos viajar y nos traslada a la breve misión de Pepe en Campo Gallo, Santiago del Estero, en 2011 y 2012, y a su posterior regreso a Buenos Aires en el 2013, luego de reconfirmar que su vocación no estaba en el campo, sino en las villas de la ciudad. El mensaje de voz inesperado de un viejo amigo de la 21-24 lo lleva a verificar la voluntad de Dios que ya latía dentro de su corazón. 

No es solo una biografía que narra la vida de un cura. Es la obra de Dios en muchas personas

Las idas y vueltas de Pepe y sus confusiones nos hacen sentir identificados. La crónica nos interpela a cambiar, a renunciar a nosotros mismos. No es solo una biografía que narra la vida de un cura. Es más que eso. Es la obra de Dios en muchas personas y es el ejemplo de que seguir a Cristo no nos exime de conflictos internos. “Conocer a esos sacerdotes y, sobre todo, a la gente de las villas que encontró la fe a través de ellos, me confirmó que es posible vivir el cristianismo según el Evangelio”, comparte la autora, quien también publicó otros tres libros; Curas villeros: De Mugica al padre Pepe, historias de lucha y esperanza (Sudamericana, 2010), Milagros Argentinos (edit. Sudamericana, 2016), y La vida como misión (Ágape, 2019).  

A pesar de no ser un libro de espiritualidad, no hay duda de que Pepe, el cura de la villa puede producir muchas movilizaciones espirituales. Se trata de una obra que atrapa por su calidez literaria, pero que no deja de tener la riqueza periodística de una crónica. Al leerla con lápiz en mano, para subrayar ideas, y anotador cerca, para reescribir algunas frases, esta historia busca abrir corazones y despertar el deseo de ser Iglesia pobre y para los pobres, tal como anhela el papa Francisco.

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